Fernando VII: último rey de Venezuela

—"El bellaco sucedió al imbécil", escribe sobre Fernando VII, Salvador Madariaga. Considera a este rey como el más despreciable que ha tenido España.

—Como de menguada condición moral lo califica Rafael Altamira. "Era un hombre vengativo, fríamente cruel, desleal, ingrato y exento de escrúpulos.

Con muy pocas excepciones –anota Ballesteros– todos los historiadores españoles juzgan con severidad a Fernando VII, tanto en lo político como en lo personal. De instintos crueles, en su corazón no tuvo cabida la clemencia. De pocas palabras, a sus labios nunca asomaba la risa y raras veces la verdad, pecaba de receloso y de falso y taimado. En el proceso de El Escorial reveló su falta de carácter y felonía, delatando a sus amigos y consejeros como culpables.

Un escritor adverso al séptimo Fernando, lo describía como "un solapado mozo destinado a ser el más funesto e ineficaz de los Borbones. El mismo autor lo hace culpable de la pérdida de las colonias americanas, del atraso en que se sumió España y de la pérdida definitiva de su papel de potencia de primer orden.

Fernando VII, era de temperamento distinto, fue tan indigno como su abúlico padre, Carlos IV. Mientras los guerrilleros españoles mueren heroicamente dando vivas a su nombre, Fernando VII le envía a Napoleón sus parabienes, por los triunfos obtenidos por sus tropas luchando contra los españoles. Al rey José, el hermano de Napoleón, le escribe para felicitarlo por su advenimiento l trono que le correspondía y por cuya legitimización se mata el pueblo. Así mismo le pide a Luciano Bonaparte, casado con la hija de unos hoteleros, la mano de su hija Lolotte. La cobardía fue el defecto capital de Fernando VII. Al principio le tuvo miedo a Godoy, luego a Napoleón y por último a los liberales. La cobardía producía en Fernando como defecto: el doblez. El rey chispero, como lo llamaban, acariciaba a sus víctimas antes de condenarlas. Como inteligente, fue el de mayor entendimiento de los Borbones españoles, aunque no tuvo la suficiente visión política para darse cuenta de que en el mundo se imponía otra forma de gobernar. Su temperamento despótico y sanguinario se cerró peligrosamente contra las exigencias de constitucionalidad que el pueblo y el ejército le pedían. Volvió a implantar la Inquisición, abolida por Napoleón. Encarceló, asesinó y torturó a los promotores de las ideas liberales. Los intelectuales más prominentes de su época son sus enemigos, muchos de ellos van a parar a los presidios de Ceuta. Se reúne por el contrario con los individuos de más baja estofa, tanto intelectual como moral; entre ellos hay uno llamado Chamorro, antiguó aguador de la Fuente del Berro, que ejerce una extraña influencia sobre Fernando VII, con sus intrigas y chistes gruesos. El Rey es todo lo contrario de un aristócrata. Sus gustos son de na plebeyez extraordinaria, sus modos populares, humor chispeante (de ahí el nombre de rey chispero) y de un sabor vernáculo. Por eso dicen que le tenía aversión a su primera esposa, María Antonia de Borbón, culta y primorosa criatura de gran inteligencia y fina sensibilidad. Pocos soberanos han habido que estuvieran en tan perfecto acuerdo con los instintos más humildes de sus súbditos. El soberano recibía en audiencia a todo el mundo, fumando de continuo inmensos puros. No importaba el rango del solicitante, ni la importancia de su entrevista. Lo mismo desfilaban en su presencia duques, príncipes, cardenales y grandes del reino, que posaderos, celestinas y toreros. Le divertían estas entrevistas. En cierta ocasión un aguador de la Plaza de Oriente acudió al rey para denunciar que el corregidor le había quitado su puesto de aguador en la referida plaza. Fernando VII mandó a que se le devolviese el puesto y zumbón mandó a poner un letrero que decía: "Aquí se vende agua por Real Orden"

Era Fernando VII –anota Ballesteros— de presencias agradable, de mediana estatura, cara largas y pronunciadas facciones que le merecieron el nombre de Narizotas y Cara de Pastel. Su trato era amable y de mucha gracia su conversación. Era chistoso por vocación y aptitud, burlón e irreverente. Se burló a carcajadas batientes de la Universidad de Salamanca, porque le dieron el Doctor Honoris Causa a su tío, el cretino de Don Antonio. Desde entonces, nunca se refirió a Don Antonio sin llamarlo "mi tío el doctor". Detestaba a los intelectuales y a la etiqueta palaciega… Solías deambular sin escolta por las calles de Madrid. Por eso el pueblo, a pesar de ser un rey universalmente aborrecido, lo quería como quiso a su hija, la no menos deplorable Isabel II.

Su gobierno, fue todavía más desastroso que el de su padre Carlos IV Jamás hubo en España una política interna más desacertada y ruinosa que la que practicó este rey. Las cárceles y el asesinato se tragaron a sus enemigos políticos; por su escasa visión le restó importancia a la revolución americana y por la misma razón provocó las guerras carlistas que asolarían a España después de su muerte.

Cuatro reinas se sucedieron en el trono de España como mujeres de Fernando VII, Las tres primeras murieron sin dejarle sucesión: En 1829, ya viejo y enfermo, casa con su sobrina María Cristina de Napoleón, dulce y hermosa mujer que ejerce una acción positiva y emblandecedora sobre el terrible monarca. El Rey, hasta entonces partidario armado del absolutismo, se transforma en liberal. Sus entusiastas partidarios se preguntan qué ha pasado y se agolpan al redor de su hermano, el Infante Don Carlos. En 1832, se enferma de una fuerte gripe, de la cual no se recupera hasta su muerte en 1833. Tenía cuarenta y nueve años cuando murió. Sus dos últimos años están poseídos por la melancolía. Pide perdón a todos el rey "absoluto", sufre de extrañas crisis letárgicas donde se le da por muerto; incurre frecuentemente en contradicciones políticas, como sucesos: Está anonadado y abatido. Le dice a María Cristina, su mujer, que jamás recibió socorros que no vinieran de sus manos: "os debo los consuelos de mi aflicción y los alivios de mis dolencias… vuestras palabras con lenitivos a mi dolor. El malestar del rey data de 1828; en aquella época se le veía en mal estado de salud y achacoso. En 1829, a raíz de la muerte de su tercera esposa, María Amalia de Sajonia, aumentó su decadencia y abatimiento. En septiembre de ese mismo año, tuvo un desvanecimiento y permaneció sin sentido varias horas.

De ahí en adelante, hasta su muerte acaecida en 1835, la tristeza será su eterna compañera. "Acabó así este reinado tormentoso, como pocos hay en los anales de las naciones. En ninguno hubo tantos trastornos, en ninguno se cometieron más excesos, en ningún se derramó tanta sangre en los combates.

Por todos los hechos presentados nos sentimos inclinados a diagnosticar al último Fernando como una personalidad anormal. Sus excesos, crueldad, inteligencia, suspicacia y rencor, hablan a favor de caracterología paranoide. Los últimos años de su vida están signados por la melancolía. Se observa en su postración y tristeza manifiesta, en sus autorreproches y en su mismo endulzamiento. En Fernando VII, la psicopatía ciclotímica que en su padre Carlos Iv adopta la sintomatología abúlicas, adopta en el Rey el tono hipertérmico, como se ve en su gran energía, su sensualidad estrepitosa y su humor chispeante y versátil.

En su hija Isabel II continuará la ciclotimia de la familia. No será cruel, ni sanguinaria como su padre, será sólo sensual, alegre y desvergonzada como su abuela María Luisa.

—Los Borbones son ladrones, sanguinarios y asesinos, igualííítos todos.

Los historiadores como referentes de este artículo:

Salvador Madariaga.

Modesto Lafuente.

Michel del Castillo.

Rafael Altamira.



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Manuel Taibo


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