El ganador de la guerra

Los aficionados a los juegos de azar y otros que apuestan sobre seguro, se inclinan por unos o los contrarios a la espera de ver qué sucede en el tema de la guerra actual. Aunque probablemente el triunfo de alguno de los contrincantes o el empate acabará por definirse en cualquier momento, ninguno de los hipotéticos apostantes habrá acertado con el vencedor real. En parte, porque mucha gente se queda con lo aparente y, de otro lado, se deja influenciar por la propaganda que contamina la información sobre el conflicto. Lo fundamental del asunto habría que verlo, no tanto en las cuestiones territoriales como en el plano económico, porque es en ese campo en el que se mueve con habilidad el ganador.

A estas alturas, entrar en la dinámica de una guerra, por el motivo que sea, supone un retroceso en el avance hipotético de la civilización. El viejo sistema de poder acuñado por la sociedad de los guerreros, desapareció tiempo atrás, tan pronto como quedó claro que el poder de la fuerza bruta había sido desplazado por el poder del dinero. Los mercaderes pasaron a ser quienes controlaron la nueva situación y el capitalismo la manifestación del nuevo poder que rige las distintas sociedades humanas. Llegados a ese punto, llamaría la atención que se diera vigencia y se rescatara un instrumento desfasado, como son las contiendas bélicas, para dirimir disputas. Sin embargo el hecho es que nunca ha quedado excluido por cualquier motivo y, más o menos, se mantiene latente en pequeños conflictos o sale a la luz a mayor escala cuando menos se espera. Quiero esto decir, que aunque en la era capitalista se habla de progreso en general, más apreciable en el plano tecnológico, el retorno al pasado siempre está latente, y se utiliza en cuanto aparece la ocasión para generar dividendos de cualquier naturaleza a los tenedores del poder, ahora con categoría mundial.

Si desde hace más de dos siglos, el sistema de poder pasó a representarse definitivamente en el nivel de posesión del dinero, no hay demasiadas dudas en pensar que el gran capital tiene que dar su consentimiento para que esto de la guerra suceda, puesto que, como máximo dueño y señor, está en el marco de sus determinaciones impedirlo o alentarlo. Si algo inconveniente e irracional continúa vigente es porque en ello se concentran sus intereses; de no ser así, cortaría de raíz cualquier atisbo de violencia desbordada, para que las masas continuaran entretenidas en el redil del mercado. Su habitual práctica de tirar la piedra y esconder la mano —metafóricamente hablando— le ha venido dejando a salvo de responsabilidad en las distintas contiendas, que él mismo ha financiado bajo cuerda, porque utiliza con habilidad su astucia para obtener beneficios de ambas partes, procurando no llamar demasiado la atención.

Hay que tener en cuenta que el capitalismo como paradigma del poder total —y no solo económico, como se acostumbra a destacar—. lo detenta bajo distintas fórmulas a nivel mundial, aprovechándose de su particular globalización para encandilar a unos y a otros. Sabido es que su sentido expansionista no tiene límites, e incluso el planeta le queda pequeño. Su mercado tradicional, pese a la utilización de las tecnologías innovadoras, también le parece poca cosa y quiere más. Exige a las masas pleno desprendimiento, para que todo cuanto se les da, fruto del trabajo o de asumir el riesgo de cualquier inversión, retorne a sus arcas. Si adquieren una pequeña cuota de poder, instrumenta crisis económicas para que no tomen vuelos. Cundo las crisis habituales ya no son efectivas, saca a la luz otras mayores —caso de la vigente crisis sanitaria— y, si le sabe a poco, acude a la guerra abierta para arruinar a medio mundo y volver a construir rentablemente sobre sus cenizas.

Desde tales planteamientos, no ofrece duda que el ganador real de esta guerra será el capitalismo, mientras el vencedor formal, si lo hay, se quedará con los laureles. Las grandes empresas, rindiendo culto al capital, acudirán en tropel al reclamo de la reconstrucción de lo destruido y sus beneficios se dispararán. Como en toda guerra, nadie se acordará de las víctimas —en el caso de los vencedores lo dejarán en construir un monumento como recuerdo—, se pedirán responsabilidades a los vencidos, mientras la superelite del capitalismo se frotará las manos, porque ha hecho un gran negocio y ha salido indemne.

Al igual que existe este ganador camuflado de la debacle, hay demasiados perdedores, que podían llamarse afectados por los daños colaterales de la guerra. En el caso de los europeos integrados en las democracias avanzadas, además de tener todos los números del sorteo para correr con el pago de la factura final de la guerra—dada su política de anteojeras entregada a la defensa de los intereses del imperio, al que están atados desde aquellas genialidades surgidas en torno a 1944—, por el momento, ya pagan por adelantado parte del coste, recayendo, no en sus jerarcas —como sería lo razonable, porque lo de mandar debiera tener su coste y no reducirse a gozar del privilegio del mando—, sino en la ciudadanía, en la que revierte el efecto de una escasez energética prefabricada por el capitalismo, una inflación sin control del mismo signo y unos precios desbocados respondiendo a la misma tendencia. De semejante situación, las que obtienen jugosos beneficios son las grandes multinacionales y sus colegas locales, dedicadas todas ellas a la especulación. En cuanto al imperio, la guerra es un asunto lejano, sus intereses se consideran a salvo, seguro de que no les alcanzará porque en medio está el océano, con lo que el negocio de apadrinar la exportación no corre riesgo.

Las masas, y no los afectados directamente por el conflicto bélico, embarcadas en los resultados de la globalización mercantil y alimentadas por las redes sociales del imperio, apenas se enteran de qué va todo esto, ya que de eso se ocupa la desinformación oficial. En el caso de aquí, cuando a algunos se les rasca el bolsillo para correr con los gastos propios del despilfarro generalizado, se declaran insolventes y a vivir del espléndido Estado Social y Democrático de Derecho; mientras este último se nutre con la explotación de los que no se declaran oficialmente pobres, siguiendo la moda, y de la generosidad de la UE. De manera que, en este detalle de la guerra y lo que de ella se deriva, todo está controlado por el ganador, contando con el imperio y la fidelidad de sus subordinados —al menos, en tanto la propaganda de los mandatarios haga sus efectos a través de los distintos medios de difusión—, hasta que la realidad económica llame en serio a las puertas de todos, para poner fin a ese mundo global repleto de ilusiones para las gentes y de negocio para el capitalismo. Acaso, entonces las masas empezarán a despertar, aunque la probabilidad de que la situación continúe igual será muy alta, solo que dejando la bonanza de otro tiempo en añoranza.



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Antonio Lorca Siero

Escritor y ensayista. Jurista de profesión. Doctor en Derecho y Licenciado en Filosofía. Articulista crítico sobre temas políticos, económicos y sociales. Autor de más de una veintena de libros, entre los que pueden citarse: Aspectos de la crisis del Estado de Derecho (1994), Las Cortes Constituyentes y la Constitución de 1869 (1995), El capitalismo como ideología (2016) o El totalitarismo capitalista (2019).

 anmalosi@hotmail.es

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