Terrorismo sion-imperialista

¡Como os acariciaron furtivamente mis manos, hijos de mi inteligencia que habíais nacido para el bien, como las inmaculadas creaciones de Jehová, y que habéis caído, en manos del diablo!

Por lo que vemos, el imperialismo-sionista es algo más que un poderoso instrumento estatal. Utilizan Refinamientos de discreción y enmascaramiento, detalles insospechados, imponderables también, me preguntaba que no todo lo que allí se fragua es un secreto de la CIA, esos procedimientos refinados, ese camuflaje de la muerte, no ritman con la brutalidad de que hacen alarde en sus venganzas. Ellos podrán mentir en su acusación, podrán hacer que se confiesen culpables muchos inocentes, utilizaran todos los trucos, por sangrientos que sean, para lograr el éxito de su empresa personal; pero, sobre todo esto, su placer estriba en deshonrar y asesinar públicamente a sus enemigos. Ese refinamiento y esa sutileza en la eliminación de sus “enemigos” ritman con la psicología total de su “democracia”; que si son “cautos y astutos” para atrapar a sus víctimas, no se privan de ufanarse públicamente en su destrucción. Acaso, pensamos, la mayor parte de todo eso sea destinado al extranjero, ya que el crimen político no requiere allí precauciones singulares, y de ello tenemos la prueba con el caso de los Kennedy o los líderes afrodescendientes. Podía ser que el imperialismo, fingiendo una moral que no tienen, no quieran emplear el sistema terrorista individual, clásicamente anarquista, condenado por su doctrina, y utilizan esos medios para, sin contradecirla, ejecutar los magnicidios, disimulándolos bajo las apariencias de terrorismo.

¿La CIA empleando medios de placer? ¡Forman parte del tormento! Jamás ha contado la humanidad con drogas que le proporcionen placeres comparables a los que despiertan esos elíxires. Imagínense ustedes, ¡la sabiduría de los siglos refinada por la química más nueva y poderosa! Puede ser que la CIA, fingiendo una ortodoxia religiosa, quiera emplear el sistema de ejecutar los magnicidios utilizando medios científicos, disimulándolos bajo las apariencias de “muerte natural”. Es posible, ya que tenemos noticias de muchos casos en que cupiera la sospecha. Sin embargo esas posibilidades, y aun aceptándolas para esos casos aislados, la sensación que nos da ese establecimiento dedicado al “asesinato Legal”, al asesinato “en defensa de la democracia”, suena ridículo no les parece, es la de algo permanente, sistemático, con un orden y una finalidad y nuestra apreciación fundamental nos lleva a la conclusión de que eso forma parte de un todo terrible, oscuro, ambicioso de sus Grandes Corporaciones (Finanza Internacional) en grado tremendo. A matar los impulsa el sentimiento transformado en pasión. Luchan y matan por una razón económica. Ellos nos hacen conocer nuevas e insospechadas dimensiones del terror; más profundas, de iniquidad tal, que ni las imaginaciones de un Poe o un Wells, dedicadas a crear un nuevo orbe de crimen y perversidad, servidas por estos psicópatas, sádicos-energúmenos, podrán aproximarse un poco a la realidad espantosa. El terror, el terror negativo, como medio de coacción feroz sobre masas y pueblos–el único sentido por los hombres normales–ha sido superado por el imperialismo-sionista. Nadie, conociéndolo por experiencia lo ha podido contar.

El horror del hombre al mal, natural en él dada la esencia de su naturaleza, lo llevó a una total aberración; personalizó el mal. Así vino a ser el mal un ente metafísico, existente por sí. Es un sobrehumano esfuerzo para no sentirse los imperialistas-sionistas responsables del mal por ellos cometido; tal es su horror a él, que ni pensaron que renunciaban a ser quien eran hombres, para convertirse en bestias inlibertas, en un nuevo intento de negar el hombre ser “sujeto del mal”. “El hombre no determina el mal, es el mal quien lo determina a él…” Así dicen ellos. Esta es la línea de la vida. De la vida corriente, neutral, sin grandes sufrimientos ni goces notables. La vida, en fin, de los seres humanos. Supongan ustedes que toman a una persona–a un reo político, a un hombre del pueblo. Lo desvían de la línea de la vida hacia abajo, es decir, hacia el sufrimiento. En una palabra, lo atormentan, con objeto de forzar su voluntad. Su voluntad se agarra, naturalmente a la vida; ellos lo van tensando, atirantando cada vez más, por medio del tormento, sucesivamente. Ahora bien; si su voluntad, estirada por un suplicio máximo resiste todavía, no pueden ya aumentar el tormento, porque llegarían al nivel de la muerte. No cabe entonces hacer más, según los medios conocidos, porque se está expuesto a matarle sin haber conseguido nada útil. Hay tanta diferencia entre la muerte imaginada por quien decide suicidarse y la muerte real como entre lo vivo y lo pintado; ni un solo suicida en trance de morir deja de luchar por vivir; es un hecho sin excepción. Precisamente ahí radica la infalibilidad de su método. Sencillamente, se trata de llevar al hombre al mismo límite de la muerte, pero dejando siempre a su alcance un cabo al cual asirse: la confesión. La CIA utiliza drogas y sustancias orgánicas muy útiles para conseguir por medio del placer, la confesión y evitar el sueño. Pueden hacer que un detenido no cierre los ojos en una semana, sucédale lo que le suceda; y esto con unos sencillos comprimidos, o bien con inyecciones intraglúteas. Un procedimiento mucho más eficaz y mucho más fácil que los anticuados focos de luz, shock s eléctricos, campanas enloquecedoras, etc. Hasta aquí todos los Estados han utilizado el dolor policialmente–para arrancar las confesiones, las declaraciones precisas a los enemigos, y también para intimidar a las gentes, para asustarlas y conservar su sumisión. El crimen científico, no sólo como arma para destruir al adversario, sino como medio de lucha para conseguir el dominio, esta adoptado sistemática y normalmente, por el Gobierno Imperialista-sionista, Norteamericano.

Los Estados Unidos, que tanto se vanaglorian de su democracia, no son capaces de imponer un trato de igualdad a las clases sajonas, con las clases de color y con los hermanos latinoamericanos; es más, se agudiza el desprecio del sajón por las razas de color. Sin oposición, ni posibilidades de que se forme, sin preguntas de nadie ni necesidad de respuestas, se puede desplegar toda mentira, combinación y maniobra. Creo que, todos los habitantes de ese país, están vendados y narcotizados por su medio político y social. Deben creer sus costumbres tan infalibles y universales como la gravitación. Es comprensible; no podemos imaginar una escena completa, por breve que sea, en la que hombres, mujeres y cosas anden y se apoyen en los techos, y hasta imaginar al antípoda les es dificilísimo. El homus gringo carece en absoluto de facultades para imaginar prácticamente lo que es el socialismo. Les sucede igual que a los europeos anteriores a Colón que carecían también, inversamente, de capacidad para idear lo que pasaba del lado de acá.

Pero, ¿qué norteamericano viaja por el mundo, y cuenta su viaje?, y ¿qué podrá su relato contra la impenetrabilidad universal?..., ¡yo soy vuestro amo! ¡Soy un agente de la CIA! ¡Puedo! Vais tan contentos con vuestra ilusión de “libertad”, como los corderos en los campos. ¡Yo soy el perro del ganado! Ladro un poco, enseño los dientes, y vais acá, allá, moviendo vuestras esquilas. ¡Yo soy el pastor! Volteo la honda, y apresuráis el paso, huyendo sin saber a qué parte. ¡Yo soy el amo! Tomo a uno de vosotros, lo alzo por las patas, le hundo el cuchillo, y lo veo balar y desangrarse, y lo tiro a un lado, a que termine de morir sobre la hierba. Mientras los demás: oradores, congresantes, periodistas, artistas, ricos, pobres, prostitutas, guardias, humanidad, seguid adelante sin enterarse siquiera. Lleváis la cabeza baja, igual que terneras; los ojos bajos, igual que las ovejas; el hocico en el suelo, como los cerdos. ¡Yo soy vuestro amo! ¡Y no me habéis visto jamás! ¡Pobre de mí! ¡Soy un esclavo…, y todos estáis bajo mis garras! Si algún paralelo podemos hallar es al recordar ciertas páginas de la literatura clásica cuando describen las ciudades italianas diezmadas por la peste; aquel pánico feroz de las multitudes ante la muerte invisible que mataba y mataba…

¿El qué? ¿Adónde van? Síganlos viendo y escuchando y no se impacienten.

Al fin, somos algunos millones los que conocemos el socialismo; y también, por muy grande que sea la saña demoledora, sobrevive tanta historia en costumbres, cultura y lenguaje que salta la oposición entre estas realidades y la tormenta de la propaganda imperialista, provocando espasmos en la inerte facultad crítica.

Salud Camaradas Bolivarianos.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria Socialista o Muerte.

¡Venceremos!

manueltaibo@cantv.net


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Manuel Taibo


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