La política exterior de la España de mitad del Siglo XIX

Fue la época en que los gobernantes soñaban con reverdecer laureles imperiales de otros tiempos, lo que hizo que tropas españolas se paseasen desde la Cochinchina hasta América, pasando por Marruecos, con mejores resultados para alagar el rescoldo patriotero del español medio que para afianzar su política exterior. La guerra de África. Fácil era encontrar pretexto fundándose en injurias de súbditos del sultán de Marruecos contra el pabellón español que ondeaba en Ceuta. Y más fácil aún despertar una oleada de frenesí nacionalista, de lucha contra “el infiel”, etc., dirigida con maestría que envidiarían algunos expertos de nuestro tiempo. Una pléyade de generales españoles encontraban ocasión de lucirse en una aventura militar que si, en efecto, no dejaba de ser penosa, era sumamente desigual en cuanto a armamento y organización militar de los contendientes. Allá fueron las tropas españolas que, tras luchar con los marroquíes, vencieron en los Castillejos y finalmente ocuparon Tetuán el 17 de febrero de 1860. Pretendía el gobierno español guardar esta plaza, a lo que se negaron los marroquíes, aconsejados por Inglaterra. Rotas las negociaciones, las fuerzas españolas comenzaron a avanzar sobre Tánger después de vencer en la batalla de Wad-Ras. Pero presiones de Inglaterra —siempre opuesta a la presencia española en Tánger—, el caso es que las tropas de Isabel II tuvieron que detenerse al llegar a los desfiladeros de El-Fondak. Ante la decepción de una opinión pública a quien se había hecho creer que habían vuelto a la época de Carlos I, tuvo que abandonar Tetuán, guardando tan sólo la gloria y una indemnización pecuniaria (tratado de 25 de abril de 1860) y la concesión pesquera de Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni).

La intervención en México pudo haber sido mucho más desafortunada a no ser por la actitud del general Prim. O’Donnell se creía en vena de expediciones guerreras —tal vez espoleado por el ejemplo de Napoleón III— que podían traducirse en otros tantos éxitos políticos en el interior. El gobierno español encontró pretexto en viejas reclamaciones de indemnización de daños causados a españoles durante la guerra de independencia mexicana. Los clericales y reaccionarios mexicanos, en guerra con el gobierno constitucional de la Reforma dirigido por Benito Juárez, volvieron los ojos a la intervención europea. Mientras tanto, en Francia se trataba de hacer valer unos créditos de la banca franco-suiza Jecker, que había quebrado, y en la que al parecer estaba fuertemente interesado el duque de Morny. Pero, sobre todo, Napoleón III concibió la idea de intervenir políticamente en México aprovechando, además, la situación de Estados Unidos envueltos ya en la guerra de Secesión. La Emperatriz Eugenia concibió en 1861 con los agentes mexicanos de Miramón la idea de hacer del archiduque Maximiliano, hermano del emperador de Austria, un flamante emperador de México. Se arrastró a Inglaterra a participar en la expedición, invocando motivos comerciales y falta de pagos, y se firmó un convenio de acción común el 31 de octubre de 1861. Entre tanto, el gobierno español creía la situación también favorable, a causa de que Santo Domingo, por temor a la presión negra de Haití, había solicitado volver a ser colonia de España. Un regusto del dominio colonial se sentía por doquier.

Desembarco la expedición de los tres países en México, mandando Prim las fuerzas españolas que se había reunido previamente en la Habana. Pero en las conferencias celebradas en Orizaba se puso de manifiesto el propósito francés de imponer a Maximiliano como emperador de México. El 9 de abril de 1862 quedó rota la alianza de las tres potencias. Prim, en un escrito dirigido desde Orizaba a Napoleón III, el 17 de marzo, explicaba su actitud, negándose a implantar una monarquía en un país donde “son muy pocos los hombres de sentimientos monárquicos”.

“Hasta fácil le será a V. M. —concluía Prim— conducir al príncipe Maximiliano a la capital y coronarlo Rey; pero este Rey no encontrará en el país más apoyo que el de los jefes conservadores, quienes no pensaron en establecer la Monarquía cuando estuvieron en el poder, y piensan en ello hoy que están dispersos y vencidos y emigrados. Algunos hombres ricos admitirán también al Monarca extranjero, siendo fortalecido por los soldados de V. M., pero no harán nada para sostenerlo el día en que este apoyo llegara a faltarle, y el Monarca caería del trono elevado por V. M., como otros poderosos de la tierra caerán el día en que el manto imperial de V. M. deje de encubrirlos y de escudarlos.”

Sabido es cómo las predicciones de Prim se cumplieron fielmente. En 1867, el fusilamiento de Maximiliano epilogaba los sueños bonapartistas de dominación de América. Juárez y su pueblo conquistaban una segunda independencia. Pero esta vez España —gracias a Prim— supo comprender desde el primer momento. Es más, soldados españoles hubo que se las arreglaron para quedarse en México y combatieron con los patriotas mexicanos durante los años siguientes.

La reacción de los medios oficiales en Madrid, contada de modo anecdótico, es muy conocida. O’Donnell, furioso por la actitud de Prim, había preparado un decreto desaprobando su conducta. Pero la Reina se le adelantó, incluso utilizando esta vez a su consorte D, Francisco de Asís, quien saliendo al encuentro de D. Leopoldo le dijo: “Bienvenido seas. La Reina te espera impaciente. Suponemos que vendrás a felicitarnos por el gran acontecimiento de México. Prim se ha portado como un hombre. Ven, ven, la Reina está loca de contento,” O’Donnell se plegó una vez más a la voluntad de su soberana, que posiblemente obró así por tener otro candidato para el trono mexicano.

Entre tanto. Prim regresó a la Habana, donde fue glacialmente recibido por las autoridades españolas. Antes de regresar a España —donde defendió brillantemente su actuación en tres sesiones parlamentarias— fue a Estados Unidos, entrevistándose con Lincoln y visitando uno de los ejércitos nordistas, el del Potomac. La visita no debió agradar mucho a ciertos medios oficiales españoles, ya que las relaciones con la República norteamericana eran entonces un poco tensas. En cuanto a Francia, retiró su embajador en Madrid, y el Sr. Mon, que lo era de España en París, también hizo sus maletas.

No duró mucho la tensión con el Imperio francés, ya que desde que Eugenia de Montijo se había convertido en emperatriz, la influencia de la corte francesa sobre Madrid se había acentuado considerablemente. Sobre este particular existe el testimonio de Pascual Madoz cuando en la conversación que tuvo con la Reina (reunión de Cortina y Moreno López), en febrero de 1863, dijo explícitamente: “Quería además que la nación no viese que en la formación del gabinete se obedecía a indicación o a influencia del otro lado del Pirineo. Sobre este punto hablé con alguna extensión, porque conocía algunos pasos que se estaban dando, cierta influencia perniciosa siempre en el orden político, que se agitaba en aquellos momentos y yo quería entonces, quiero hoy y querré siempre que, conservando buena armonía con todas las naciones extranjeras, sigamos una política puramente española”.

LAS COLONIAS ANTILLANAS: Hemos visto la nostalgia de política colonial que invadió el espíritu del gobierno español a mediados del siglo. Entre tanto, las únicas colonias que quedaban del antiguo imperio eran las islas antillanas de Cuba y Puerto Rico. Aunque desde 1817 se había firmado con Inglaterra, Francia y Portugal un tratado comprometiéndose a no tolerar la trata de esclavos, la esclavitud no sólo no decreció sino que fue aumentando. En 1860, según los datos oficiales de la estadística española, había en Cuba 374.000 esclavos, 479.000 hombres libres blancos y 172.500 hombres libres de color. Los políticos de la oposición progresistas aseguraban que el número de esclavos llegaba a 600.000. De todos modos, teniendo en cuenta que en 1817 el número de esclavos no pasaba de 20.000, el aumento era sencillamente espeluznante y no decía nada bueno de cómo los gobiernos que se sucedían en Madrid entendían llevar la política colonial.

En Puerto Rico, el número de esclavos era de unos 47.000 contra 236.000 blancos libres y 210.000 mulatos y negros libres. En realidad, la trata de esclavos era todavía un pingüe negocio, aunque clandestino y, por otra parte, el aumento de plantaciones cubanas requería mano de obra que los propietarios preferían fuera de esclavos. La permanencia de la esclavitud como institución “hacía necesaria”, si vale la expresión cruel, la de la trata.

Por lo contrario, las leyes españolas sobre esclavitud eran más “benignas” que la de otros países y, además “el hombre de color libre gozaba de los mismos derechos que el hombre blanco”.

La producción azucarera conoció desarrollo inusitado en la primera mitad del siglo XIX (1.600 por 100 de aumento entre 1786 y 1850). En 1860 la producción fue de 1.127 millones de libras. También la producción de tabaco, a base de mano de obra esclava, se triplicó de 1826 a 1850. Se calculaba que, entre las dos producciones, se obtenía un beneficio anual de 1.200 millones de reales.

Los propietarios españoles y criollos no estaban considerados en el mismo plano desde el punto de vista jurídico, ya que la administración estaba ordenada según el más arcaico estilo colonial. Por ello, los españoles eran, sobre todo, militares y altos funcionarios, mientras que los criollos fueron interesándose más y más en las cuestiones económicas. No obstante, cuantiosos capitales españoles se formaron en Cuba durante todo el siglo. La economía sufría, aún más que en la Península, de todas las viejas trabas medievales. Impuestos había que gravaban la pequeña propiedad en un 10% y la gran propiedad sólo en 2,5%. La alcabala y la llamada “alcabalilla” constituían un peso considerable sobre las transacciones.

El descontento causado por esa situación fue desde muy pronto aprovechado por los Estados Unidos, que comenzaron a interesarse en la economía antillana. En 1855, los barcos norteamericanos que hacían el comercio de Cuba eran el doble en número que los barcos españoles. El valor de las exportaciones a los Estados Unidos era cuatro veces superior al de las dirigidas a España. En cuanto a las importaciones, ya en 1857, las procedentes de los Estados Unidos superaron a las procedentes de la metrópoli.

España tenía en Cuba una universidad y 152 escuelas públicas primarias (aparte 84 privadas) y un ejército de 33.000 hombres. En Puerto Rico, 10.000 soldados y 115 maestros. Más de la mitad de los presupuestos de las colonias se invertía en las partidas de Guerra, Marina y Hacienda, esta última para mantener las legiones de funcionarios aduaneros y recaudadores de impuestos; las aduanas era el gran ingreso que el Estado obtenía de sus restos coloniales.

Ese examen, aunque somero, de la situación de las Antillas, puede darnos idea de cuán descabellado era el empeño de volver por los fueros coloniales, con métodos e ideas que ya habían fracasado medio siglo antes. Triste es reconocer que el corte con los problemas ultramarinos había sido total. Por eso la famosa anexión voluntaria de Santo Domingo tenía que acabar como acabó: separándose de nuevo en 1865. Les cupo, sin embargo, el honor de aceptar casi pacíficamente la separación, empezando por el general Gándara que mandaba allí las fuerzas españolas, y esto pese a algunos defensores del honor nacional mal entendido, entre los que destacó Cánovas.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!



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Manuel Taibo


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