Sigo en mis trece

Permanezco al acecho. De tanto que he rumiado la idea de solazarme en las arenas del poder; del verdadero, no del que tengo ahora, que siento pequeño, efímero, hasta escurridizo; bien, de tanto que lo anhelo creo que se me ha ido formando poco a poco esta cara de arrechera reprimida que solo se acentúa cuando lucho con denuedo contra mis debilidades físicas y mentales. Tengo talento, pero largo me han estigmatizado mis propios temores y creencias en que solo las charcas de la envidia y la doble faz me están destinadas. ¿Por qué? ¿Por qué no te callas, prejuicio? ¿Por qué siempre alguien es mejor que yo?

Tengo carisma, pero el crimen organizado de los medios no me permite desarrollar toda mi energía. Ahogan mis actuaciones y solo me utilizan, haciéndome creer que alcanzaré el estrellato, cuando necesitan un extra para exacerbar los ánimos del vodevil pitiyanqui. Quisiera aun la suerte de algunos, que al menos son reyes en sus pequeños feudos y quienes tal vez, en su pensamiento atávico, imaginan les corresponde el derecho de ser el próximo monarca.

Tengo admiradores, pero no creo todo lo que me dicen. Los acepto como parte de mis éxitos. Porque los he tenido, se los juro. Me he excedido en mis obligaciones con La Patria y no he sido bien recompensado. Hay mucho por hacer y yo se como, pero es que tampoco me dejan demostrar mi potencial como estadista. Si logran perpetuarse en el poder, mi pena será perpetua.

Soy un líder incomprendido, no porque no sepa exponer mis ideas democráticas y me falte verborrea, sino porque estando adelantado en mis visiones no puedo hacer ver a esta caterva de ignorantes lo equivocado que están en seguir huellas de un trasnochado político que les habla de humanidad, ética, dignidad y cualquier otro sofisma sin uso práctico en estos tiempos de avanzada.

Esperando en las sombras busco el momento oportuno para irrumpir en la historia, pero se han anquilosado mis reflejos y opacado mis pupilas durante el tiempo acuclillado en mi lóbrega grieta. No puedo creer que una década dure un siglo. Temo un mal salto, pero la angustia de quedarme sin nada me acorrala y me impulsa a darlo a pesar del triste destino de mis predecesores; el más reciente fue estrepitoso. Debo decir que me entró un fresquito.

Digan lo que digan yo me mantengo firme y equilibrado, pero no como dice José Ingenieros en su mamotreto al respecto. No somos piaras, ni retoños de Tartufo, no roemos la gloria ajena ni envidiamos a los hombres superiores, pero evidentemente, son el enemigo natural y el antagonismo se ejerce o se cede y yo no doy ni un paso atrás.

Algún día mis pensamientos serán el sendero que transiten los preclaros del Mundo. Mis postulados orientarán las luchas por la libertad doquiera haya tiranía. Ahora atravesamos una época oscura que los fanáticos llaman sarcásticamente “de luz”. No permiten que nuestras voces de advertencia les detengan frente al acantilado; hacen caso omiso de nuestro pragmatismo y todo lo quieren enredar con elecciones, referendos y asambleas como si las masas al unirse, milagrosamente adquirieran sabiduría y el derecho divino de autogobernarse.

Nos asiste la razón. Prueba de ello la constituyen los foros y cumbres donde acudimos a denunciar la inviabilidad de los modelos subversivos y terroristas que pretenden borrar las garantías consagradas en el orden del Mundo. Las superpotencias nos animan a mantener esta lucha a brazo partido contra los locos del momento. Por eso he dicho que mi compromiso no es con el país sino con el planeta, pero no me creen y eso le afecta el ego a cualquiera. Siento tristeza por ellos y no quiero imaginarme ni por un segundo que luego, cuando ya sea tarde, vengan a mí solicitando alivio y perdón por su insensatez. Habrá que dejarlos sufrir para que entiendan su error y expíen su pena.

He escuchado con estoicismo a nuestros detractores, diciendo que si vamos al terreno político debemos dejar a un lado nuestros ropajes. Infelices ellos que no entienden que somos representantes de instituciones seculares en las cuales fuimos formados y a las cuales nos debemos en cuerpo y alma. Llaman ambigüedad o hipocresía a nuestras habilidades políticas y osan etiquetar su incapacidad de ser versátiles con lealtad. Dense cuenta como quienes han obviado esta norma al dar el salto, terminaron siendo repudiados aquí en nuestros bastiones y ridiculizados allá por la horda.

Clamo por justicia. No puedo creer que no tengamos un marco jurídico que no proteja a las minorías frente a la furia arrolladora de las masas; que a toda hora nos asalte la angustia de ver en manos de otros el fruto de nuestros trajines económicos. ¿Para qué quieren tener lo que nunca han tenido, si hasta ahora han vivido sin ello? Estoy convencido de que solo se trata de egoísmo o envidia. No es ilegal que ilegalicemos lo legal y con esa premisa invocamos al 350 a Yahvé, a Marte, A Thor y a Belcebú

A veces los hijos no entienden lo que hacen los padres para protegerlos. Nuestro deber es tal. Aunque nos tilden de traidores, de brinca talanqueras, quinta columnas y tal, la historia nos absolverá. Con tristeza pero con mucha convicción estamos adelantando un plan para recuperar el país y despertar de esta pesadilla. Ya hemos sido suficientemente pacíficos y hemos acudido a todas las instancias del gobierno a exigir que hagan lo que les decimos, pero ninguno de esos desgraciados nos para bolas y ya es tiempo de darles a entender como es la vaina y que se atengan a las consecuencias.

Son trece los pasos y hoy es martes trece, por eso la arrechera más me crece y me llevo por delante al que se me atraviese. Ya mi gente está preparada y dispuesta. Mi mujer anda histérica junto a Amanda y su combo. Al carajito lo tengo zumbándole piedras y candela a los fanáticos esos. Yo tengo mi guarimba entonada con güisqui.

Que no me vengan con violencia porque no tienen razón. Si quieren reforma yo los voy a reformar a punta de coñazos.


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Plácido R. Delgado


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