La derrota catastrófica

En las filas de la extrema derecha la catástrofe es de grandes magnitudes. Los derrotó la mezquindad, la desunión y el egoísmo. La visceralidad de un estilo de hacer política totalmente tóxico y destructivo, montados en la negatividad radical, carentes ya de la capacidad de generar una agenda seria de propuestas positivas para el país. Se observó en el recién finalizado proceso electoral, una atomización del voto, dispersa en multiplicidad de tarjetas y figuras aisladas, cuya característica común fue la difusión de discursos incoherentes, alejados de la realidad y de las necesidades del electorado.

La campaña de la derecha estuvo marcada, principalmente, por la falta de objetivos comunes, por el sectarismo, las disputas públicas y las divisiones internas, que apuntaron en la mayoría de los casos a hundir con saña a sus cófrades en competencia, provenientes de sus mismas organizaciones políticas, como Primero Justicia o Acción Democrática. Perdieron allí la oportunidad de oro de hacer causa común en favor de su electorado. Esto desmotivó a su militancia y les pasó factura al final del proceso electoral.

La incapacidad para unificarse se explica por muchas razones. Una de la más llamativa fue la onerosa campaña electoral. La derecha expuso sin recelo alguno sus bolsillos llenos con millones de dólares, provenientes de sus patrocinadores en el extranjero y de generosos "emprendedores" (según David Uzcátegui) que alimentaron durante estos meses de campaña, profusos recursos financieros que contrastaron con la realidad económica del país. Vistosos pendones en cada poste de las principales ciudades, inmensas vallas, cuñas radiales y televisivas, lujosas comparsas llenas de fervientes "militantes asalariados" prestos a gritar a viva voz las mejores consignas en favor de sus patrones de turno. Ninguno de estos odiosos mecanismos de campaña pasaron desapercibidos para los molestos y sobresaturados electores.

Los venezolanos también presenciaron cómo pequeñas franquicias políticas cambiaban semanalmente de bando, vendiendo sus tarjetas a los mejores postores, seguramente a la caza de la danza de millones de dólares en disputa. El resultado es claro, una pírrica y paupérrima cantidad de votos que evidencia la ausencia real de simpatizantes en muchas de las supuestas organizaciones con fines electorales.

Nuevamente el inmoral sector de la extrema derecha agrupado alrededor de la tarjeta de la MUD, se presentó ante el electorado como el aventajado representante del Tío Sam, del Cartel del Lima y de la logia conversadora mundial. Estos grupúsculos apátridas fueron derrotados. Sin autonomía alguna, sin vergüenza y con total descaro, esta facción mutó vertiginosamente de su altanero discurso golpista y de abstencionismo radical, a una súbita (y obligada) disposición democrática, pidiendo el voto en sus antiguas y vetustas tarjetas "unitarias", que ya habían pasado repetidamente por el amargo sabor de la derrota. El electorado, bien avispado, mantuvo activa su desconfianza y premió a los propulsores del golpismo con una insignificante cantidad de votos. Un rechazo abrumador. Un buen ejemplo de que nadie quiere a los golpistas de la extrema derecha.

El saldo final de este proceso electoral es la evidente falta de un liderazgo fuerte, sólido y unificador entre la cúpula opositora. Nadie les hace caso. Ni siquiera entre los tristes despojos de las sombras toxicas representadas en criminales como Leopoldo López y Julio Borges. Mucho menos en Capriles Radonski o Henry Ramos Allup. Menos todavía en los bufones mediáticos llamados Juan Guaidó, Carlos Ocariz o David Uzcátegui. Ninguno, en este momento histórico, tiene el discurso o la capacidad para guiar a sus propias huestes. Es una catástrofe, pues las fuerzas opositoras sobreviven en una orfandad política, sin liderazgo ni bases programáticas serias que sustenten organizaciones políticas de carácter permanente, con militantes afiliados y vocación por la vía electoral y democrática.

El legado de esta generación de fracasados líderes opositores es un aluvión de derrotas. Sus promesas electorales inútiles ya no motivan a sus antiguos partidarios. En la extrema derecha todos los políticos parecen opulentos marchantes que solo buscan asegurar sus cuotas de poder y sus "emprendimientos" empresariales, para seguir financiando sus lujosos estilos de vida y comprar figuraciones en el millonario mercado de las franquicias políticas. Por eso el pueblo los rechaza y los repudia. Más nunca volverán a tomar el poder político por la vía electoral.



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Richard Canán

Sociólogo.

 @richardcanan

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