I
Viajar en el tiempo, yendo de regreso del morir al vientre de la madre o el árbol que languidece a la semilla, de la cual germinó, no deja de ser apasionante. El tema ya no es sólo asunto de la literatura, de la ficción pura, como narró Alejo Carpentier, sino que, en eso, desde comienzos del siglo veinte con la revolución bolchevique, en el caso del socialismo, se ha vuelto un tema tan real "como la vida misma" y tan común que, el camino sin retorno, sin el regreso a la semilla, se ha vuelto tema de ficción. Pareciera un fatalismo; pero lo más grave es que podamos terminar creyéndolo y admitiéndolo como excusa para el fracaso.
Los rusos desbarataron el poder de los zares y, en 1917, del fondo de una sociedad mezcla nada homogénea de feudalismo con capitalismo y un régimen imperial, declararon el nacimiento de una sociedad socialista bajo el comando de los bolcheviques. Ellos, ingenuos, creyeron que aquella declaración solucionaba todo. Del decreto, como semilla, germinaría todo. Los fundamentos materiales, las relaciones culturales, la conducta, la producción de bienes y servicios en relación con lo demandado, etc. estaban dentro de la semilla y como hormigas, saldrían del hormiguero, hasta en orden, pero con prontitud a posicionarse donde era pertinente. Es decir, con la sola declaración, el mando estaba hecho, por eso ella se ponía por delante como con arrogancia, pero segura que no defraudaría.
Antes en 1871, la Comuna de París, con un programa revolucionario y en buena medida parecido a los ideales del socialismo, gobernó París por más de dos meses. Pero sólo eso, más de dos meses.
Como murió aquel bello y ejemplar experimento o intento heroico parisino, la revolución rusa, que creó en 1922 la URSS y después de los éxitos de la segunda guerra mundial contra el nazismo y el fascismo, amplió su influencia mediante la "alianza" con varios países de Europa Oriental, a quienes había ayudado a deshacerse del control nazi, en 1991se deshizo para que, en la mayoría de aquellas naciones retornasen, si alguna vez en verdad dejó de existir, el capitalismo. Claro, no retornaron al mismo estado de cosas en su conjunto, pero sí a las tradicionales relaciones materiales, el inequitativo reparto de beneficios y eso que llaman superestructura que, con aquellas, funcionan como líquido en una licuadora. Llegado a este punto, uno se siente obligado para no sentirse hundido en una contradicción, a preguntarse si alguna vez en verdad, en aquellos países se hizo el viaje al socialismo, como para que, al final, al hablar de ellos, podamos evocar con pertinencia "el viaje a la semilla". En esto no excluyo nada, nadie ni experiencia alguna. Yo, desde hace años hice mi balance y desbaraté mis soñadas y erradas percepciones de la realidad de cuando fui muchacho.
Como no podemos excluir la "Revolución China", que a mediados de la década del cincuenta llevó a Mao al poder y, con él, el "socialismo" chino; mientras ahora, en la izquierda, con temor o hipocresía, se discute qué es, mientras el gran país asiático importa mercancías inimaginables y capitales, en base a unas relaciones que parecieran hablar si no de un regreso la semilla, que el caso de ellos sería a los tiempos de emperadores y mandarines, si a un cambio radical de dirección y conducta; lo que no niega el estar obligado a someterse a las demandas de la vida, lo real. Al hablar de los chinos, Recuerdo Vance Packard, su obra "Los artífices del derroche", en el cual habló de la obsolescencia planificada, para avivar el consumo.
Pese a todo, uno, desconfiado, sabe que el capitalismo tiene su manera de ser y siéndolo, no puede, en lo fundamental, apartarse de las "leyes" que lo originan y los motivos que le dan sustento.
¿Fue todo aquello, sólo intentos a lo loco, experimentos o remedos, que por serlos, carecer de la autenticidad, coherencia con la naturaleza de las cosas, pertinencia de los reclamos humanos, de la gente, el poder hacer esta los asuntos a su gusto, conveniencia y de conformidad a la ancestral socialización y gregarismo, llegado un momento, perdida la fuerza inercial, la fe, el poema adecuado, el poeta de fuerza y con capacidad de llegar al corazón de todos, el vagón comienza a retroceder como si los rieles que habíamos dejado atrás, optasen por halarnos y devolvernos a la semilla o estación de salida?.
¿Será ese el destino de aquellos intentos, que parecieran haber sido todos hasta hora, donde se tendió a olvidar algo que está en el ABC y todo el mundo repite como la cartilla, qué los cambios se incuban entre la gente y los dirigentes más que hablar, mandar, deben abrir oídos y mente para escuchar el enorme vocerío, lleno de sabiduría, porque bien saben ellos el camino que anuncian? Claro, hablamos del vocerío, no de una voz o unas pocas. Hablamos también de admitir que el pensamiento es diverso, diversos son los hombres y eso debemos aprenderlo; como a soportar y conducir, sin condenar a quienes, no coincidiendo con uno, reclaman que el mundo y la sociedad cambien en bien del equilibrio. Más todavía si estos, aunque estén dispersos y no ejerzan presión en un punto determinado, son en gran medida, buenos y cuantiosos.
Para finalizar quiero recordar que es válido dar un paso atrás para avanzar prontamente, pero también que "chivo que se devuelve se desnuca".
II
"Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro, luego las tres y media. Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por el cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo".
El texto no es más o quizás es mucho, que una nota extraída del cuento "Vuelta a la semilla" de Alejo Carpentier, donde el narrador cuenta la vida en retroceso. Dicho cuento aparece inserto en el libro "Cuentos de Carpentier", de la editorial Cometa de Papel.
Y he tomado ese texto, porque al analizar nuestra vida, de muchos tipos como quien esto escribe, para no cometer lo que pudiera ser un tremendismo, al decir que parece la historia de Venezuela toda. Uno tiene la sensación que fuésemos en retroceso, que no es exactamente lo mismo que dar marcha atrás. Quienes esto último pudieran hacer, obedecen a una decisión y un acto deliberado. Se detienen, miran hacia adelante, comprueban lo que vienen percibiendo y deciden dar la vuelta y poner marcha en sentido contrario o moverse a espacios de un lado u otro para eludir el choque. Eso pasa, a veces, cuando el enemigo es poderoso y no es prudente enfrentarlo en ese instante. Hay que maniobrar y buscar espacios adecuados para dar el combate. Tienen plena conciencia de sus actos. Lo pensaron y ejecutaron deliberadamente. Saben bien hacia dónde van y si algún peso en la conciencia tienen, lo meten en el morral a la espalda y allí lo esconden para que no moleste y estorbe el ritmo de la marcha, el planificar los pasos nuevos hacia adelante.
Ir en retroceso, cual carro que se le dañó la caja, invirtieron los cambios y al poner la palanca en D, arranca en retroceso y el viajante ve como Marcial, las cosas del pasado que se le vienen encima y hasta pasan por su lado y se van para allá, del lado de adelante.
Fuimos de los tantos que cuando pasó aquél vendaval, huracán, que suelen llamar Caracazo, le dejamos pasar o, quizás hasta nos pasó por encima, o de quienes llegamos tarde, como tantas veces, cuando pasó el autobús. También de quienes optamos por apoyar a Chávez a formar el MVR y su posterior candidatura; y en eso también llegamos con retraso. Combatimos con entusiasmo durante el proceso constituyente y por la definitiva aprobación en aquel memorable referendo de la nueva Carta Magna, que entre tantas cosas define la nuestra como una sociedad participativa y protagónica. Compartimos con Chávez ideas como la del partido socialista y por el socialismo, la unidad continental y tantas cosas que abrían como un camino largo y ancho para caminar hacia adelante, sin negar o desdeñar la necesidad de las pausas. Esa era la idea, avanzar con la cara al frente, en la dirección del camino que pudiera llevar tan lejos como corren los vientos; hasta allá, donde la vida se reanuda. Que el viento mismo continuase golpeando duro nuestro rostro como siempre había sido.
Pero de repente, de tanto mirar, esperar cosas que vengan de allá del futuro, ese que uno cree se debe construir en el presente y día a día, tengo la sensación que "la casa creció traída a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas". Como si a partir de un momento trascendente, una brusca subida, empezáramos a retroceder, a reconciliarnos con el pasado y hasta añorarlo. Tanto que volvemos a él como apenados, caminando de espaldas, fingiéndonos a nosotros mismos que vamos buscando el futuro prometido.
Pareciéramos haber vuelto a los tiempos de cuando aquellos oradores, que no tenían claridad ni brújula para dibujar el camino, prometían de todo y al grito popular de "¡Tenemos hambre y aquí estamos atrapados!", aquellos respondían:
"¡No importa, les haremos un puente para que lleguen al camino!"
La multitud angustiada respondía a aquellos oradores que, ante todo, con suma felicidad y hasta facilidad, como si se tratase de un juego de muchachos, presentaban ofertas como sacadas de un bazar:
"¡Pero es aquí no hay río para que el puente le pase de banda a banda! ¡Estamos atrapados en la ignorancia y el hambre!"
Los oradores que, tenían su inventario de oferta para cada caso, solían responder con énfasis y gritería para impactar a aquellos desesperados:
"¡No importa, les haremos primero el río, para luego hacer el puente!"
Eran frases hechas, o tomadas al azar de alguna parte.
Como ahora, mientras caminamos en retroceso, con las palmas de las manos pegadas a los muslos, con toda la fuerza, como para botar los pulmones y fingir que vamos al futuro, gritamos aquella frase de Cipriano Castro:
"La planta insolente del extranjero no osará hollar el sagrado suelo de la patria".
No se percataban que esa no era la respuesta concreta; porque tampoco era de angustia el momento. No había sintonía. Eran tiempos cuando las comunicaciones eran algo así como señales de humo.
De los derechos, de lo participativo y protagónico que alcanzamos con la constitución vigente, en este ya apresurado viaje de espaldas, de regreso al comienzo, regresamos a aquellos partidos donde el dedo que jorunga lo resuelve todo. Se mete hasta las entrañas de la gente y "cura" cualquier enfermedad. Empareja toda carga y resuelve cualquier contradicción. Como un retornar a los tiempos de los viejos brujos, con sus humeantes pipas. Pero también, de cuando los grandes hacendados y comerciantes de pescado o carne seca de ganado, eran los líderes y caudillos. Quien más bolsas tenga o cerca esté de quien las tiene, será de los primeros de las filas que caminan hacia atrás y empujan a quienes están a sus espaldas.
Pareciéramos viajar con excesiva prisa, no ya al representativo, pues por allí pasamos hace unos meses, hacia el reino del más fuerte.
La idea del partido, aquel que Chávez quería que dónde hasta las piedras hablasen, todo el mundo tuviese el derecho a opinar y garantizada su tribuna, donde el gobierno no fuese más que un agente del pueblo y aquel el enlace entre estos dos, se quedó allá adelante, desde hace tiempo, porque este caminar de espaldas, inesperado y apresurado por demás, sólo nos va dejando el recuerdo de los sueños del futuro. En ese volver al punto de inicio, dejamos atrás los primeros círculos bolivarianos, luego aquellos maravillosos, combativos y desconfiados batallones, nos redujimos a patrullas, cuando ambas formas se podían conciliar, para llegar a la UBCH, una cosa sólo con fines electorales; mientras tanto, de espaldas, apresuradamente, volvimos "a la semilla". Y en camino hacia ella y de espaldas, como quien vuelve a la niñez, se empieza hasta perder, con los derechos, la capacidad del habla.
Pero, como ya dije, no se trata que quienes marchaban al frente han dado la vuelta y regresan, con la cara por delante, ahora están en la retaguardia, pero mirando cómo se alejan del futuro. Creen avanzar, lo dejan ver con sus viejos discursos que hablan de actos heroicos y epopeyas, exaltan mártires y héroes olvidados para insuflarse ánimo e insuflárselo a quienes ahora van por delante de ellos, pero marchando hacia atrás.
En lo que a mí respecta, me aterra volver al pasado y, de repente, hallarme en la vieja cueva de donde salí para ayudar a formar el MIR. La marcha es rápida y tal como vamos, allí llegaremos todos. Por ese miedo, estoy pensando dar un paso a la izquierda y tomar el camino que adelante miro, volver a caminar hacia adelante y alcanzar aquel viejo árbol que dejé adelante, justo en el voltear del camino, el punto que dejé adelante en mi retroceso obligado y hasta volver a pensar como Machado, "¡Caminante, no hay camino!"
Largas son las filas, cuatro, cinco o más en paralelo, con miles y miles cada una de ellas y los adelante, es decir, los primeros que debieran mirar el futuro que se les aleja o mejor ellos no pueden impedir que se les vaya, van gritando, mientras cada uno hacia atrás: 3,2,1.