Memorias de la Venezuela prechavista

Entre la dialéctica científica y la autocrítica revolucionaria

Tras el colapso de la Unión Soviética y el encarcelamiento de los militares bolivarianos alzados en 1992, la izquierda venezolana vivía una profunda crisis política; la ausencia de liderazgos, las eternas divisiones así como la falta de vocación de poder le impedían presentar una propuesta revolucionaria al país. Fue tal el caos ideológico que reinaba en ella, que un sector postuló como aspirante presidencial al reformista Andrés Velásquez, mientras que otro sector igualmente extraviado firmó un pacto electoral infame con el democristiano y opusdiano Dr. Rafael Caldera (1916-2009).

En aquel electoral año de 1993, a muchos comunistas nos resultaba inadmisible que nuestra izquierda apoyara al enemigo de toda la vida con el argumento de que su candidatura “independiente” representaba la posibilidad de romper con el bipartidismo adeco copeyano. De hecho, nos rebelamos contra aquella resolución apegados a la idea de que desde ningún enfoque revolucionario se podía calificar al jefe histórico de la derecha burguesa más antipopular, anticomunista y elitista (la Democracia Cristiana del Opus Dei) como una alternativa de rompimiento con la decadente democracia puntofijista. En aquel tiempo, la opción de Velásquez, creada al margen de los partidos tradicionales, ingenuamente nos bastó para sentir mayor entusiasmo, no obstante la historia se encargaría de demostrarnos nuestro error en ambos casos.

Años más tarde algunos comprendimos que aunque el gobierno calderista significaba el reacomodo de la oligarquía venezolana, era sin embargo el único que gozaba del suficiente apoyo de las instituciones burguesas y la aceptación del imperialismo yanqui para “mantener la paz” en la república como etapa preparatoria al lanzamiento de Hugo Chávez. Visualizamos que un eventual gobierno de Velásquez habría sido “un mal mayor”, ya que a diferencia de Caldera, el indio sospechosamente no se había comprometido con la libertad del comandante bolivariano, su discurso era dudoso después de sus viajes “comerciales” a Washington y lo más grave: carecía de perspectivas de gobernabilidad ante las amenazas públicas del alto mando militar.

En aquel escenario, un golpe de Estado encabezado por los gorilas fascistas habría sido más que probable, Chávez jamás habría sido liberado y una larga dictadura al estilo de Pinochet se habría instalado en Venezuela. Ante tales hechos, la posibilidad de una Revolución Bolivariana habría sido liquidada. No obstante subrayamos que fue el azar lo que determinó el curso favorable de la historia ante una izquierda burocratista que fue incapaz de comprender el momento histórico para vincularse más a Chávez y deslindarse de viejos demagogos y nuevos farsantes. Solo unos pocos dirigentes esclarecidos de ese tiempo, uno de ellos Pedro Ortega Díaz, fueron capaces de descifrar la coyuntura.

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(*) Constitucionalista y Penalista. Profesor Universitario.


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Jesús Silva R. (*)

Doctor en Derecho Constitucional. Abogado penalista. Escritor marxista. Profesor de estudios políticos e internacionales en UCV. http://jesusmanuelsilva.blogspot.com

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