La gran patraña

No me extraña que cada vez se vayan sumando más "negacionistas" a la causa del rechazo a lo que tiene todas las trazas de un engaño. Desde luego yo, cada día que pasa desde el 14 de marzo del pasado año estoy más convencido de que estamos ante una patraña a escala planetaria. Naturalmente ello no significa que niegue que haya muertos diarios, más bien cada minuto o cada segundo dependiendo de la población de referencia: local o mundial. Pero eso nada tiene que ver con el número de contagios que es el objeto de atención prioritaria informativa y sanitaria, ni con la nula credibilidad que tiene esta más que probable voluminosa impostura. Pues el primer problema que suscita es que las muertes se pueden adjudicar a la o a las causas que se le antoje a quien cumplimenta el certificado de defunción. Y ello, sin faltar a la deontología a la que se debe el galeno. Pues al final de un proceso mórbido que acaba en muerte, lo mismo se puede atribuir ésta a una causa que a otra. El médico puede decidir que el fallecimiento ha sobrevenido por un fallo de la función hepática, de la renal, de la función respiratoria o de otro órgano cualquiera, como simplemente por el paro cardíaco que es el fin de todo ser vivo. El caso es que nosotros, los ciudadanos del mundo pero también los gobiernos del mundo, hemos de hacer un acto de fe sobre cada certificado. Hemos de creer, inexcusablemente, en todos cuantos intervienen en un galimatías sanitario. La sociedad humana está estructurada así. Y la superestructura de la medicina reina aunque no gobierne. Este papel, el de gobernante que toma decisiones que afectan al status individual y colectivo, lo asumen políticos legos o profanos en la materia, cuya única misión consiste en obedecer al mago. Lo mismo que el creyente escucha al predicador sin llevarle la contraria, aunque el predicador esté haciendo afirmaciones que al creyente le resultan dudosas o falsas.

Pues los dioses de la sociedad descreída, siempre en los tiempos modernos o de coyuntura, han pasado a ser los miembros de la clase médica, y ahora a los entendidos en epidemias, aunque la presente no tenga precedente alguno como extendida al mundo enero. Y nadie, ningún miembro de un gobierno que no sea de la profesión, puede responderles. Pues el médico, la medicina y los fármacos y vacunas prescritos son sagrados para todo gobierno y todo paciente entregads a ellos. O deben serlo. No hay alternativa. Lo mismo que en tiempos ancestrales lo eran los brujos o el chamán en las aldeas. Y por el mismo motivo es "sagrada" e irrebatible la OMS, a pesar de que es sabido que nada, fijémonos bien, nada que suponga una responsabilidad pública se libra de corrupción. Y si alguien afirma lo contrario y sabe de alguna excepción, dígalo o calle para siempre.

La historia no es más que una sucesión de tejemanejes, de chanchullos, de conspiraciones, de crímenes asociados, todos, al resultado de lo que al final llamamos "realidad". Lo mismo que "la verdad" no es más que una combinación de verdades a medias y una sucesión de acuerdos manipulados y torticeros frente al público, nacional o mundial, de unas minorías... Hablo aquí de los médicos, y dentro de su profesión y su corporativismo, de los especialistas capaces de llevar a cabo experimentos o participar en ellos "por el bien de la humanidad". Experimentos a menudo peligrosos y arriesgados en cuanto a las consecuencias. Pues bien, en este caso todo parece indicar que ante la sobrecarga de las clases pasivas de la sociedad occidental y de las naciones orientales cuyo sistema económico comparten, los posibles "remedios" de la mercadotecnia para evitar un derrumbamiento estrepitoso del sistema, están ligados a la maniobra de otra superestructura: la sanitaria. Porque desde hace diez meses -no sé cuántos de ellos hay en cada gobierno de las naciones- pero sí desde luego en España, a su frente político está un economista: la especialidad idónea para colaborar en una colosal operación que empieza desencadenando una falsa o sobredimensionada epidemia, para ir configurando paulatinamente en el mundo una "nueva normalidad". Nueva normalidad que, por el momento, parece empezar con la sucesiva pero brusca eliminación del comerciante tradicional, pasando el cúmulo de transacciones a las grandes superficies y a los grandes holdings que hace mucho atienden a la venta de artículos de toda clase y de servicios exclusivamente por la Internet. Detalle éste que en muchos aspectos es una piedra de toque para ir desvelando -el propósito de mis reflexiones- las causas primeras y conjuntas de un estado de cosas en el planeta en el que se usa como escudo o velador una enfermedad del sistema respiratorio deliberadamente provocada. Una enfermedad que supera la inmensa mayoría y se lleva por delante a la tumba o a la planta de incineración, también en la inmensa mayoría de los casos a ancianos decrépitos y en mucho menor número a otros contagiados que son víctimas colaterales del contagio; excepciones de las que nada que se afirme con carácter general puede librarse. En todo caso, iremos observando los efectos de los brotes sucesivos, supuestos o reales, en la economía y en la salud individual de los vacunados a medida que pasa el tiempo, pues en todo caso, tarde o temprano, resplandecerá la verdad de todo esto, aunque esa clase de verdad seguirá consistiendo en evidencias que negarán tanto el poder político como el médico. Eso, o un descalabro de la OMS o la deserción de alguno o varios de sus miembros ejecutivos que, como en tantos otros casos, denuncien hechos que a su vez serán rotundamente desmentidos...



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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