España en la picota, el desastre del 98

En febrero de 1897, España otorga a Cuba una autonomía casi absoluta, con un Parlamento y un presidente con poderes más que simbólicos. El nuevo presidente americano, McKinley, y una parte del Congreso desean la paz, pero la prensa amarilla de las cadenas Hearst (el famoso “ciudadano Kane”) y Pulitzer desencadenan contra España una oprobiosa ofensiva de propaganda imperialista que arrastra a la opinión pública norteamericana.

El 15 de febrero de 1898, el crucero norteamericano Maine vuela en la bahía de La Habana. Estaba en Cuba en viaje oficial “de buena voluntad”. La investigación desapasionada actual —hecha posible por las gestiones del senador Edward Kennedy— ha demostrada definitivamente que se trató de una explosión interna, de la que no se puede culpar a las autoridades españolas.

La “prensa amarilla” pone inmediatamente en circulación un slogan: “remember the Maine”.

El 20 de abril, los Estados Unidos dirigen un humillante ultimátum a España para que abandone Cuba. El mismo día, la reina Cristina responde con dignidad a la provocación, y advierte a los Estados Unidos que España romperá toda relación con ellos si persisten en su actitud.

Declarada la guerra a fines de abril, el día 1 de mayo la escuadra americana del Pacífico, a las órdenes del comodoro Dewey, hunde, como en un simple ejercicio de tiro, a la española del almirante Montojo en la bahía de Manila, en el combate de Cavite.

Casi a la vez que la escuadra de Dewey sale para Filipinas, la de Cervera zarpa de Canarias rumbo a las Antillas. Elude el bloqueo de la escuadra americana del Atlántico, mandada por el almirante Sampson, y penetra en Santiago de Cuba. Era el 19 de mayo. La escuadra de Sampson estaba formada por 35 navíos importantes y 150 auxiliares.

Madrid ordena al capitán general Blanco que la escuadra de Cervera salga a la mar. Blanco, que no conoce la verdadera situación en torno a Santiago, transmite la orden. Toral y Cervera obedecen. Los barcos españoles de madera, sin otra protección que unas baterías que no disparaban desde años, con toda la herencia de incuria y de valor de este país imposible, salen a la mar y a la muerte.

La generación intelectual y literaria del 98, salvo el caso de Ramiro de Maeztu, adopta una actitud de crítica ante la guerra de Cuba y la situación interna de España que la hizo posible, atacando por igual las motivaciones políticas, económicas o “patrióticas” de un gobierno que ha llevado a su pueblo al Desastre. Y es precisamente esa actitud, ese sentimiento de pesadumbre y escepticismo lo que ha conducido, posteriormente, a agrupar bajo la denominación de “generación del 98” a los hombres que, pese a sus divergencias radicales en personalidad, estilo literario o ideología, coincidieron en su postura frente a la España que les tocó vivir. Hombres como Azorín, Machado, Baroja, Juan Ramón Jiménez, Valle Inclán, —autor predilecto un tiempo de su coterráneo Francisco Franco—, Unamuno… Precisamente de Unamuno son estos párrafos, pertenecientes a su ensayo La vida es sueño, fechado en noviembre de 1998.

“Todos estamos mintiendo al hablar de regeneración, puesto que nadie piensa en serio en regenerarse a sí mismo. ¡Regenerarnos! ¿Y de qué, si aún de nada nos hemos arrepentido?”

“En rigor, no somos más que los llamados, con más o menos justicia, intelectuales y algunos hombres públicos los que hablamos ahora a cada paso de la regeneración de España. Es nuestra última postura, el tema de última hora, a que casi nadie, ¡Débiles!, se sustrae.”

“El pueblo, por su parte, el que llamamos por antonomasia pueblo… la masa de los hombres privados o idiotas que decían los griegos, los muchos de Platón, no responden. Oyen hablar de todo eso como quien oye llover, porque no entienden lo de la regeneración. Y el pueblo está aquí en lo firme; su aparente indiferencia arranca de su cristiana salud. Acusánle de falta de pulso los que no saben llegarle al alma donde palpita su fe secreta y recogida. Dicen que está muerto los que no le sienten como sueña su vida.”

“Mira con soberana indiferencia la pérdida de las colonias nacionales, cuya posesión no influía en lo más mínimo en la felicidad o en la desgracia de la vida de sus hijos ni en las esperanzas de que éstos se sustentan y confortan. ¿Qué se le da de que recobre o no su puesto España entre las naciones? ¿Qué gana con eso? ¿Qué le importa la gloria nacional? Nuestra misión en la Historia… ¡Cosas de libros! Nuestra pobreza le basta; y aún más, es su riqueza.”

“Cuando estalló la guerra, los españoles conscientes, los que saben de esas cosas de la Historia y el Derecho, y de honras nacionales, le quitaron muchos hijos, a quienes sus padres vieron ir con relativa calma, porque era una salida, porque muchos hubieran tenido que emigrar. La vida es difícil, el suelo es pobre, el porvenir incierto. ¿Qué más da morir en la guerra que en otra parte? Y sobre todo, hay que servir, es una necesidad fatal. Y allá se dejaron llevar a morir, porque habían de morir al cabo, los héroes anónimos. ¡Héroes anónimos! ¡Vaya un sarcasmo el del absurdo enlace de esas dos expresiones incongruentes entre sí! Se exponían a morir. ¡Bah! Nadie se muere hasta que Dios quiere. La muerte sólo aterra a los intelectuales enfermos de ansia de inmortalidad y aterrados ante la nada ultraterrena que su lógica les presenta. Y somos los mismos intelectuales los que hemos convertido en retórica el dolor de las madres, lo mismo que la regeneración de la patria. Es tomar al mundo en espectáculo darnos a él.”

“Han muerto muchos hijos en la contienda y sus padres les han rezado, mientras se preparan otros hijos a ocupar su puesto. Pero al ver desfilar esos cadáveres vivientes, esos pobrecillos que anhelan en las garras de la fiebre, el pueblo llora, porque ¿para qué van a servir muchos de esos desgraciados? Su vida será una carga para ellos mismos y para sus hermanos algo peor que la muerte.”

“Ha concluido la guerra después de haber enflaquecido a España, y empieza el pueblo a descansar un poco. Tendrán que dejarle por algún tiempo sin turbar su sosiego con nuevas sonoras historias, sin molestarle con el estribillo de la gloria y de su destino histórico, sin llamarle heroico.”

“Pero no, que ahora le van con la cantinela de la regeneración, empeñados en despertarle otra vez de su sueño secular. Dícenle que padece de abulia, de falta de voluntad, que no hay conciencia nacional; han llamado moribunda a la nación que sobre él y a su costa se abre, nación a la que llaman suya. ¡Suya! ¡Suya! ¡El no la tiene! Sólo tiene, aquí abajo, una patria de paso, y otra allá arriba, de estancia. Pero lo que tiene no es nación, es patria, tierra difusa y tangible, dorada por el sol, la tierra en que sazona y gana su sustento, los campos conocidos, el valle y la loma de la niñez, el canto de la campana que tocó a muerto por sus padres, realidades todas que se salen de las historias. Si en las naciones moribundas sueñan más tranquilos los hombres oscuros su vida, si en ellas peregrinan más pacíficos por el mundo los idiotas, mejor es que las naciones agonicen.”

¿Cuánto tiempo más el pueblo español seguirá soportando a los Borbones?

¡Viva la República!

¡Pa’lante Comandante! Lucharemos. Viviremos y Venceremos.

Hasta la Victoria siempre y Patria socialista.

¡Gringos Go Home!

manueltaibo1936@gmail.com


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Manuel Taibo


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