CAP se muere…, ya no reconoce a nadie, ¿pero qué fue tan amada Cecilia Matos Melero?

Todo esto me viene a la memoria porque en una ocasión el escritor Carlos Fuentes dijo que el presidente Chávez es ignorante, pero que en cambio Gustavo Cisneros es un hombre muy culto. Más o menos lo que hoy dice “The Washington Post”, que Uribe es el gobernante más sabio, más puro, más demócrata y humano que ha tenido en cien años América Latina.

Pero también “The Washington Post” elogió a Carlos Andrés Pérez durante su primer gobierno y lo comparó con Simón Bolívar. En aquella época, el súbito capricho de CAP por Cecilia Matos estaba destrozando el país; ya el Presidente no se ocupaba sino de ella y de sus gustos, y esta señora no conocía límites en sus frivolidades. Al menos Blanca Ibáñez había tenido la aspiración de hacerse bachiller –aunque fuera haciendo trampas-, y luego ostentar el glorioso título de abogada de la república; también solicitó la Orden del Libertador en Primera Clase. Pero Cecilia Matos Melero, la barragana de Pérez, no quería títulos sino dinero y poder, estaba viviendo cerca de la mansión de los Cisneros. Se había hecho miembro del Club “La Lagunita” en 1978, cuando la acción valía 200.000 bolívares, y en su declaración al impuesto de la renta se había registrado que su ingreso anual era de 25.000 bolívares[1]. Estaba protegida por el banquero Pedro Tinoco, el socio de Gustavo Cisneros, y en fin por los Doce Apóstoles de la gran estafa nacional. De gente como esta, señores, surgiría la Coordinadora Democrática, la que el impecable empresario Gustavo Cisneros utilizaría para lanzarla contra Chávez e intentar derrocar su gobierno.

Delante de los Doce Apóstatas, Cecilia llamaba a CAP, “papi”, sin ningún recato y con muchos mimos. Cecilia llegaba en helicóptero a la Lagunita, en su mansión de los grandes saraos, con fiestas cariocas o dominicanas, botando con locura millones de bolívares en una sola noche. Gustavo Cisneros vio y conoció de cerca ese asqueroso mundo, pero él “no era un analfabeto como Chávez” para dejar de coger lo que tenía que tomar de aquellas bacanales. Y tampoco él hacía negocios con políticos, como se lo había aconsejado su padre.

¿Cuántas veces, Gustavo Cisneros le beso la mano a su vecina Cecilia Matos? ¿Cuántas veces la honraría recibiéndola en su casa del Country Club o en La Romana? ¿Cuántas veces compartiría con la pareja Pérez espléndidas reuniones en Nueva York o en Miami? En Nueva York aquella reina tenía varios lugares para no aburrirse. Podía pasar unos días en el Olimpic Tower o en la Galirie. Cecilia además tenía pasaporte diplomático, y Gustavo Cisneros lo sabía. Y los hermanos (catorce, en total) de Cecilia que de perrocalienteros y vendedores de empanadas en la calle ahora estaban también todos en ese mismo tren de privilegios, hasta con pasaportes diplomáticos. Las barraganerías de Pérez y de Lusinchi las conocía en detalles Gustavo Cisneros, pero como “yo no soy analfabeto como Chávez”, no le interesaba criticar a nadie; él estaba en lo suyo. Él no tenía nada que ver con eso. Entre los socios admitidos en La Lagunita Country Club de 1979, estaban junto con Cecilia, algunos de los que 22 años más tarde blandirían una banderita en la Plaza Altamira. Los había también quienes no se atreverían a ensuciarse golpeando cacerolas y marchando por la libertad de Venezuela: los Brillembourg, los Zuloaga, los Pocaterra, los Machado, los Salvatierra, los Vollmer, los Azpúrua, … Y en verdad que casi nadie analiza que lo que la gente estuvo pidiendo a gritos en la Plaza Francia de Altamira: “¡que vuelvan las barraganas de los Presidentes!”. Entonces, insisto, el país no estaba dividido, ni había odios ni conflictos de clases sociales.

Cecilia Matos Melero había sido simplemente una secretaria de la fracción de AD en el Congreso de la República, y allí mismo Lusinchi también encontraría la suya. Aquellas amantes que los adecos que se conseguían por racimos en el Congreso Nacional como que les traían buena suerte. Y de ser una simple secretaria, Cecilia pasaría a tener chofer que la llevaba y traía por Caracas en un Mercedes Benz, 350, adjudicado a la presidencia de la república. Porque además el “Apóstol Adelantado” Gustavo Cisneros conocía de la calidad viajera de Cecilia que no se estaba quieta en ningún lugar, y que de Nueva York saltaba a Paris, Roma, Madrid, Lisboa, Hawai, Japón, de aquí a Río de Janeiro, de Río a Miami, y del santuario agusanado a Curazao, Aruba, Puerto Rico o Santo Domingo. De cada viaje, Cecilia traía entre doce y quince maletas. Un souvenir asiático, contó ella misma como si se tratara de una friolera, le había costado quince mil dólares.

Cuando Cecilia estaba en Caracas, los Cisneros sabían que los miércoles era de la segunda dama. CAP no estaba para nadie sino para su reina. Medio millar de escoltas rodeaba La Lagunita. Eso sí, de madrugada se iba a La Casona, cumpliendo el dicho de que andino amanece en su casa. En su mansión de La Lagunita amenizaban las fiestas Julio Iglesias y La Polaca, y podían verse aplaudiendo y dando brinquitos modernos a Pedro Tinoco, a Carola Reverón de Loperena, a Antonio Scannone, Carmelo Lauría, Siro Febres Cordero (a quien se le dictaría luego auto de detención junto con Ricardo Cisneros), Luis Núñez Arismendi, Enrique Delfino, entre otros de la gran camada. Todos atendidos por un chef de apellido Vázquez que también preparaba ricos platos en Miraflores. Se refiere que Simón Alberto Consalvi era entre todos los sinvergüenzas de aquellas francachelas el que más destalonaba zapatos bailando, y siempre asistía a ellas sin su esposa. Lo que más preocupaba a aquellos grandes dirigentes que amaban tanto a su país, era que Cecilia no acababa por salir embarazada, y hasta se trajo al médico que trataba a la Sofía Loren.

Aquella Venezuela sí era bonita, no esta, nojoda, regida por un negro grosero, violento y amigo de Fidel Castro.

A Cecilia quien mejor la entretenía el superministro de economía Carmelo Lauría, porque este borrachito tenía una especial calidad humana para explicarle los decretos de Pérez. Se los llevaba ordenados por carpetas de colores, y mientras él campaneaba un buen whisky y ella un champaña, uno a uno se los evaluaba con la misma sapiencia y pedagogía que aplicaba en sus conferencias en la UCAB. Allí le decía que en el mundo habían desaparecido para siempre el sentido de términos como imperialismo, explotación, dominación y monopolio. Cecilia estaba sorprendida de que todo fuera tan simple y banal, mejor dicho que la banalidad fuese la reina de todas funciones del estado, y que aquello que una vez lo imaginó plagado de sublime complejidad no pasara de ser algo que se explica como una receta de cocina.

Cuántas horas el analfabeto de Gustavo Cisneros compartiría con la analfabeta Cecilia Matos. Quizá hablándole de las nuevas tecnologías.

[1] Revista Resumen, Nº 239, febrero de 1980.


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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