¡Cósase la jeta, diputado

El “honorable” diputado Edgar Zambrano, arrecochinado en un sillón, le dice a Henry: ¡Tú tienes más bolas que R. G. A en las gavetas de la MUD! Henry se ríe y su malicia adeca vuelve a brillar. Se los dije en francés para que no se me hicieran los musiús; los tengo atormentados, divididos y yo creo que esa candidatura presidencial es adeca. Edgar le suelta: O sea que tú eres el próximo frijolito. Henry responde sonreído: Usted tiene tapados los oídos, diputado. Dije que esa candidatura es nuestra y yo aún no me lanzo ni me lanzan, ni me desboco ni me atoran. Por allí anda una que le va a pasar lo mismo que a Irene por safrisca. Ahora quiere hacer tratos conmigo sin darse cuenta que quien le vende el alma a un adeco se la vende hasta que se muere. Hágame el favor y váyase hasta la MUD y anuncie que nos vemos esta tarde para analizar la huelga de los carajitos come cachitos, que eso para variar también se puso piche.

E. Z. se levanta parsimonioso y cuando ya sale, le dice. ¿Y entonces quién va a ser? ¿Antonio? Henry mantiene la sonrisa y sentencia: Ese lo único que ha dado como ejemplo a las nuevas generaciones es que comió escondido y se puso más gordo que tú cuando hizo huelga de hambre. En cuanto E. Z. cierra la puerta, Henry oprime un botón oculto que mandó a poner para interrumpir el ascensor sin tener que llamar al vigilante. Piensa que adeco y adeco no se rompen el paltó, pero con la candidatura no se juega.

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La MUD está repleta. Henry llega impecable de blanco y dándole vueltas al bastón entre los dedos. M. C. no disimula su molestia y piensa: Este adeco del carajo no se cosió en la manga el brazalete de tela que le tejí como contraseña para nuestro acuerdo. Andrés Velásquez y Alfredo Ramos lo ven con reticencia. Hiram, Caldera & Caldera y Cocchiola le preguntan a Gómez Sigala si ya cuadraron con Henry. William Ojeda anda por toda la sala consultando cuánto vale un adeco. Loco Peleón se le va por detrás a R. G. A. y le suelta un bocinazo de aire comprimido. El hombre pega un brinco, lo mira con rabia y piensa que si tuviera las bolas, se las arrojara. Caimán con Sueño ronca, como cebado a la orilla del río.

Henry le entrega el maletín a E. Z., se encarama en la mesa y empieza a taconear. Todos lo ven extrañados pero por alguna razón se sientan calladitos. ¡Bonsoir, députés! Hoy hay punto único y es qué vamos a hacer con el relajo de los estudianticos en huelga de hambre. Los lechuguinos acá presentes tienen mucha responsabilidad en esa ridiculez. Caldera el joven le dice que esa es la única carne de cañón que tienen. Henry lo mira con fingida ternura y le pregunta ¿Y por qué no se unen a ellos y se echan en esas colchonetas como unos vagos? Varios se quedan viendo las bolas que R. G. A. volvió a sacar de la gaveta Caldera el joven replica: ¿Y qué nos van a dar, puros cachitos? Todos se ríen. Henry retaconea y los impreca: ¡La lengua es el castigo del cuerpo, por eso ustedes no pegan una! ¡En vez de hablar tanta paja, mejor cósase esa jeta, diputado! Henry, como un batutero, levanta el bastón y empieza a marchar hacia la puerta, la bancada adeca se pone de pie y lo sigue. Los demás se quedan MUD-os. Solo se oyen unos ronquidos.

Epílogo

En el carro recibe una llamada, es M. C. ¡Dígame diputada! Bueno Henry me dejaste de una pieza con ese tablao flamenco ¿De dónde sacaste eso? Henry le dice que eso fue un ensayo pavloviano. Ella responde con un tonito de burla que esos experimentos eran con campanitas y con perros. Henry con el mismo tonito le dice que averigüe mejor y que igualito sirve para adiestrar gente. Ella le tranca el móvil. El sonríe y piensa: ¡Carajo! Ya se volvió a calentar Irene II y en una noche tan linda como esta. Recibe un mensaje de Gómez Sigala: Acércate por aquí, Henry. Vamos a habla en serio sobre la huelga de hambre mientras comemos.


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Plácido R. Delgado


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