¿Cómo defender a mi país de la voracidad gringa?

Militarmente es imposible; el mundo —amigos y enemigos— les ha permitido desarrollar armamento tecnológico sin ninguna restricción. Cuentan con cientos de miles de soldados y su territorio es tan extenso que resulta inalcanzable ocuparlo. Muchos les temen, tanto por su capacidad bélica como por su despiadado historial: recordemos que fueron capaces de arrojar bombas atómicas sobre poblaciones civiles y de probar armamento nuclear en las islas del Pacífico, sin importarles los seres humanos ni la naturaleza. Por si fuera poco, fueron capaces de detonar bombas atómicas en su propio territorio, dejando una secuela radiactiva que desató el cáncer en un número nunca revelado de sus propios ciudadanos.

¿Cómo defender a nuestro país si los aliados —gigantes aliados que podrían ayudarnos en un combate— prefieren evitar un conflicto mundial que afecte sus negocios? Demostrado quedó: los aliados protestan, exigen, reclaman y hasta claman, pero, cual árbitro de boxeo, observan de cerca, manteniéndose a un metro del in fight para evitar recibir un puñetazo.

¿Cómo podemos defender a nuestro país de una potencia que imprime dinero de la nada? Una potencia gobernada por un establishment que decide quién comercia con quién, y que puede, sin ningún tipo de vergüenza, mentir y obligar al mundo a que le crea.

 Es el reto de defendernos frente a un gigante que se siente en peligro por el crecimiento avasallante de China —un país compacto, milenario, disciplinado y extraordinariamente inteligente—  ¿Cómo proteger nuestras ingentes riquezas naturales de una superpotencia que las necesita para seguir siendo el "Goliat" del mundo?

¿Cómo defendernos de un complejo militar e industrial que necesita la guerra como alimento?

Intentaré responder a tantas preguntas: En primer lugar, debemos cultivar el amor por nuestra cultura de manera integral; sentirnos y sabernos venezolanos es nuestro primer escudo. Debemos trabajar incansablemente para producir en Venezuela todo lo que consumimos; esos son nuestros pertrechos. Debemos mantenernos informados fielmente de lo que ocurre en el mundo, uniendo cabos para evitar ser presa del engaño; esa es nuestra inteligencia y contrainteligencia. Tenemos que denunciar sus atropellos, demostrar sus canalladas, desmontar sus mentiras y siempre enarbolar la verdad, la legalidad y la justicia; esas son nuestras únicas armas.

Nuestro campo de batalla es la paz. En un escenario de guerra seremos arrasados, destruidos y exterminados. No lo digo en tono de metáfora o retórica; lo afirmo literalmente: en un escenario de guerra nos matarían a todos.

Para quienes ven en mis palabras una actitud pasiva o derrotista, tengan en cuenta que los dinosaurios —aquellos gigantescos reptiles que dominaban el mundo y que hoy son petróleo— se extinguieron por sí solos. Su estructura era demasiado costosa: demandaban alimentos que no alcanzaban y las partes de su enorme cuerpo no pudieron mantenerse integradas ni sanas, pues la cantidad de energía requerida sobrepasaba la disponible.

Los EE. UU. son una federación; esto significa que no son un único país o una nación indivisible. Cada estado tiene, en lo más profundo de su entidad, una cultura, una idiosincrasia y un sentido de nacionalidad. Aunque el tiempo y las comunicaciones modernas han difuminado estas diferencias, la grosera intervención centralista del poder federal ha recordado a muchos que los estados están unidos, pero no fusionados del todo. Ya se escuchan voces separatistas. El "dinosaurio" estadounidense necesita devorar los recursos del mundo para intentar mantener la unidad de sus partes.

Los EE. UU. siempre han sido un país profundamente dividido. Esa fragmentación no es nueva; es parte de su génesis y se manifiesta en múltiples fracturas: los yanquis frente a los confederados, una herida de la Guerra Civil que, lejos de cerrarse, sigue viva en la simbología y la política estatal. Hay una brecha persistente entre blancos y negros, marcada por un pasado de esclavitud y un presente de tensiones civiles. Por más científicos y tecnológicos que se crean, persiste el choque fundacional entre los puritanos del norte y el crecimiento de los sectores católicos. Los tejanos mantienen un fuerte espíritu independentista y fronterizo —basta ver cómo exhiben su bandera de una sola estrella—, mientras que los dandies (término despectivo) son las élites cosmopolitas de las costas este y oeste. A todo esto, se le suman los chicanos, ciudadanos de ascendencia mexicana ya establecidos, y los "mojados", mexicanos y muchos otros latinoamericanos recién llegados en condiciones de precariedad.

China, con sus mil cuatrocientos millones de habitantes, es una unidad histórica, pues a pesar de que existen naciones y hasta países dentro de ella, la unidad es básicamente cultural. En Rusia, con sus millones de kilómetros cuadrados, hay una identidad sólida; el cisma de hace 30 años acabó con la Unión Soviética —un proyecto político— y no con Rusia, que es una civilización. En estos países no se celebra el día en que "el primer negro pudo jugar con blancos" ni cuando un latino fue reconocido por encima de un anglosajón, porque sus procesos históricos son distintos. Aunque en China y Rusia existieron privilegios para la nobleza, en el común de la gente no existían baños separados por razas o credos. En los EE. UU., sí.

Esta fragmentación interna es, en última instancia, lo que matará al "dinosaurio". En su seno, cada grupo siente el antagonismo de los demás; no hay una amalgama real, sino una tregua armada. A esos grupos solo los une la conveniencia: el beneficio económico o la seguridad militar. Es una unión cimentada en el interés egoísta, y cuando el interés flaquea, la unión se resquebraja.

Digo todo esto porque para vencer al enemigo hay que conocerlo; el que sabe no se apura, y la unidad nos hace fuertes. Esas son las bases de nuestra estrategia. A nosotros no nos une un contrato de conveniencia, sino la alegría de estar juntos. Nuestra identidad es un tejido compartido; somos mestizos y, por eso, vemos en el otro una pieza de nuestra propia cultura. No somos fragmentos aislados, somos una mezcla homogénea.

Mientras el gigante necesita devorar recursos de los demás para evitar agotar los suyos y así impedir que sus partes se separen, nosotros encontramos la fuerza en nuestra propia cohesión interna. Esta es producto de un mestizaje que nos convierte en el único grupo humano que ama a todos los demás, al sentir una parte de cada uno en nosotros mismos. Esa es la ventaja invisible: un país que se ama a sí mismo es mucho más difícil de quebrar que un imperio que solo se tolera por necesidad.



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Manuel Gragirena

Profesor Universitario. Ingeniero Electricista. Especialista en Telecomunicaciones. Diploma de Estudios Avanzados en Educación. Ex Sidorista

 manuelgragirena1@gmail.com

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