El 23 de febrero de 2019 —siete años ya han pasado—, en la frontera entre Venezuela y Colombia, sobre y debajo del Puente Internacional Simón Bolívar, hubo una batalla con palos, piedras, escudos y antorchas. Los presidentes de Colombia, Chile y Paraguay estaban allí, esperando el desenlace de la batalla para ingresar al territorio venezolano como edecanes de Juan Guaidó, el consentido de Trump.
El pretexto era ingresar, a juro, camiones con cargamentos de alimentos y medicinas recolectados por la comunidad internacional, sin la autorización ni supervisión del Gobierno de Venezuela. Un trámite elemental, lógico, pues por más humanitarias que sean las intenciones de ayuda internacional, el gobierno del país receptor debe verificar que tales insumos no estén piches, para ahorrarme palabras.
Luego, después del incendio de las gandolas sobre la línea imaginaria que define la jurisdicción soberana de dos naciones siamesas, entre las cenizas había objetos poco humanitarios.
La Guardia Nacional Bolivariana de Venezuela, con cascos, petos, caretas, chingalas y escudos, formó la primera línea defensiva y, detrás, una muchedumbre de civiles, liderados por diputados, concejales, dirigentes de partidos y dirigentes de comunidades, lanzaban piedras a brazo.
Del otro lado, otra muchedumbre valentonada, pues la policía colombiana se limitaba a mirar, trataba de derribar la barricada, sin atreverse a utilizar las gandolas cargadas para avanzar por encima de los cuerpos de los guardias nacionales y la muchedumbre.
Yo no estaba allí, pero lo vi por televisión, con tomas en close-up, con tomas aéreas y hasta con entrevistas exclusivas a los jóvenes venezolanos contratados en Caracas y otras ciudades del centro de Venezuela para conformar la vanguardia que rompería la resistencia patriota y permitiría el paso de la enorme multitud de venezolanos de bien que pagaron sus entradas para ver una constelación de estrellas en un majestuoso concierto al aire libre en Villa del Rosario de Cúcuta, allí mismo, a dos kilómetros del puente internacional y de las ruinas de un templo venerado como altar de la patria colombiana, pues sirvió de sede del Congreso de 1821 que dio origen a Colombia, presidida por Bolívar y Santander, amigos triunfadores que cruzaron los llanos y los Andes, victoriosos en Boyacá y en Carabobo. Templo que por esos días estaba profanado por una división del ejército de los EE. UU.
Aquel concierto, televisado para toda la América, fue propicio para que muchos artistas levantaran su voz en contra de un gobierno, algo más o menos igual a lo que Bad Bunny hizo en el intermedio del Super Bowl, con la única diferencia de que no hubo gente disfrazada de plantas de caña de azúcar o de maizales.
Bueno, hay otras diferencias. Claro que sí las hay. En el caso de Bad Bunny, el reclamo se sustenta en que los gringos están jodiendo a los latinos; y en el caso de Villa del Rosario de Cúcuta, los latinos pedían a los gringos que jodieran a los latinos. Así somos. Primero pedimos a los gringos que sometan a quienes ellos quieren someter y luego nos quejamos al sentir el gas pimienta, la dureza de las esposas y el frío de los calabozos de la policía antiinmigrantes gringa o el estruendo de sus bombas y el golpeteo de sus potentes helicópteros raptores.
Son nuestras contradicciones, y no las doctrinas gringas, las destructoras del ideal latinoamericano. Pareciera que la porción del continente que habla español y portoñol no es capaz de entenderse entre sí, y cree entender el idioma inglés después de dos o tres clases virtuales con Open English o Duolingo.
Bueno. Nosotros, los que defendemos la verdadera libertad y no al incomprensible freedom, tampoco queremos que, a Puerto Rico, ni a ningún otro pueblo, le ocurra lo que le pasó a Hawái. Por eso, algo mejor, musicalmente hablando, a lo que "cantó" Bad en el último minuto del entretiempo: cuando niños, cantábamos en la escuela el Himno de las Américas, un himno que nombra a casi todos los países de América —para aquella época por supuesto—, pues omite a Puerto Rico, Jamaica, Guyana, Surinam, Belice y a todo el Caricom, además de que hace alusión a los EE. UU. como “Norteamérica”.
“¡Son hermanos soberanos de la libertad!” es el verso que sirve de cierre al himno, y como hermanos discutimos, peleamos y hasta nos maltratamos, pero nos queremos. Así que el problema no parece ser de unidad, sino de inteligencia… no sé, de verdad no sé.