La última gota de agua en el desierto

Vital es la percepción que todos tenemos del agua, pero la gran vitalidad del Hombre en el planeta Tierra, no permite vislumbrar qué tan vital es la presencia del agua, para defender la espuma de la vitalicia sociedad moderna.

Codiciado por toda la raza humana, el milagro de la existencia desataba la ruina de su pueblo, que luchaba hasta la saciedad con su gran corazón de piedra, y derramaba la sangre del sinsabor de los crepúsculos.

Para perder el miedo a la muerte, primero hay que perder el miedo a la vida. Un segundo sentado solo en santa soledad, es suficiente tiempo para no esperar el grito amenazador de los amigos, de los enemigos, de las dudas y de los lamentos.

A veces la gente se cansa de romperte la paz. Con un reproche lleno de ironía, una gota de agua va derrotando la miel de tus labios, y la saliva se olvida de tus tristes ojos en la sequía del oasis, porque la neblina rozagante se rindió en el melancólico mirador.

Resulta muy doloroso aceptar que un hermano, prefiere la ofensa por encima del abrazo. Él vive jugando con tus sentimientos del pasado, y se desvive jugando con tus pensamientos del presente, sin mostrar una vía de arrepentimiento y un sendero de perdón.

Te bloquea la libertad con la mediocridad de una voz, que simpatiza con el conformismo y con la motivación de frenarte, así como un día fue frenado en los coliseos de fuego, y obligado a frenar la independencia de los demás.

La experiencia es peor que la desgracia de un muñequito vudú, porque él sigue cobrando y pagando la histeria colectiva, con un patético miocardio roto en forma de pan, que busca remediar su flaqueza con la calladita rutina de siempre.

No quiere que escribas, no desea que pienses, y no pretende que triunfes. Es mejor resignarse a ser uno más del montón, y amontonar muchísima plata en el bendito patio trasero, para justificar la desolación de un alma cansada y en pena.

Por eso me fui con urgencia al balcón de mi casa, esperando musicalizar la tragedia que enlutaba mi propio mundo.

Pero mientras escuchaba la melodía bajo el cielo azulado, una señora paseaba por la tranquila calle, con dos niños atados a sus manos.

Aunque se quedó mirándome por unos segundos, la señora continuó su andar sin vocalizar ninguna palabrita.

Yo seguía relajándome en la calidez del balcón dominical, escuchando las canciones que suavizaban la culpa del desierto.

Pero quince minutos más tarde, la señora y sus dos muchachitos regresaron a la misma calle, y se ubicaron frente a la puerta de mi casa.

En ese instante, la angustiada señora me suplicó que le regalara un poquito de agua, porque sus dos hijos estaban muy sudados y agotadísimos, después de caminar descalzos bajo la luz del inclemente sol.

Sin dudarlo quise ayudar a la señora. Rápidamente abandoné el balcón, bajé los treinta escalones de la escalera, y preparé una jarra con agua fría.

Luego de cinco minutos, abrí la puerta y le regalé el agua a la pobre señora. Ella exclamó con ternura: ¡Qué dios te bendiga! Mis hijos se estaban muriendo de sed ¡Qué dios se lo pague!

Obviamente fue muy gratificante auxiliar a la señora, quien parecía ser una indigente vagando por las calles.

Pero cumplidos diez minutos de nobleza, escuché un grandísimo alboroto en la calle. Entre gritos y reclamos, me informaron que se habían robado un automóvil situado frente a mi casa, y que los policías estaban patrullando la zona para atrapar a los delincuentes.

Me dijeron que la señora y los dos niños, no eran los típicos vagabundos que limosnean por la ciudad. Realmente, eran los cómplices del ladrón que se había robado el automóvil.

Para evitar ser delatados por un testigo, ellos inventaron la trampa de suplicar un poquito de agua, siendo una cortina de humo para que yo me alejara del balcón, y no pudiera observar al ladrón y evitar el crimen.

Me sentí usado por el ultraje delictivo. Ya no hay respeto por nada ni por nadie.

Usamos la misericordia de Jesús para conmover la razón. Usamos la pureza del agua para revolotear la voluntad. Usamos la inocencia de los niños para violar sus derechos. Y usamos la solidaridad del ciudadano para robar la conciencia.

Hay demonios que consiguen sus más oscuras ambiciones, traicionando las burbujas del más simple plan de vida, porque el desgarrador llanto de la mujer que perdió su bonito automóvil, fue mucho más fuerte que sus tres silenciosas lágrimas, derramadas en el eclipsado funeral de su padre y de su madre.

Aunque el agua se marchó del río y se extendió en el océano, nosotros jamás perdemos la oportunidad de cristalizar la venganza, aprovechando la molécula del agua para envenenar a las víctimas, para desmaquillar el furor del romance, y para solucionar los conflictos emocionales del panadero.

Sufrimos un grave desequilibrio en las prioridades de vida. Dinero, amor, fama, trabajo, salud y agua.

Relegamos el gran valor del agua, para el final de la absurda historia. Pero sin la virtud del agua estaríamos tan sucios espiritualmente, que sería imposible conseguir con dignidad el dinero, el amor, la fama, el trabajo y la salud.

Si te aseguramos que más de 950 millones de personas en el Mundo, no pueden disfrutar una mísera gota de agua potable, estamos seguros que usted NO cambiará la gran visión capitalista, que visualiza el éxtasis de sus egoístas prioridades de vida.

Quizás te perturbe la frialdad de la furiosa cifra. Tal vez pienses que es una cifra de exageración. Y es probable que la indiferencia se coma la cifra en la cama.

Hoy no vamos a torturarte con los pobres niños africanos. Es cierto que los angelitos no tienen la magia del agua, para limpiar los neumáticos radiantes del Ferrari. Pero el envidioso genio en la botella, tampoco comparte la pócima secreta de su vital líquido, con los compatriotas latinoamericanos que viven en nuestras resecas comunidades.

Hoy somos el drama de una familia humilde, que enfrenta el cáncer sin un centavo en los bolsillos, y no tiene una gota de agua en las tuberías del fracaso, para que el enfermo resista el calvario de la implacable enfermedad.

Hoy no hay agua para cepillarse los dientes, no hay agua para lavar los pañales, no hay agua para asear el inodoro, no hay agua para bañar al abuelo, no hay agua para golpear al perro, no hay agua para romper el maldito espejo, no hay agua para sujetar la soga en el árbol, y no hay agua para vomitar la mala suerte.

Esa humilde familia no vive en los témpanos de Alaska, pues vive frente a tu maravilloso hogar de hielo. Justo ahora el enfermo de cáncer necesita tu ayuda, pero el agua llega cuando el hospital ya se convirtió en cementerio.

Nos quedamos con las manos vacías, porque no pudimos pagar el sagrado contrato mercantilista, que autorizaba la mensual comercialización del producto potabilizado, a todos los consumidores que pueden viajar por diversión a Alaska.

Cuando pierdes el brillo del agua, la vida pierde su brillante color. Te sientes confundido, abrumado y estancado. El tono gris supera lo blanco y lo negro. Eres incapaz de bailar el ritmo que todos bailan, y no sabes cuál es la penitencia de los mejores fugitivos.

No importa que te quemen la frente con una cruz de cenizas. No importa que te vistan de morado con un látigo en la mejilla. Y no importa que multipliquen el pan de Tovar en la madrugada tovareña.

Pensamos que el agua es un insignificante cero a la izquierda, y solo nos preocupamos por obtener los ceros a la derecha. Ahorrar el agua es la meta de los perdedores, que no tienen dinero para malgastar el agua. Y derrochar el agua es la cúspide de los ganadores, que tienen dinero para despilfarrar el agua.

Vivimos presos dentro de una emergencia sanitaria que huele a resignación, porque la apatía social siempre se transforma en una vigorosa bandera cultural, que los organismos gubernamentales van sacudiendo con tanto sectarismo político, que se termina engrasando con la basura moral del piscis zodiacal.

Sin embargo, el martirio del agua se origina con la sobrepoblación global, que obliga a explotar con mayor vileza los recursos naturales, y facilita la permanente intromisión de las transnacionales y sus maquinarias pesadas, que se dedican a contaminar las fuentes confiables de agua dulce y salada, lo cual impide establecer una práctica ambiental sostenible y sustentable.

Los desiertos de arena se vuelven más desérticos, y desertificamos el polvo de los últimos desiertos florales, para construir más desiertos urbanizados sobre la arena desertificada.

Usted es incapaz de comprender esa sencilla reflexión, porque no puede explicar el significado de la palabra agua. Pese a que somos cuerpos recubiertos de agua, la mayoría de la gente no reconoce su poder en la vida, evidenciando la ignorancia biológica que castiga al Ser Humano, en contra de su propia subsistencia dentro del Universo.

La manipulación del agua es glorificada por la Humanidad. Su vitalidad no escapa de los peores criminales, que azotan su futuro con un saturado cable de electricidad, que se enciende en el jacuzzi de las embarazosas pesadillas.

El analfabetismo del agua es el mejor aliado del cólera, de la fiebre tifoidea y de la desnutrición. De hecho, las bacterias del agua pueden eliminarse con los revolucionarios filtros, así como los alimentos transgénicos eliminaron el hambre mundial.

Usted jamás bebería un litro de agua barata, pero siempre compra un falso grano de maíz.

Si aprendiéramos a compartir una gota de agua, los habitantes de la Tierra podrían desbloquear sus cerebros, y se desnudaría la rosa de bondad en todas las violentas calles, que se atragantan las gargantas con la gran espina de injusticia.

Recordemos que una gota de agua, representa el nacimiento de la vida terrenal, y el principio de la acelerada evolución humana. Podemos privatizarla, secuestrarla, intoxicarla, negarla, malgastarla y extinguirla.

Tenemos la condición de libre albedrío a nuestro favor, para transfigurar dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

Si bien caminamos con los zapatos al revés, y es una costumbre besar los pies de la más bella bestia, no debemos olvidar que la lluvia es un fenómeno totalmente impredecible, y no podemos predecir la fatalidad o la indulgencia del destino.

La inteligencia del agua fue tan persuasiva, que pudo desactivar las alarmas de seguridad, ocultarse de las cámaras de vigilancia, cambiar la simbiosis de las estrellas, orquestar una magistral obra teatral, y engañar a los fariseos sin sentir remordimiento.

Por eso la policía nunca atrapó a los delincuentes, el automóvil jamás fue recuperado, y las esposas se quedaron sin muñecas.

Pero el engaño de la señora me salvó la vida, porque la sinfonía que estaba escuchando en el rojizo balcón, era el epílogo musical de un suicidio por cometer.

Ahora puedo ver con alegría una gota de agua, y sentir una gran luz de esperanza recorriendo todo mi ser.

Cuando te sientas ahogado en el más oscuro desierto, recuerda que un diluvio de vida quiere llenarte de gracia salvadora.

Rescatemos el valor del agua, y brindemos por un nuevo amanecer.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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