II Parte – Quien edita la muerte

11 de Abril de 2.002. La Batalla del Centro de Caracas

(… viene de la I Parte) en las inmediaciones del Calvario, hasta comentaron que en este grupo estaba Carmona, así que a las 2:50 p.m. aproximadamente, los marchistas estaban en El Silencio y en las inmediaciones de la Plaza Miranda (a siete cuadras de Llaguno) y en otras esquinas aledañas a las rutas que usaron en la retirada.
Gracias a Dios y a la Virgen Santísima que la guardia nacional había logrado replegar a la marcha de Chuao para ese momento, justo unos minutos antes que comenzara el tiroteo entre las esquinas de Piñango y Puente Llaguno, que fueron las esquinas de la muerte durante 8 horas ó más, pero de lo cual vemos infinitamente televisados sólo unos segundos (por un porqué vil seguramente). Esto es lo más grande de los hechos y en donde estuvo Dios intercediendo, porque si esto no hubiera sido así y la marcha de Chuao hubiese llegado a hacer contacto con la concentración Chavista en Miraflores y en la Avenida Urdaneta, como era su cometido, el horror estuviera aún como un volcán inundando al mundo, quizá como guerra civil, quizá peco al decirlo pero los que planearon la masacre esto era lo que esperaban y allí encontraron la mano Divina que no permitió este encuentro, la verdad me asiste en lo que digo, ellos, los planificadores del horror, no esperaban este desvío en el itinerario de la marcha.
No sé si las tres y cuarto eran, ya he caminado atravesando la multitud, desde la Plaza Pagüita hasta un costado de la tarima, instalada en la avenida Urdaneta al frente del Palacio de Miraflores, el Presidente ha comenzado su alocución al país y alrededor de esta tarima su discurso era lo que se escuchaba, a través del equipo de sonido, yo razono con cierta admiración, al contemplarme a mí mismo, el no poder escuchar ni entender lo que él hablaba, pues el aumento del sonido en el traqueteo de las armas no me lo permitía, ahora los disparos los escuchaba más rápidos, atronadores y en ráfagas, medio escuchando el discurso recuerdo al Presidente diciendo la hora en ese momento, la cual tampoco entendí, creo que aceptaba seguramente la sugerencia de algún colaborador suyo, quien lo informara del rumor de ser una grabación este discurso, en vez de estarlo haciendo en vivo desde el Palacio Blanco. Dejándome llevar de nuevo hacia donde rugían las metralletas, aproximándome poco a poco entre una masa de gente cada vez más apretada, llegué encima del puente Llaguno. 3:30 ó 3:45 p.m. aproximadamente, entre un nudo de personas me abrí paso hasta los primeros hombres que estaban agachados y escondidos en la esquina de la pared de la librería El Faro, ante mi asombro, pude ver que ellos estaban disparando hacia la avenida Baralt, con pistolas de varios calibres y revólveres y ocultándose a su vez de los disparos que les respondían desde la misma avenida Baralt, era una respuesta en forma de ráfagas, con armas de repetición, ¡Delante de mí, encima del puente, pegados a mí Dios mío estaba ocurriendo esto! Para estar en ese lugar de espectador inmediato, tenía que empujar y soportar grandes empujones, permanecí detrás de estos combatientes casi como acostado encima de los que atrás de mí, querían su turno para ver directamente el accionar de las armas; sino empujaba con fuerza a esta masa humana, me hubiese arrojado a la línea de fuego, saltando por encima de los tiradores, unos 20 minutos estuve allí ante esta atronadora y avasallante realidad, en esos minutos del otro lado de la baranda del puente, al frente donde está la cervecería Llaguno, estuvieron disparando también muchos hombres hacia la avenida Baralt, relevándose continuamente todos, los de allá y los de acá del puente, para contestar las fuertes ráfagas, que provenían desde abajo, el relevo era de forma inmediata cada vez que se le acababan las balas a los que estaban adelante disparando, allí al frente en el otro extremo de la baranda, perfectamente podrían estar contenidos unos 4 ó 5 segundos, que son transmitidos por las televisoras comerciales de forma infinita, sobre este ataque allí encima del puente Llaguno, ¿por qué las televisoras comerciales transmiten a solo 2 hombres que disparan, cuando habían 20 ó 30 haciéndolo continuamente y transmiten, repitiendo infinitamente, solo 5 segundos de una escena que duró 8 horas? Entre los dos extremos ó esquinas del puente y acostados en el piso a lo largo de toda la baranda del mismo, también estaban disparando otros muchos hombres, unos 40 ó 50, que además de revólveres y pistolas (entre 20 y 25 en todo el puente para este momento) tenían cohetones, e igualmente se relevaban continuamente, una vez descargaban sus armas para poder así seguir contestando, en evidente desventaja, el fuego que provenía de la avenida Baralt, este ritmo tan continuo, me puse a pensar, de una bala por segundo o más, eran ametralladoras algunas de las armas que habían traído los marchistas de Chuao, con las cuales estaban atacando a los chavistas que estábamos encima del Puente, en ese momento no pude ver quienes disparaban contra nosotros, no podía terminar de asomarme hacia abajo, como hacían otros, ¡era un sitio donde nos silbaban las balas en las orejas! En estos primeros minutos pude ver también el drama de la vida, lo corta y débil que es la vida, pude presenciar a un hombre, que vestía un pantalón beige y una camisa casi blanca, como se quedó sin ella, de un disparo que le vació la cabeza, tan rápido…, estaba acostada su humanidad con la cara pegada al piso y a la baranda a la vez, otros lo halaron por los pies inmediatamente, dejando con esa inercia de su cuerpo, un rastro espeso y rojo en los baldocines de la acera, que impregnaba al día, que impregnaba todo y que también cayó abajo del puente, Hermano, perdóname esta cruda descripción, El Señor Bendito te tenga en su Gloria! Amén (allí se puede constatar creo, con el uso del Luminol por tiempo indefinido este hecho). En este momento el escalofrió más aterrador, la adrenalina en choque ante el desastre y un estupor inmenso habían tomado mi ser, como un sonámbulo, tieso me quedé, viendo esa batalla increíble, podía oler y sentir la adrenalina atravesándome e inundando mi cuerpo. Curiosamente a esta hora de la tarde, me percaté de un hecho verdaderamente extraño, me refiero al cambio extremadamente brusco del tiempo, pues era un día caluroso normal de Caracas y en tan sólo minutos, la temperatura se había vuelto tan fría como la madrugada más fría de finales de Enero ó Febrero en esta parte de Caracas, llegaron ráfagas tan sucesivas de fuerte brisa seca, de brisa fría, que no dejó de batirse además, por el resto de la jornada, era un frío que golpeaba y quemaba, pero permanecía casi inconciente, tal vez por el bullicio y la alienación, que producían los hechos en los que estábamos imbuidos, cualquiera de los testigos allí presentes puede recordar, ahora si quiere, este fenómeno, este frío duró un par de días más en esta zona de la ciudad, pero sin las ráfagas de fuerte brisa ni la intensidad del día Jueves (¿?) y luego desapareció, yo creo que ocurrió delante de todos un fenómeno sobrenatural.
Estos enfrentamientos armados encima y debajo del Puente Llaguno, hasta las esquinas Piñango y Muñoz en la avenida Baralt, no cesaron en toda la tarde y la noche, terminando después de las 11:00 p.m. Toda la tarde hubo masacre, era como un sueño diabólico en donde una gigantesca máquina de muerte, la cual con sus aceros punzo penetrantes, desgarradores e invisibles por doquier, ocupaban este sitio en la ciudad, haciendo que en una especie de ducto ó tubo gigante, entraran hombres del pueblo, los cuales con su tenaz y decidida resistencia la enfrentaban con sus cuerpos, unas pocas piedras, botellas, palos y algunas armas cortas, pero ella los molía y despedazaba, aumentando inevitablemente minuto a minuto el conteo de muertos, heridos y horror, que en los ataques sucesivos la muerte ejecutaba, haciendo su parte en el engranaje inmenso.
Allí mismo, donde presencié la tragedia de este hermano, al llevarse cargado su cuerpo, los socorristas espontáneos que surgieron de allí mismo, escuché entre la muchedumbre que me empujaba, que se trataba del tercer hombre caído sin vida allí encima del puente, en esos minutos antes que yo llegara al mismo, pregunté a estos testigos presénciales inmediatamente y me respondieron, que habían perecido con disparos en a cabeza igualmente. Se habían formado varias filas unas tras otras, a lo largo de toda la acera y la baranda del puente, de hombres tendidos en el piso que esperaban su turno en la baranda, para arrojar cohetones ó disparar con sus armas hacia la avenida Baralt, contestando así el ataque cada vez más continuo que venía de allí. Algunos de estos hombres se alzaban mucho, despegando la cabeza del piso y los que estábamos de pié, rempujándonos detrás de la línea de fuego, les gritábamos con gran desespero que se agacharan, nerviosamente estos minutos se alargaron, aturdido y allí apareció súbitamente un hombre robusto de cabellera blanca, usando chaqueta de tela azul marino y gorra del mismo color, realizaba unos pasos cortos, en forma de pequeños brincos y movimientos a manera de pequeñas contorsiones, se encontraba totalmente erguido, en medio de las balas caminaba hasta la mitad del puente una y otra vez realizando disparos constantes hacia el terrible ataque que nos hacían de la avenida Baralt, al hacerlo repetía esa especie de danza ritual con esos pasos y brincos cortos, en ese momento mis nervios llegaron al techo de la vida ¡Te van a matar! ¡Agáchate! ¡Vente hermano! ¡Vente! ¡Vente! le gritamos desesperadamente varios, desde nuestro sitio de resguardo, espeluznaba con su actitud, pues era el único de pié en medio de esa balacera impresionante, se fue entre la muchedumbre desafiando las balas, bailando con ellas en la trama del tiroteo realizaba su danza, al cruzar una vez más el Puente. Luego me retiré de ese fuego cruzado unos metros; me preguntaba ¿Que armas de repetición empleaban los que disparaban hacia el puente? Aturdido, casi sin poder pensar, me pasó por la mente que por este lado, los marchistas de Chuao habían traído un verdadero arsenal. Enseguida vi a tres personas más que traían heridas sus socorristas, cargándolas y abriéndose paso como podían hacia Miraflores, con el paso de las horas los presentes “nos acostumbramos”, a esta escena del paso de heridos hacia Miraflores y al tableteo perenne de las armas. A veces descansaban algunos 10 ó 15 minutos, pero alguno de los dos bandos siempre se apresuraba por reanudar el combate, creo que estas continuas bajas en las filas Chavistas, dieron un estímulo adicional para que siguieran combatiendo en esas condiciones, de tan marcada desventaja. Algunos cruzaban el puente por la otra baranda, en la acera contraria a la balacera, no quise cruzar para ver quienes habrían fuego contra los Chavistas (Continuará en la III Parte…)


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