El día en que conocí a Naborí en vida

 

¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño/ de cambiar la suerte.

Cada poeta y escritor puede ser memorable por razones diferentes. Pudiera ser por una obra e incluso todas, podría ser en vida o muchos años después de su fallecimiento. El número de seres humanos que le recordarán aunque sea por una de sus obras pueden que sea en su mayoría personas ilustradas y quizás una minoría común por una preferencia espiritual individual. En fin, se trata de un asunto complejo para llegar a descifrar tal enigma y entender el resultado para tal escogencia intelectual y emocional.

El personaje cuyo centenario celebramos es Jesús Orta Ruíz, inmortalizado con el pseudónimo significativo del Indio Naborí, nacido el 30 de septiembre de 1922 y cuyo fallecimiento fue el 29 de diciembre de 2005, a la edad de 83 años.

Cuba tiene muchos buenos poetas, desde los que los críticos denominan intimistas hasta los que los encuadran en el sector épico, social y político. Y no faltan hasta los obtusos y otras calificaciones posibles, quienes los tildan de "oficialistas". Los poetas de la guerra que ensalzara José Martí no son bien categorizados por algunos, sin entender la dimensiones y circunstancias de las épocas históricas de los pueblos, también con su carga de limitaciones literarias.

Fue famoso Naborí antes del triunfo de la Revolución Cubana en 1959 desde que ascendió a la cumbre del verso improvisado en aquellas inolvidables transmisiones radiales. Con el mismo inicio del triunfo de la Revolución se produjo la gran eclosión del genio poético y se multiplicó quizás como en ningún otro intelectual de su época su participación en todas las tareas sociales revolucionarias y sus versos y sus prosas, de menor o mayor trascendencia y valor literario, se pusieron en marcha y pasaron a desfilar al compas de la Revolución como lo hacían los milicianos y todos los cubanos leales a la libertad que ella significaba, como lo expresara también en versos inmortales el poeta Fayad Jamís en su poema "Por esta libertad habrá que darlo todo".

Fue un día a finales de diciembre de 1981 que conocí personalmente a Naborí, aunque es conveniente aclarar que fueron todos los colaboradores cubanos de la docencia universitaria en Luanda, República Popular de Angola, los que esa noche le conocieron también y le hicimos corro en aquella larga conversación en el edificio nuevo que ocupaban los colaboradores docentes cubanos y extranjeros, ubicado cerca de la avenida denominada "La Marginal",

A la sazón, Naborí tenía 59 años de edad y cumplía entonces una misión de recorrer el sur de Angola, desde Luanda a Mozámede, estimulando a los combatientes internacionalistas de Cuba, así como a sus compañeros angolanos, con poemas épicos, saludos fraternales y temas políticos de su amplia cosecha como periodista y soldado de la cultura revolucionaria. Tuve la oportunidad de intercambiar con él sobre mi obra literaria en narrativa y poesía. Y de aquel encuentro sui génesis siempre guardaré como un recuerdo nunca experimentado, ni antes ni después, en el diálogo con otra persona. Se trata de algo tan especial en su forma de hablar, que uno experimentaba la sensación que lo que transmitía su voz llevaba un acento o melodía dulce, poética, que asombraba y encantaba.

Quizás aquel encuentro se prolongó algo más de lo programado por un incidente que sólo viví una vez durante mi estancia en Angola. Consistió en que mientras se desarrollaba aquel emotivo encuentro con Naborí, unos colaboradores se percataron que varios malandros descendían por las escaleras aledañas con varios artículos diversos, ventiladores, etc. pertenecientes a las habitaciones de los colaboradores Ante la noticia y alerta general en el predio o edificio se originó una correría por las calles detrás de los delincuentes de los cubanos y la policía angolana, quienes finalmente fueron capturados varias cuadras después y sufrieron el castigo físico apropiado de la población según la usanza tradicional en ese pueblo.

Pero en fin nada impidió que durante aquel encuentro con Naborí en aquel escenario y ante los asistentes agradecidos surgiera como homenaje al ilustre visitante el emocionante recital de su poema inmortal titulado Marcha Triunfal del Ejército Rebelde, expresión de su lirismo épico que ha sido y será la obra más conocida y recitada por el pueblo cubano y siempre ha sido escuchada con la misma emoción y reverencia de aquel día en que se inauguró por siempre la libertad en el seno del pueblo cubano triunfante el primero de enero de 1959..

Por eso hoy, porque recordar es bueno y hace bien, reproduzco este poema que ya está inscripto en la historia de Cuba y también en la memoria, la conciencia y en el alma de todos los cubanos esencialmente de verdad. Los otros, aborrecerán la historia heroica y digna de su pueblo y aunque algún día hayan oído y cantado esta marcha triunfal, tal vez la recuerden como el canto que les condene en sus paraísos o infiernos por sus alienadas traiciones.

¡Primero de Enero!

Luminosamente surge la mañana./¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero/de la redimida bandera cubana.

El aire se llena de alegres clamores. / Se cruzan las almas saludos y besos,/ y en todas las tumbas de nobles caídos/ revientan las flores y cantan los huesos.

Pasa un jubiloso ciclón de banderas / y de brazaletes de azabache y grana./ Mueve el entusiasmo balcones y aceras,/ grita desde el marco de cada ventana.

A la luz del día se abren las prisiones/ y se abren los brazos: se abre la alegría/ como rosa roja en los corazones/ de madres enfermas de melancolía.

Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes/ con trajes olivo bajan de las lomas,/ y por su dulzura los héroes triunfantes/ parecen armadas y bravas palomas.

Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío/ por el ojo alerta del campesinado/ y el amparo abierto de cada bohío./ Vienen con un triunfo de fusil y arado.

Vienen con el ansia del pueblo encendido./ Vienen con el aire y el amanecer / y, sencillamente, como el que ha cumplido/ un simple deber.

No importan los días de guerra y desvelo/ No importa la cama de piedra o de gramas/ sin otra techumbre que ramas y cielo.

No importa el insecto, no importa la espina,/ la sed consolada con parra del monte, / las lluvias, el viento, la mano asesina/ siempre amenazando en el horizonte.

¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño/ de cambiar la suerte. / ¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño/ ni viene asombrado de tutear la muerte!/ Los niños lo miran pasar aguerrido/ y piensan, crecidos por la admiración, / que ven a un rey mago, rejuvenecido, / y con cinco días de anticipación.

Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos./ Alumbran su rostro cien fuegos de gloria./ Pasan capitanes, curtidos labriegos/ que vienen de arar en la Historia.

Pasan las marianas sin otras coronas/ que sus sacrificios: cubanas marciales, / gardenias que un día se hicieron leonas/ al beso de doña Mariana Grajales.

Con los invasores, pasa el Che Guevara,/ Alma de los Andes que trepó el Turquino,/ San Martín quemante sobre Santa Clara,/ Maceo del Plata, Gómez argentino.

Ya entre los mambises del bravío Oriente,/ Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro:/ ya vemos… ya vemos la cálida frente, el brazo pujante,/ la dulce sonrisa de Castro.

Lo siguen radiantes Almeida y Raúl,/ Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas,/ ciudades heridas, que serán curadas, / y tendrán un cielo sereno y azul.

¡Fidel, fidelísimo retoño martiano,/ asombro de América, titán de la hazaña,/ que desde las cumbres quemó las espinas del llano,/ y ahora riega orquídeas, flores de montaña.

Y esto, esto que las hieles se volvieran miel, se llama…

¡Fidel!

Y esto, esto que la ortiga se hiciera clavel, se llama…

¡Fidel!

Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel, se llama…

¡Fidel!

y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,/ y esto, esto que la sombra se volviera luz,/ esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre…

¡Fidel Castro Ruz!



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Wilkie Delgado Correa


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