El mundo estúpido

En la película No mires arriba (Adam McKay, 2021), la estudiante de astronomía Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) se pone muy molesta por la manera estúpida en la que políticos, empresarios, medios, periodistas, intelectuales y buena parte de los ciudadanos se comportan ante el peligro inminente de extinción de la especie humana que representa un gran cometa que habrá de impactar a la Tierra. Algo parecido me pasa a mí con respecto a los mismos factores que se comportan de manera semejante ante la amenaza cierta, comprobada, acelerada y en desarrollo del cambio climático. En ese sentido, soy igual a Kate Dibiasky. Nos diferenciamos en que ella es una mujer joven y bella, y yo un hombre viejo y poco agraciado. Tiene sentido, pues se sabe que en No mires arriba el cometa es una metáfora del cambio climático.

Recientemente he diseñado un proyecto para un programa semanal de televisión sobre el cambio climático que profundice en el tema, aporte conocimientos, problematice, alarme, denuncie y someta a debate diversos aspectos de tal asunto. El programa se desarrollaría en tres segmentos: un editorial, un micronoticiero y una entrevista. No lo presenté ante canales del Estado (del Gobierno, mejor dicho), pues no creo que se pueda, en esos instrumentos de propaganda oficial, dar algún debate profundo sobre temas controversiales como el arco minero, la pertinencia del llamado ecosocialismo o las escasas políticas estatales para contribuir a aminorar el efecto de los gases de invernadero.

En cuanto a los canales privados, algunos ante los cuales presenté el proyecto, la mayoría no son más que herramientas de incultura generalizada, que aumentan más su audiencia en tanto más alienantes y banales se muestran, con raras excepciones, como ValeTV. A la cola de esos medios privados se encuentra ese despropósito que se llama Tves, al frente del cual se halla un alumno bien aprovechado de Gustavo Cisneros y Venevisión. Cuesta creer en el futuro de un país que exhibe una televisión tan mediocre como la nuestra. Me harta ese

desfile mañanero de brujas de pacotilla, estafadores tarotistas, caballeritos superficiales y mujeres que sustituyen con la exhibición de piernas y rabos la ausencia de contenidos en sus cerebros.

Para la televisión venezolana es mil veces más importante la disfunción de la pareja multimillonaria de Shakira y Piqué que la amenaza del cambio climático. A esto último dedican, como una especie de lavado verde, mezquinos minutos de programación, con micros o segmentos en programas animalistas o naturistas que suelen esquivar los problemas nucleares del asunto, mientras promueven la falsa idea de que con acciones individuales de la gente de a pie es posible contrarrestar el cambio climático, mientras la comunidad científica mayoritaria tiene claro que nada se puede lograr sin un cambio radical, de 180 grados, de los poderes fácticos mundiales. Pero los líderes políticos, los grandes capitalistas, los medios, los comunicadores, los intelectuales solo trabajan a fin de ganar algo para ellos mismos, bien sea elecciones, dinero, audiencias o premios ¡Qué precisa es la gran metáfora de No mires arriba, así como la metáfora bíblica del Apocalipsis, que ya está aquí, de la mano de sus cuatro jinetes: el cambio climático, las guerras, las pandemias y la inteligencia artificial!

Alguna vez comenté a un amigo, un connotado periodista de TV, mis angustias sobre el cambio climático y me respondió con unos chistecitos un tanto irrespetuosos. Otro comunicador allegado me espetó que él ha debido enfrentar sus propios problemas y que sus nietos deberán enfrentar los suyos, como si los nietos no fueran problema de uno. A mí me duele cuando pienso que mis más recientes nieto y nieta, ambos arribando a los tres años de edad a fines de 2023, y sobre todo sus hijos, vivirán en un mundo afectado por frecuentes e inenarrables tragedias, como ya lo anuncian las trompetas apocalípticas. Por eso seguiré clamando en el desierto y arando en el mar. Sé que mi débil voz no podrá cambiar este desastre en el cual vivimos, está prisión cultural decadente, este lamentable cementerio de sueños, pero sépase que no me iré sin hacer ruido.



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Néstor Francia


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