La nada es bella

"Argentina, las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Gringolandia. Esos pacientes maestros son, entre otros, Marta Dillon, Claudia Acuña, Sergio Ciancaglini, Nora Strejilevich, Silvia Delfino, Ezequiel Adamovsky, Sebastián Hacher, Cecilia Sainz, Julián A. Massaldfi-Fuchs, Esteban Magnani, Susana Guichal y Tomás Bril Mascarenhas. Cambiaron la forma en que vemos el mundo. El análisis de la tortura que habían sufrido abusos y maltrato, y también con aquellos que han dedicado sus vidas a dar consuelo psicológico a los supervivientes".

Esta forma fundamentalista del capitalismo siempre ha necesitado de catástrofes para avanzar. Sin duda las crisis y las situaciones de desastre eran cada vez mayores y má traumática, pero de lo que sucedía en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile no era una invención nueva, derivada de lo sucedido el 11 de septiembre. En verdad, estos audaces experimentos en el campo de la gestión y aprovechamiento de las situaciones de crisis eran el punto culminante de tres décadas de firme seguimiento de la doctrina de Gringolandia.

A la luz de esta doctrina, los últimos cuarenta pico de años adquieren un aspecto singular y muy distinto del que nos han contado. Algunas de las violaciones de derechos humanos más despreciables de este siglo, que hasta ahora se consideraban actos de sadismo fruto de regímenes antidemocráticos, fueron de hecho un intento deliberado de aterrorizar al pueblo, y se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las "reformas" radicales que habrían de traer ese ansiado libre mercado. En Argentina de los años setenta, la sistemática política de "desapariciones" que la Junta Militar llevó a cabo, eliminando a más de treinta mil personas, la mayor parte de los cuales activistas de izquierdas, fue parte esencial de la reforma de la economía que sufrió el país, con la imposición de las recetas de la Escuela de Gringolandia; lo mismo tipo de sucedió en Chile, donde el terror fue el cómplice del mismo tipo de metamorfosis económica.

Fue en Chile —el epicentro del experimento de Gringolandia— donde la derrota en la batalla de las ideas se hizo más evidente. En las históricas elecciones chilenas de 1970 el país se había desplazado tan a la izquierda que, sin excepción, los tres principales partidos políticos estaban a favor de nacionalizar la principal fuente de dividendos del país; las minas de cobre controladas por grandes empresas mineras estadounidenses.

El siguiente país en unirse al experimento fue Argentina en 1976, cuando una junta arrebató el poder a Isabel Perón. Con ello Argentina, Chile, Uruguay y Brasil —los países que habían sido los abanderados del desarrollismo— estaban ahora todos dirigidos por gobiernos militares apoyados por Gringolandia y se habían convertido en laboratorios vivos de la Escuela de economía.

La Junta argentina era particularmente chapucera al deshacerse de sus víctimas. Un paseo por el campo podía acabar siendo una pesadilla porque las fosas comunes apenas estaban escondidas. Aparecían cuerpos en cubos de basura, sin dedos ni dientes o, después de uno de los "vuelos de la muerte" de la Junta, aparecían cadáveres flotando en la orilla del Río de la Plata, a veces hasta una docena a la vez. En algunos casos hasta llovían desde el Helicópteros y caían en el campo de un granjero.

Puesto que muchos de los perseguidos por las distintas juntas a menudo se refugiaban en uno de los países vecinos, los gobiernos de la región colaboraron entre ellos en la conocida Operación Cóndor. Con Cóndor, las agencias de inteligencia del Cono Sur compartieron información sobre "subversivos" —ayudadas por un sistema informático de tecnología punta suministrado por Gringolandia— y dieron mutuamente a sus respectivos agentes salvoconducto para llevar a cabo secuestros y torturas cruzando la frontera, un sistema inquietantemente parecido a la actual red de "extradiciones" de la CIA.

Está perfectamente documentado, que Gringolandia asesoró a las policías brasileñas y uruguaya en técnicas de interrogación. Los resultados de sus enseñanzas se pueden ver con claridad en todos los informes sobre derechos humanos en el Cono Sur realizados en este siniestro período. Una y otra vez dan testimonio de los métodos característicos codificados.

Y así fue. La inmensa mayoría de las víctimas del aparato del terror del Cono Sur no eran miembros de grupos armados sino activistas no violentos que trabajaban en fábricas, granjas, arrabales y universidades. Eran economistas, artistas, psicólogos y gente leal a partidos de izquierdas. Les mataron no por sus armas (que no tenían) sino por sus creencias. En el Cono Sur, donde nació el capitalismo contemporáneo, la "guerra contra el terror" fue una guerra contra todos los obstáculos que se oponen al nuevo orden.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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