El pueblo es quien más sabe

Naomi Klein demuestra que el capitalismo emplea constantemente la violencia, el terrorismo contra el individuo y la sociedad. Lejos de ser el camino hacia la libertad, se aprovecha de las crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, a menudo acompañadas de otras formas de shock no tan metafóricas: el golpe de la porra de los policías, las torturas con electroshock o la picana en las celdas de las cárceles. De Chile a Canadá, Sudáfrica a Argentina, los ejemplos, y sus escalofriantes consecuencias, abundan".

Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias, que utiliza el trabajo de la clase de los asalariados, han mostrado también que no era necesario a la producción que los instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo. El trabajo cooperativo, limitado estrechamente a los esfuerzos accidentales y particulares del pueblo, no podrá detener jamás el crecimiento en progresión geométrico del monopolio, ni emancipar a las masas ni aliviar siquiera un poco la carga de sus miserias. Este es, quizás, el verdadero motivo que ha decido, a filantrópicos charlatanes burgueses y hasta a economistas agudos, a colmar de repente de elogios nauseabundos al sistema de trabajo cooperativo, que en vano habían tratado de sofocar en germen, ridiculizándolo como una utopía de soñadores o estigmatizándolo como un sacrilegio socialista.

La idea de que no participar en el Consenso de Washington podía ser suficiente para provocar una invasión extranjera puede parecer descabellada, pero existía un precedente. Cuando la OTAN bombardeó Belgrado, en 1999, la razón oficial esgrimida fueron las horribles violaciones de los derechos humanos por parte de Slobodan Milosevic. Sin embargo, en una revelación de la que apenas se ha hablado, varios años después de la guerra de Kosovo, Strobe Talbott subsecretario de Estado con Clinton y principal negociador de Estados Unidos durante la guerra) aportó una explicación mucho menos idealista. "Mientras las naciones de la región intentaban reformar sus economías, mitigar las tensiones étnicas y ampliar la sociedad civil, Belgrado parecía deleitarse en ir continuamente en la dirección opuesta. No es de extrañar que la OTAN y Yugoslavia terminasen enfrentadas. La resistencia de Yugoslavia a los términos más amplios de la reforma política y económica, no la difícil situación de los albano-kosovares, es lo que mejor explica la guerra de la OTAN". La revelación apareció en un libro publicado en 2005, Collision Course: NATO, Russia, and Kosovo, de John Norris, antiguo director de comunicaciones de Talbott.

La invasión de Irak se vendió a la opinión pública sobre la base del temor a las armas de destrucción masiva porque, como explico Paul Wolfowitz, esas armas eran "el único punto sobre el que todo del mundo podía estar de acuerdo" (en otras palabras, la excusa del menor denominador común). La razón de menos peso, defendida por los partidarios más intelectuales de la guerra, fue la teoría del "modelo". Según los expertos —identificados, en muchos casos, como neoconservadores— que dieron a conocer esta teoría, el terrorismo procedía de numerosos puntos de los mundos árabe y musulmán; los secuestradores del 11 de septiembre eran de Arabia Saudí, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos y Líbano; Irán entregaba fondos a Hezbolá; Siria acogías a los líderes de Hamás; Irak estaba enviando dinero a las familias de los terroristas suicidas palestinos. Para estos defensores de la guerra, que relacionaban los ataques contra Israel con los ataques contra Estados Unidos (como si no hubiese diferencias entre ellos), eso era suficiente para calificar toda la región de nido potencial de terroristas.

Por tanto, ¿qué ocurría en esta parte del mundo, se preguntaban, para que existiese el terrorismo? Ideológicamente ciegos ante el hecho de que las políticas de Estados Unidos o Israel eran factores contribuyentes, por no mencionar las provocaciones, identificaron la verdadera causa como algo más: el déficit de la región en democracia de libre mercado.

El presidente Bush, lo dejó perfectamente claro ocho días después de declarar el fin de la guerra en Irak, cuando anunció los planes para "establecer una zona de libre comercio, Liz Cheney, hija de Dick Cheney y veterana de la terapia del shock soviética, se situó al mando del proyecto.

Cuando la idea de invadir un país árabe y convertirlo en un Estado modelo empezó a ganar adeptos, después del 11 de septiembre, comenzaron a barajarse los nombres de posibles candidatos: Irak, Siria, Egipto o Irán (el preferido de Michael Ledeen). Sin embargo, Irak tenía mucho a su favor. Además de sus enormes reservas de crudo, también ofrecía una buena situación para las bases militares ahora que Arabia Saudí parecía menos fiable. Por si fuera poco, el uso de armas químicas por parte de Sadam contra su propio pueblo le convertía en un objetivo fácil de odiar. Otro factor, casi siempre pasado por alto, era que Irak ofrecía la ventaja de la familiaridad.

Irak ofrecía otra ventaja. Mientras el ejército estadounidense estaba muy ocupado fantaseando con repetir la operación Tormenta del Desierto con una mejora tecnológica equivalente a "la diferencia entre Atari y PlayStation" (como dijo un comentarista), la capacidad militar de Irak había menguado debido a las sanciones y estaba virtualmente desmantelada por el programa de inspección de armas de Naciones Unidas. Eso significaba que, en comparación con Irán o Siria, Irak parecía el lugar adecuado para la guerra más fácil de ganar.

Thomas Friedman habló sin rodeos sobre lo que significaba para Irak ser elegido como modelo. "No estamos construyendo una nación ben Irak. Estamos creando una nación", escribió, como si comparar precios para crear de la nada una nación árabe grande y rica en petróleo fuese algo natural, incluso "noble", en el siglo XXI. Como otros muchos defensores de la guerra, Friedman afirma desde entonces que él no imaginó la carnicería que seguiría a la invasión. Resulta difícil entender cómo pudo pasar por alto ese detalle. Irak no era un espacio vacío en un mapa, era, y sigue siendo, una cultura tan antigua como la civilización, con un fervoroso orgullo antiimperialista, un fuerte nacionalista árabe, una fe profunda y una mayoría de población adulta masculina con formación militar. Si la "creación de una nación" iba a tener lugar en Irak, ¿qué se suponía que iba a ocurrir exactamente con la nación que ya existía allí? La suposición tácita desde el principio fue que gran parte de esa nación tendría que desaparecer a fin de despejar el terreno para el gran experimento (una idea que incluía la certeza de una extraordinaria violencia colonialista).

¡La lucha sigue!



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Manuel Taibo


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