La gran revolución del azadón, el pico y la pala

Nos encontramos en Los Pueblos del Sur, a unas cinco horas de carretera desde la ciudad de Mérida. Toma uno la autopista La Variante, llega a El Anís y de allí enfila hacia Estanques, para emprender un ascenso de varías horas, traspasando tres páramos (Tusta, El Páramo de Las Nieves, El Páramo del Motor).

Ya hemos narrado parte de este diario en otras entregas…

VIERNES (16-5-2019): La luz se hizo a las 4 de la madrugada, hora en la que comienza la faena para nosotros. A las 5, ya se escucha el canto de los pájaros, el llamado a la vacada, el ajetreo de los agricultores en el campo llevando sus barretones, sus palas y escardillas. A veces va la esposa a un lado con el avío, o el hijo que desde niño se va haciendo madrugador y bregador en las faenas del campo.

Desde el ventanal de la cocina observo que ha caído un buen rocío empapando el jardín, reverdeciendo las matas de café, la mora, el limonero, los naranjos, el cambural, el níspero y el manzano, el eucalipto. El portal del día está en este ventanal en el que se ve, tras un inmenso árbol de guamo, el boquerón semi-amarillo del sol luchando contra las sombras del amanecer. Hay en La Coromoto una música perenne que llega del río, de las ráfagas del viento entre los desmelenados árboles.

Yo preparo café y entretanto voy lavando los cacharros de la noche anterior. Aquí no tenemos internet, y muy pocas veces nos entran mensajes. El sabotaje eléctrico ha afectado severamente la comunicación en los Pueblos del Sur.

A las 9:30 se suspende nuevamente el servicio eléctrico. Aquí nadie grita histérico o cacerolea por estos cortes, porque entiende muy bien lo que está pasando contra el país. Además, la gente tiene mucho que hacer. La gente no depende de un celular para "vivir", ni está habituada a las telenovelas o al sin fin de aparatos electrónicos que nos han hecho la propia vida vacua y aburrida.

Apenas usted sale al campo se encuentra con un mundo por hacer. Trabajo por doquier y a toda hora.

Con MEU (mi esposa), nos dedicamos a desbrozar la huerta, sacamos cinco carretilladas de monte y yerbas del huerto que llevamos hasta dos redondeles para ponerlas sobre hojas secas e ir haciendo el pudre para formar composteros. Queremos preparar estos espacios para futuras siembras.

La vecina Engracia nos regala un trozo de hígado de la vaca que mataron ayer, y nos pide prestada la bombona que trajimos hace dos días del pueblo. Le prestamos la bombona, esperando que ella dentro de poco pueda recargar la suya.

En estos días, mi mayor placer es contemplar la tierra húmeda: tocarla, ver sus nervaduras de raíces por entre los intrincados pedregales; cómo cambia de color apenas se le remueve y se le despeja de las maniguas. Todos los campesinos con estas lluvias están atentos a ella, y hay un movimiento de surcos, incluso una fuerza de amor que también junto con la lluvia cae del cielo.

Cuerpos membrudos, uñas tierrudas, andar descalzo, sudar a mares, vestir pantalones rotos o con parches, silbar o cantar mientras se trabaja. Moverse uno a su antojo de un lado a otro como le apetezca. Qué felicidad, qué gloria.

Almorzamos arroz con lentejas.

Son las 3 de la tarde y sale el sol en todo su esplendor. Aún seguimos sin electricidad.

Leo un poco "La playa de Falesá" de Dylan Thomas, un libro poético que nos habla de la selva y del mar en el Pacífico Sur. Amo el mar, amo la soledad, amo los espacios silenciosos, el campo y esa negrura intensa de las noches en estos días; amo a la gente sencilla, la candidez de esos niños que no han sido envenenados por la estupidez del internet. En el libro de Thomas hay un personaje de nombre Case que habla de la gente que busca tener una profesión, que aspira casarse con una mujer decente para aumentar la población, que desea aumentar la prosperidad y las úlceras, morir respetablemente en un lecho.

7:30 pm: llega la luz. Enciendo el televisor y nos enteramos que la policía gringa ha asaltado la embajada de Venezuela en Washington, y hay euforia entre los opositores al gobierno del presidente Maduro. Esta gente, muchas de ellas mulatos o zambos, aman a Trump, al Ku Klux Klan.

Nos visita Ángel quien viene para preparar una torta de yuca; Ángel trajo medio kilo de queso ahumado que agregado a medio kilo de yuca (de una que nos regaló Engracia), medio kilo de azúcar y dos huevos, con 45 minutos al horno, queda mucho mejor que un chessecake.

Conversamos sobre la situación del país, y el cuadro terrible junto con las consecuencias que traerá el bloqueo en el tema de la gasolina del gas y por tanto de la comida. Cada día parece que el mundo va a volar en mil pedazos, y hay un ritmo natural de las cosas que muy pocos perciben. El trabajo en el campo, ver las flores y estas montañas es el mejor antídoto contra la desgracia humana. Estamos considerando prolongar nuestra estadía en La Coromoto. ¿Qué vamos a hacer nosotros en Mérida hacinados en un apartamento, llenándonos de la inconmensurable inutilidad de millones de noticias y de rumores que sólo persiguen hacer el mal porque todo es aburrimiento y rancia dejadez? Desde aquí estamos luchando en la defensa del país con solo ver este cielo de azul profundo y estos árboles silenciosos: cultivando la tierra, andando descalzos, quemándonos el espinazo, yendo sin camisa por el campo, y escuchando las benditas palabras de nuestro sabio padre, el señor Corsino.

SÁBADO: ha estado lloviendo gran parte de la madrugada.

La luz se va a las 6 de la mañana. Tenemos que comenzar a vivir de una manera diferente, nos dijo el señor Corsino. Ya todo ha cambiado, hasta el sabor de los abrazos. A veces me pongo a pensar en esa energía artificial, la electricidad, creada por el hombre para proveerse de tantos beneficios, que a la vez nos durmió una parte esencial del alma, del silencio y de la soledad, de encontrarnos más con nosotros mismos. Cuando llega eso que se llama la luz artificial, nos llenamos a la vez de una oscuridad nefasta que no percibimos. Que está en la ausencia del Otro, en el desperdicio de la vida en quehaceres inútiles, y ahora se va la luz, ¡Oh Dios, bienvenido el desamparo, el vientre oscuro de nuestra madre! Toda esta gente mayor que nació en Canaguá, estuvo décadas sin luz artificial, sin electricidad, y por eso mismo tienen un sentido una visión más auténtica y plena del universo, de la tierra, de las estaciones, de las estrellas que nosotros casi nunca hemos sentido.

Hoy vamos a sembrar otra porción de maíz, y estaremos dedicados a este trabajo hasta el mediodía.

El día se presenta nublado. Terminamos de limpiar el huerto, y cernimos tierra para colocarla en los redondeles. Tal cual como nos dijo el señor Corsino el maíz que teníamos congelado y que ayer sembramos no va a germinar.

Ángel nos trae de obsequio un litro de leche.

Hoy hemos encendido el fogón tratando de ahorrar gas y allí hemos cocinado el hígado que nos regaló Engracia, también unos cambures verdes, arroz y una salsa para espaguetis.

Almorzamos hígado encebollado, arroz, ensalada de lechuga y zanahoria y cambures verdes.

La electricidad ha vuelto a la una de la tarde. Estamos teniendo un promedio de doce horas sin electricidad.

Sembramos el resto del maíz que nos regaló el señor Corsino: para unas treinta maticas. MEU ha hablado con el esposo de Engracia, el señor Baudelio y éste nos ha ofrecido buscarnos un kilo de maíz a cambio de una panela. Aún tenemos terreno para sembrar más maíz.

A las 3, sale el sol en todo su esplendor.

MEU va a hacer unas arepas de trigo que será el avío que llevaremos en la excursión de mañana a Los Faldones.

Nos hace visita el señor Corsino y su hijo Ángel. Departimos un buen rato sobre ciertos trucos para obtener una buena siembra de la cebolla, el ajo, el tomate, la papa, la yuca, el ocumo o el maíz.

Nos hace visita Xioli y sus dos bellas niñitas. Una de las niñas nos trae de regalo en una cesta una enorme chirimoya, de un árbol que se les ha dado muy bien en el frente de su casa. El chirimoyo era fruto predilecto en mi infancia, allá en Las Mercedes del Llano, el cual conocíamos con el nombre de riñón, pero más pequeño. Preparamos para las visitas una buena olla de té con menta.

DOMINGO: qué impresionante amanecer, el cielo se viste de múltiples arreboles, con intensos colores de amarillo furioso, azul vacuo y rojo esperanza: lo que promete será un día esplendoroso para la caminata que haremos a Los Faldones.

Por lo que podemos deducir del programa de Mario Silva "La Hojilla", anoche, se avecina una nueva arremetida criminal del gobierno de EE UU, quizá acciones peores que las que venimos sufriendo desde que asesinaron a Chávez. La grave escasez de gasolina, producto del bloqueo gringo (por la carencia de aditivos que no nos están llegando) por la que están sufriendo gravemente varios estados, y que va a crear un desgarro y un estrago social de catastróficas consecuencias. No hay transporte en varios estados, el traslado de la comida se verá bien afectado, la distribución de gas también sufrirá un serio golpe, los enfurecidos guarimberos volverán por sus fueros.

Nosotros en nuestra casita estamos cocinando en un fogón, y ya tenemos leña para varios días. Mérida está en total caos, en una situación parecida a la que se vivió en los primeros días de diciembre de 2002, con el llamado Paro Petrolero: gente que lleva varios días haciendo cola frente a estaciones de servicio. Qué inmensa capacidad, Dios mio, de tanta gente que busca gasolina sin realmente una necesidad esencial, básica. De cuántos manojos de miedos, de pánicos, está construido el hombre moderno. Por eso entonces aparecen los bachaqueros y venden la gasolina a un dólar el litro.

9:00 am: Cuando salíamos de casa para reunirnos con Ángel y emprender la caminata nos encontramos con Neptalí quien bajaba en moto con su hijo Toñito, y también al señor Corsino y a su hijo Enrique quienes se dirigían al pueblo de Canaguá para participar en la celebraciones del Día de San Isidro.

Se nos unió Marilú (nieta del señor Corsino, hermana de Xioli) a la caminata. El día ya comienza a mostrarse atoldado. Cuando pasábamos por la casa de Neptalí se nos acercó Natalí, su hija, y le pidió a Ángel, que ya que íbamos por esos lados averiguara si se había muerto la vaca de un vecino que llevaba días desaparecida.

La cuesta es empinada, el camino culebrero y pedregoso. Luego de un kilometro y medio de ascenso nos conseguimos con un hermoso sembradío de Silvio, un yerno del señor Abel (hermano del señor Corsino); allí están cultivando maíz, harta cebolla, repollo, ají dulce y brócoli. Desde esta altura se proyecta maravillosa la falda en la que se encuentran unas antenas de radio, se aprecia todo el contorno que está detrás de la casa de los Mora, y los caminos que dan hacia Los Portones, los que con regularidad recorremos.

Pasábamos por un bosquecito cuando escuchamos a Solita aullar de dolor como si algo la hubiera herido, temblando se postró ante MEU quien la revisó para ver si algún animal la había mordido (porque en otra ocasión, en el camino hacia los Portones fue seriamente atacada por un puercoespín y su hocico quedó poblado de verdes y profundas púas). Se echó en el piso y MEU no le encontró nada extraño. Luego fue Ángel quien explicó el misterio: ella, de repente, se encontró sola y perdida y creyó que sus amos la habían abandonado y entró en pánico. Hay que ver que Solita no madura, tiene casi seis años y todavía se cree una carajita de dos.

Ángel nos va anunciando que ya estamos cerca; cerca quiere decir un poco lejos todavía. Esta finca está a nivel casi del páramo de El Motor. Llegamos a un inmenso y frondoso pino, realmente espectacular bajo el cual nos sentamos a comer las arepas de trigo que había preparado MEU. Chespirito (el perro de Ángel) y Solita andan tan alegres por aquellos campos abiertos que parecen liebres. Nos encontramos propiamente en las dehesas de Los Faldones donde otrora pastaban los toros de casta que luego llevarían a las ferias de San Cristóbal, Mérida o Valencia.

Los Faldones fue una propiedad señorial, en la que se criaban toros de lidia que luego se llevaban, digo, a las plazas más famosas de Venezuela. Durante mucho tiempo fue de un tal Velutini, y que cuenta con grandes corredores en los que se pueden apreciar carteles de viejas corridas con famosos toreros de la época; toda una construcción hecha a semejanza de esos cortijos de lujo que se ven en Andalucía; Los Faldones tiene varias instalaciones, y la principal es una casa con hermosos y amplios jardines, hoy descuidados, con una soberbia plaza de toros; con caminerías que llevan a varios potreros, una mansión con los modernos sistemas de comunicación también en franco deterioro y ruina. La ha adquirido un tal Cachimiro Calandria.

Traemos varias ramas de eucalipto, muy útil para quemar en las casas y espantar la plaga, a la vez que excelente medicina para la tos, para las vías respiratorias. Veníamos caminando por una espesa alfombra de pasto cuando de pronto me hundí en un hueco, buen momento para reírse un poco y recordar otras caídas memorables de otros excursionistas.

Tomamos para descender otro camino, en busca de la vaca perdida, cuando en una espesa hondonada logramos ver una bandada de zamuros posados sobre los árboles. Avanzamos un poco más y en la vertiente de un caño, entre un gran pedregal y rodeada de estas aves carroñeras estaba un inflado bulto color crema.

Seguimos descendiendo a través de un pedregal al lado del cual corre un arroyo que de tramo en tramo desaparecía. Ya se columbraba la casita de Neptalí.

Se dio el parte de la muerte del animal.

Cogimos luego por un sendero siempre defendido por un agresivo ganso al que MEU para nada le gusta saludar. Un día le dio tal perseguida, que MEU en la carrera perdió un zapato y supo lo que era correr descalza entre pedregales.

Llegamos a casa de los Mora donde nos encontramos a Manuel quien no pidió información sobre la excursión, para planificar otra pero hacia Palmasola:

  • Pero para allá –nos dijo – tenemos que llevar machetes porque el camino es tupido, y también mucho más empinado.

Tomamos café y nos despedimos.

A la 2 de la tarde llegamos a nuestra casita: reencontrándonos con nuestros espacios del fogón, del enorme mesón de la sala y los estantes con sus libros expectantes, el chinchorro de moriche, la gata Morisca, la mecedora de cuero de vaca...

Por el cuadro terrible que estamos sufriendo debido al bloqueo, no nos queda más remedio que quedarnos varios días más en La Coromoto. Tenemos que resistir y tenemos que vencer.

Me pongo a recoger leña para tenerla presta al lado del fogón. Soy el fogonero. Luego encendemos el televisor y no hay nada nuevo, más que resúmenes de las noticias de la semana pasada, en la que resalta el asalto de la embajada de Venezuela en Washington por orden del Departamento de Estado. He visto al canalla Carlos Veccio dándole las gracias a la policía gringa por haber asaltado a nuestra embajada. Mientras declaraba estaba a su lado el monstruoso Tarre Briceño, el otro asomado que ha puesto el autoproclamado como representante de la Nada en la OEA.



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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