España

Y dirán que ya no hay lucha de clases...

Como de puntillas respecto al resto de Europa, desde hace tiempo venimos asistiendo en España a una batalla campal entre dos cla­ses socia­les en los parlamentos, en la Justicia y demás instituciones, y en el espacio de los medios de comu­nicación. Entre la clase de los que predican, man­dan y orga­nizan la vida de todo bicho viviente, y la de quienes se re­sis­ten u obedecen a regañadientes representa­dos por otros que aban­deran el espíritu de la dignidad. Una prueba re­cién sa­lida del noticiero diario abrumador español es la de­cisión del ayun­tamiento de una ciu­dad importante de re­poner el nombre de calles de reso­nancia franquista que es­tu­vieron hasta hace unos años, contraviniendo así una ley vigente, la de Memoria Histórica. Decisión ésta que obliga a imaginar la tre­menda mentalidad involucionista del par­tido del go­bierno si con mayoría absoluta volviese a gober­nar y a le­gis­lar...

La lucha de clases, pues, no ha desaparecido, o ha resur­gido en España. La lucha de clases se refiere al conflicto en­tre las dos clases sociales existentes, entre los de arriba y los de abajo, entre los que producen y los que no produ­cen, en­tre los que sin trabajar se adueñan de la pro­ducción y exclu­yen a los que trabajan, entre explotadores y explotados; his­tó­ricamente entre amos y esclavos, entre patricios y plebe­yos, entre terratenientes y campesinos, entre burgue­ses y proletarios, entre ricos y pobres, entre depredadores y pre­sa, entre el 1% y el 99%. En la natura­leza las manadas o pre­sas desorganizadas, nunca domi­nan a sus depredado­res. En el gobierno de los amos, un es­clavo nunca será rey y de igual modo en el gobierno de la burguesía, un obrero ja­más llegará a gobernar a los bur­gueses.

A lo largo de la historia siempre ha sido así, siempre ha habido clases enfrentadas. Unas practican la opresión y otras luchan por la liberación. En el esclavismo los amos se apropiaron de la producción, lo tenían todo y domina­ban a los esclavos o productores. En el feudalismo, la mi­noría que se adueñó de la tierra y la producción domi­naba a la mayo­ría que fue expropiada. En el capitalismo dominan los que se han enriquecido con la tierra que es propiedad de todos, y con la acumulación originaria (sa­queo de riquezas a otros pueblos y al propio pueblo) se adueñaron además de todos los medios de producción, de la materia prima, del trabajo y del trabajador o esclavo de nuevo tipo a través de la escla­vitud asalariada...

Pero es que en la sociedad del capitalismo avanzado, el ca­pitalismo ne­oliberal, el proceso de incautación de toda la ri­queza a cargo de la clase dominante se está cronificando y la lu­cha de clases se ha agudizado. Desde luego en España. De un bando la burguesía, propietaria de los medios de pro­duc­ción (capital, transportes, medios de comunicación, etc.) y por otro el bando del trabajador convertido en lum­pen que, al disponer únicamente de su fuerza de tra­bajo, se ve obli­gado a venderse por un salario que apenas le sirve para su supervivencia.

¿Han variado en España las condiciones generales de la convivencia entre una clase y la otra u otras, siendo así que la clase media apenas se reduce a la de los pensionistas? ¿Ha des­aparecido acaso la lucha entre los que acumulan el dinero y las propiedades y los que carecen de todo? ¿No hay una distancia abismal entre los que hablan y los obliga­dos a escu­char, entre los que disponen de megafo­nía y tri­bu­nas y quienes se esfuerzan inútil o débilmente por hacer­se oír; en­tre la clase que masivamente piensa con am­plias miras, y la minoritaria que, lejos de ser excelente como se imagina, piensa y actúa con mezquindad, maquina y crea una realidad a su me­dida haciéndose apoyar de diver­sas maneras, todas tortice­ras, por millones de necios?

En España vivimos, en efecto, actualmente una lucha en­car­nizada entre los de arriba y los de abajo, entre los que han perdido la cabeza en la política, en la empresa, en la ju­di­catura y en los medios, y quienes mantenemos la ca­beza en su sitio y conservamos intacta la intemporal filoso­fía humanista y los valores plasmados en la Declara­ción de los Derechos del Hombre y del Ciuda­dano, de 1789 y en la De­claración Universal de los Dere­chos Humanos, de 1948; en­tre quienes, en fin, se empe­ñan en alejarse cada vez más, como las galaxias entre sí, del sentimiento de solidaridad, del sentido común de la justicia y de la igualdad dentro de las inevitables diferen­cias naturales, y la inmensa mayoría que se esfuerza por ejercerlos, desarrollarlos y divulgarlos... El antiguo, el feu­dal e incluso el postmoderno no tienen con­ciencia de la opresión como tal. Es ahora, hace muy po­co, cuando irrumpe esa conciencia. Pero hay un grave in­conveniente que se alza como barrera casi infranqueable: el consu­mismo como motor del neoliberalismo y de aliena­ción, que hace mucho más tiempo se instaló en la sociedad actuando como lo más antirrevolucionario y al tiempo co­mo trampa saducea. Y lo es, pues anula mecánicamente la re­ac­ción habida cuenta que la única manera de contestar con efi­cacia y sin violencia a los abusos del neolibera­lismo sería a través de la voluntad del "no consumo"; deci­sión és­ta que en sentido estricto no es posible activar masiva­mente, como no es posible activar la bondad o la solidari­dad, sólo posi­bles de uno en uno...

Pese a todo, o precisamente por la alienación de que va acompañado el consumismo, nadie quiere violencia, ni ma­te­rial ni moral. Pero los poderes actuales, esos que deten­tan la fuerza, esos que están en todas las instan­cias y en todos los estamentos, esos que configuran el esta­blish­ment, el sis­tema, están forzando las cosas lo bas­tante como para pro­vocar ese odio creciente que acabó siempre siendo germen de violencia.

Es más, creo que la sociedad bien nacida española no desea ni enfrentamientos sangrientos ni la mera sustitu­ción de unos propietarios por otros nuevos. Pienso que, a caba­llo del consumismo y de su dignidad como hija del milenio en que le ha tocado vivir, la sociedad española se conforma con que gobernantes, grandes empresarios, tri­bunales, cu­ras y periodistas -la clase dominante- reaccio­nen y se perca­ten de que necesitan ejercitarse en la cor­dura que tuvieron, ahora tan resquebrajada por el peso muerto de una extrema es­tupidez...



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Jaime Richart


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