Esbozo de la historia de España

¿La supina estupidez congénita de la clase dirigente española, para la política, puede explicar, porque España cayó en ese precipicio en el cual estuvo por trescientos años o más? ¿Qué hicieron con las miles de toneladas de Oro y Plata que saquearon en las Colonias Americanas? ¿Quién se lo apropió? A diferencia de Inglaterra que si supo construir a cuenta de sus colonias un desarrollo científico, y técnico industrial. El pueblo español era un pueblo de pordioseros y pedigüeños, de frailes y monjas mendicantes, que vivía en la miseria hasta la mitad del siglo XX, el analfabetismo llegaba a más del 50% de su población, donde no se invertía nada en la creación de ciencia y tecnología, ya que la Iglesia Católica tenía el monopolio de todo el aparato educativo del Estado, lo que impedía todo lo que tuviese que ver con el desarrollo tecnológico. España era un país en que “el magisterio se hallaba confiado a los sacristanes de los pueblos, que ignorantes y sin educación, eran por lo común los únicos que se dedicaban a la enseñanza”, lo que se producían era religiosos, represión y exclusión, así era la España en la que <<nací y viví en mi niñez>>. Así entramos en la España tremenda y desgarrada del siglo XX, con desgarraduras del anterior por haber faltado a la cita que en él les dio la Historia. Y hay más; ni una sola de las fuerzas operantes en nuestro tiempo deja de estar enraizada en el siglo precedente. La España del siglo XIX es la madre de la España contemporánea. “Esa es la triste realidad de la España que durante tres siglos no había aprovechado su imperio para cimentar una producción nacional y que al perderlo sumaba su atraso a su pobreza”.

 

No entra dentro de nuestro propósito historiar detalladamente los levantamientos y guerras nacionales, porque para establecer sus premisas habría que remontar hasta mediados del siglo XVIII, en que comienzan a operarse decisivas transformaciones de la sociedad española, pero sí quisiéramos hacer, a manera de punto de partida, un balance de aquel período intenso de su historia. La necesidad de improvisar en esta o aquella provincia formas espontáneas de organización política en ausencia de un poder centralizado, contribuyeron a crear un sector de la población interesado por la participación en los asuntos públicos. El gran sobresalto nacional de la guerra de Independencia americana había sido el comienzo de una revolución. Más aún: la verdadera apertura del siglo XX español y con él de su historia contemporánea. Los problemas debatidos en el período 1808-1813 fueron el eje sobre el que giró la acción política del siglo, por lo menos hasta 1868. Por eso, cuando la noche parecía abatirse sobre España en 1815, comenzaba, en verdad, un período histórico de largo alcance. Era España, a comienzos del siglo XIX, un país que vivía dentro de los moldes de lo que se ha llamado “viejo régimen” o sea: un país eminentemente agrario, dominado por la gran propiedad rústica y los señoríos, en que la nobleza y la Iglesia gran culpable de su atraso y decadencia detentaban la mayoría de las fuentes de riqueza. De sus 37.000.000 de hectáreas de terreno, sólo ocho millones y medio estaban dedicadas al cultivo.

En ciertas regiones como Extremadura, los nobles poseían 2.149.898 fanegas de tierra y el resto de labradores propietarios sólo 741.610. Los vestigios feudales eran tan acusados, que en multitud de casos la propiedad de las tierras llevaba aparejada la potestad sobre los habitantes de pueblos y tierras. En regiones como Galicia, los foros absorbían hasta 75% del producto de las tierras. En las márgenes del Duero, ciertos mayorazgos y conventos tenían derecho a utilización de aguas que impedían la navegación. Únase a eso el régimen de aduanas interiores, la multiplicidad de impuestos indirectos, la pluralidad de monedas en curso, etc., para darse idea de cuánto distaba España de las fronteras de la Edad moderna. Rafael María de Labra subraya así la defección de las clases superiores en el momento preciso de ponerse la nación en pie de guerra: “¿Y qué pensar de nuestros satisfechos aristócratas, los hombres del señorío y de la limpieza de sangre, de aquellos títulos y grandes de España, en cuyos nombres parecía resumida toda nuestra esplendorosa historia, de aquellas eminencias de la administración, y del foro, y de la Iglesia, convocadas por Napoleón para su congreso del 15 de junio de 1808, grandes personalidades que, con algunas excepciones, se prestaron a imitar a los acompañantes de los reyes a Valencay (el duque de San Carlos, el marqués de Ayerbe, el de Feria, Escoiquiz y otros) o como el cardenal Borbón, arzobispo de Toledo, rindieron los homenajes de su amor, fidelidad y respeto a los nuevos señores de España ofreciéndose a desempeñar los destinos que les confiriesen, ya el gran soldado regenerador de la patria española, ya el monarca justo, humano y grande que se llamó (pepe botella) José Bonaparte?”

En efecto, la nobleza y la administración, vinculadas a la Corte y no a la nación, no supieron defenderla ante la traición de la realeza. Ignorando otra soberanía que no fuera la del monarca, les violentaba menos el acatamiento de otro, extranjero, que seguir el impulso del pueblo, cuyas consecuencias no dejaban de temer. (Cualquier parecido con la oligarquía venezolana, es pura coincidencia) El conde de Toreno, que tan importante papel desempeñó en todo este período histórico, enjuicia el fenómeno así: “acompaño al sentimiento unánime del pueblo de resistir al extranjero otro no menos importante de mejora y reforma”. Este sentimiento iba quedar como rasgo esencial, porque acertó a plasmarse en una legislación que, si momentáneamente fue abrogada al regreso de Fernando VII, siguió siendo bandera de acción y renovación a lo largo de sesenta años.

Por cierto, y dicho sea de paso, la mayoría del clero de las grandes ciudades españolas fueron los mayores “colaboracionistas”, tal vez porque Napoleón era para ellos el hombre que “restauró los altares” en Francia. El pueblo, al tomar las armas nombró sus generales para llevarlos al combate, aboliendo así, de hecho, el privilegio de mandar tropas reservado hasta entonces a los nobles. “Mina, el campesino; Manso, el molinero; Jáuregui, el pastor; El Empecinado, mozo de mulas, y tantos otros, salidos de la clase más desposeída, ocupaban al final de la guerra de Independencia los primeros puestos en el ejército, cuyos oficiales, en su mayoría, eran también del pueblo”.

En los campos existían verdaderas relaciones de vasallaje. En las tierras de señorío los nobles tenían derecho a nombrar corregidores, alcaldes mayores, justicia, bailíos, regidores y demás funcionarios municipales. Había lugares, en que los señores aún eran denominados de “horca y cuchillo”. Estos gozaban del monopolio de hornos, molinos, caza, pesca, aprovechamiento de montes y aguas; percibían tributos y servicios como el laudemio, el 10% de las ventas de inmuebles, un porcentaje sobre las recolecciones, tributos de siega y vendimia y derecho de tránsito de los ganados. El régimen de mayorazgos (que hacía transmitir la propiedad al primogénito de cada familia) reforzaba la concentración de la propiedad agraria.

Es preciso añadir que el sistema tradicional español crujió hasta sus cimientos en 1898. En los momentos en que otras grandes potencias –las de verdad, las de ahora- dominaban ya el mundo entero después de vertiginosa carrera colonial. España desaparecía de la escena como potencia ultramarina. El desastre de 1898 llevaba a la conciencia de muchos españoles lo que ya era una realidad durante todo el siglo XIX pese a las colonias transoceánicas, que España era un país de segundo orden en el mundo capitalista, un país atrasado por su estructura agraria y su sistema de propiedad y cultivos, un campo propicio para las inversiones de oligopolios extranjeros y para manejos políticos y estratégicos de las grandes potencias. Las importaciones que se hacían de las colonias no representaba ni la mitad del total de mercancías importadas por España. En cambio, las tradicionales importaciones de metales (oro-plata) preciosos eran mucho más cuantiosas, siendo su valor más del doble del de las mercancías importadas. Pero esa masa dineraria salía de nuevo del país para pagar las importaciones de productos manufacturados en diversos países de Europa.

Hasta 1898, los gobiernos, de uno u otro matiz, no estuvieron a tono con las exigencias históricas. El triste balance de este año presentaba en el “haber” la salvaguardia de los mismos sectores privilegiados que en 1808 se habían estremecido de terror ante la invasión napoleónica y sometido a sus designios y que, a partir de 1875, resolvieron a favor suyo la contienda abierta en 1812; en el “debe” estaba el atraso material del país, la incapacidad para competir con sus congéneres en el plano europeo, el vació que hizo comparar a Baroja, a la España de la Regencia con “una mujer vieja y febril que se pinta y hace una mueca de alegría”. La renovación era, pues, el imperativo de la hora, al abrirse 1899. La economía, el pensamiento, la política de España tenía que dar un cambio total si no querían apartarse definitivamente de las rutas de la historia. Este intento, caracteriza este período de liquidación del siglo XIX que incide en el primer decenio del XX. Sin embargo, el movimiento “regeneracionista” quedaba ahí para expresar la toma de conciencia de un sector de la sociedad que recusaba ya la dirección del país por las minorías que lo habían llevado hasta la sima de 1898. No obstante las fuerzas económicas del país iban a iniciar transformaciones importantes o bien atascarse en contradicciones de peso a causa de la falta de correspondencia entre su desarrollo y la inmovilidad del mundo político y legislativo.

Este viraje sólo podía producirse a base de un consistente acrecentamiento de las inversiones. Los adelantos técnicos y, con ellos, el fenómeno de concentración de empresas lo hacían necesario. El aflujo de capitales tiene por factor esencial la repatriación de los que estaban invertidos en las colonias. Luego, la prosecución de inversiones extranjeras y, por último, la concentración de ciertos capitales que habían aumentado gracias a la exportación de minerales y a la incipiente producción siderúrgica y que ahora, por medio del crisol bancario, se ven reforzados por ciertas particiones procedentes de la acumulación agraria. La influencia extranjera no se limitaba a la inversión de capitales, ya que necesitaba recurrir a personal técnico, a patentes de invención y de fabricación, a maquinaria y materias primas del extranjero, de tal manera que la falta de independencia de la industria era verdaderamente lastimosa. Como en épocas anteriores, el capital extranjero suple la deserción del capital español, que sólo se pone a tono con la época en Cataluña y País Vasco. Cabe decir, para completar este ligerísimo esbozo, que, en el plano de las ideas, la España tradicional del viejo régimen encontraba ya fuerte oposición, engendrada tanto por la difusión (a despecho de la inquisición) de las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución Francesa, como por las exigencias del desarrollo material del país, más acusadas en las ciudades del litoral, cuyo comercio e industria se habían desarrollado en los años precedentes a la guerra. Era la España oficial quien estaba en bancarrota.

En 1836 el ministro Mendizábal suprimió las “pruebas de nobleza” que hasta entonces se exigían para entrar en los establecimientos científicos o militares. Venta de bienes raíces que hubieran pertenecido a corporaciones y comunidades religiosas. “serán declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas, y los demás que hayan sido adjudicados a la Nación por cualquier titulo o motivo, y también los que en adelante lo fueren desde el acto de la adjudicación.” El Vaticano se puso en movimiento contra Mendizábal: llovieron excomuniones y anatemas que, en verdad, no inquietaron mucho la conciencia del ministro.

La España de 1936, desde el momento en que se organizó el complot para derrocar al régimen republicano, los monárquicos y los militares pensaron naturalmente en la ayuda que podría proporcionarles la Italia fascista; y esto a pesar de la repugnancia que podían sentir los monárquicos y los católicos españoles ante el régimen que se había impuesto por la fuerza a la realeza, y cuyo acuerdo con la Iglesia seguía siendo precario. Los primeros contactos se establecieron a lo largo de varios años. El aviador Ansaldo, que fue el piloto de Sanjurjo en ocasión de su primer intento de pronunciamiento, como lo fue el 20 de julio de 1936, tuvo en 1932 una entrevista con Balbo y éste prometió entonces el apoyo italiano. Después del fracaso del golpe de fuerza, Ansaldo fue de nuevo a Roma, en 1933, acompañado de Calvo Sotelo. En el mismo año, el partido nazi tomó el poder en Alemania. En vísperas del Movimiento, Sanjurjo hizo un viaje a Berlín, para asegurarse, igualmente, el apoyo de Hitler. Ciertamente de Berlín les llegaron estímulos y alientos, el gobierno del Reich, prudentemente, prometió su apoyo en un plazo de algunos días después del comienzo de la insurrección. En este campo, la moderación alemana contrasta con la imprudencia del gobierno italiano. Cierto es que Alemania tenia menos intereses inmediatos en el Mediterráneo que Italia, y para su gobierno no era absolutamente la victoria total de Franco. Así también, en Berlín se consideraría como una solución satisfactoria, un acuerdo que eliminara a la extrema izquierda y alejara a España de una alianza con Occidente. Sin duda, el gobierno nazi se intereso en el éxito final de Franco. Sin embargo desde 1934, Italia les dio garantías más sólidas el 31 de marzo, se llego a un acuerdo entre los jefes monárquicos españoles y los representantes del gobierno fascista y se hicieron promesas en lo concerniente a los suministros de material. Desde el momento en que los militares rebeldes obtuviesen un éxito, por parcial que fuese, la ayuda prometida no se haría esperar. Por tanto, la intervención italiana fue desde un principio rápida y cuantiosa. En consecuencia, a lo largo de la guerra se hizo todo para ayudar a Franco y asegurar su victoria. Pero su ayuda en hombres fue siempre escasa. El reclutamiento se organizo cuidadosamente. Existía en Berlín un estado mayor W..., cuyo jefe era el general de aviación Wilberg. Los hombres de la Legión Cóndor fueron designados de oficio, sin duda, pero las ventajas que les concedieron, un excelente sueldo y el atractivo de la aventura, frecuentemente resultaron para ellos un argumento determinante.

Cierta vez dijo Nietzsche, que los españoles “eran absurdos y, sin embargo, reales”.

Si hay un imposible masivo es el español: Lo cristiano, en su más potente proyección, en el cristianismo uno y, por tanto universal y católico, ha sido el factor decisivo en la formación nacional individual de lo español.

—Es la historia de: “la España de Charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, según la incisiva definición de Antonio Machado”.


 

¡Viva la III República española!

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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