La visión «cristiana» del poder y nuestro modelo de sociedad

La jerarquía de la iglesia católica, apostólica y romana -con el obispo de Roma a la cabeza- sirvió de base para la construcción de los Estados-nación de Europa luego de la fragmentación del imperio romano a manos de los pueblos llamados bárbaros. Una vez que el emperador Constantino determinó lo que sería la religión católica, acabando con las disensiones internas y los debates teológicos respecto a la divinidad o la humanidad de Jesús de Nazareth, así como la condición de vírgen que su madre María conservaría luego de parir y de convivir maritalmente con José, y la personalidad triple de Dios, siendo al mismo tiempo uno solo; no se permitieron más interpretaciones ni herejías derivadas del escaso conocimiento del contenido de la Biblia, ya que su lectura estaba reservada para quienes hablaban latín y griego, es decir, los clérigos, con la circunstancia que el latín es, como se reconoce actualmente, un idioma muerto. Esto no fue suficiente para contener el mensaje subversivo que muchos, digamos, iluminados extraían, por ejemplo, del Sermón de la montaña, en el cual el Maestro ambulante Jesús de Nazareth condena a los ricos y poderosos por sus múltiples fechorías y enaltece y promete el Reino de los cielos a los pobres, a los despreciados sociales y a quienes son perseguidos a causa de su deseo de justicia. La jerarquía eclesiástica, ahora asociada estrechamente al poder terrenal, comenzó una cruzada durante siglos (la que, con algunas variables, todavía se mantiene) contra la gente que reclama derechos y un mejor nivel de vida. Durante el periodo de lucha por la Independencia en Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina se vió una posición totalmente parcializada de los curas a favor de la causa realista, cosa que obligó al Libertador Simón Bolívar a tomar medidas drásticas en contra de la acción desestabilizadora y propagandística que éstos llevaban a cabo. Lo mismo ocurre durante el siglo 20 en México en plena Revolución con los cristeros, en la Unión Soviética, en España y en la totalidad de Europa y Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina donde los curas y las monjas se encargaron de anatematizar y condenar a lo más profundo del Infierno a todo aquel que tuviera el atrevimiento de protestar y de proclamarse, para mayor escándalo, comunista, como se hizo antes con los masones, entre ellos Francisco de Miranda. Ni qué decir respecto al juicio, tortura y condena a muerte de Giordano Bruno por haber afirmado, científicamente, que nuestro planeta orbita alrededor del Sol, la censura aplicada a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei por sus descubrimientos astronómicos, el ahorcamiento y posterior quema de su cuerpo de Girolamo Savonarola o el juicio amañado y condena a la hoguera de la heroína francesa Juana de Arco; entre otros relevantes antecedentes de la crueldad y la moralidad eclesiástica. Hoy parece revivir aquella época de oscurantismo y hostilidad antiintelectual.

El hecho de haberse congeniado con los reyes y los emperadores europeos explica en gran parte ese apego predilecto por el orden establecido. El mensaje subversivo de los inicios del cristianismo pasó a suavizarse con el feliz consuelo dado a los pobres de ser recompensados en los cielos, después de sus muertes, habiendo sido explotados, marginados y esclavizados en la Tierra, que la cristiandad ahora propagaba. La parroquia, una entidad eminentemente católica, sirvió de modelo para la institución de los nuevos Estados. Lo mismo vale con la apropiación de la visión de pertenecer a una raza superior a la que Dios encomendó dominar y civilizar a los pueblos del mundo en vista que los judíos, al haber asesinado a Jesucristo, perdieron tal derecho como pueblo elegido por medio del patriarca Abraham; cuestión que, por otra parte, no les incomoda a los sionistas del Estado de Israel que invocan en su defensa dicho derecho. Lo cierto es que la Iglesia católica, apostólica y romana contribuyó en mucho a delinear al Estado y sistema-mundo vigentes. Le otorgó la justificación teologizada de invadir, saquear y conquistar territorios sin que sus perpetradores tuvieran un ápice de remordimiento, ya que todo lo que hacían era por la gloria de «Dios», el único «Dios» al cual debiéramos todos adorar en el planeta. Así se explican las Cruzadas para «recuperar» Tierra Santa, el odio a judíos y musulmanes, y la destrucción de las culturas autóctonas de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina hasta avanzado el siglo pasado con escuelas regidas por curas y monjas que poco podrían envidiarle a un campo de concentración nazi por los «métodos» brutales de enseñanza obligatoria que aplicaban, incluso si algún indígena tenía la osadía de hablar en su idioma materno. Tal convicción no es ajena a las religiones que nacieron del mismo tronco de la cristiandad, a las que, de forma genérica, las reconocemos como protestantes o evangélicas, la gran mayoría con sedes centrales en Estados Unidos.

Por eso, al plantearse una revolución socialista y una decolonialidad, o descolonización, del pensamiento, se debe tener en cuenta los antecedentes históricos de la Iglesia católica, apostólica y romana como germen del modelo civilizatorio vigente. Aunque haya existido, con algún efecto exitoso entre las masas de varias naciones del continente, la Teología de la Liberación, incluso una versión latinoamericana de la Biblia; con curas y monjas dedicados al trabajo comunitario y a la promoción de la justicia social, entre ellos, algunos convertidos en guerrilleros en Colombia, como Camilo Torres Restrepo y Gregorio Manuel Pérez Martínez, mientras que otros terminaron apoyando la lucha popular en Nicaragua y El Salvador, como Ernesto Cardenal y Óscar Arnulfo Romero, respectivamente. Esto no significa, en ningún grado, adoptar un ateísmo inexistente y, por demás, irrelevante. Es tomar conciencia de lo que esta vieja institución ha representado en la lucha por lograr una verdadera emancipación, individual y colectiva. Es saber explicar y comprender lo dicho por Karl Marx al referirse a la religión como el opio del pueblo; en qué sentido y circunstancias. Es recuperar el porqué de la frase «Quisiera ver un cura colgado de un farol y miles de monjas con las tripas al sol", contenida en el Himno de la Federación (algunos historiadores afirman que fue para complacer al general Antonio Guzmán Blanco, entonces presidente, enfrentado a la Iglesia católica venezolana). Es ubicar en su contexto el papel jugado por los curas Luis María Ugalde Olalde, Antonio Ignacio Velasco García y Baltazar Enrique Porras Cardozo en el desencadenamiento y desarrollo del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 en contra del presidente Hugo Chávez Frías; así como de aquellos que han continuado su tarea política contrarrevolucionaria, desde los púlpitos, con misas incluidas. Si hacemos un estudio concienzudo de la historia de la religión católica, apostólica y romana, nos daremos cuenta que gran parte de los elementos sociales, políticos, económicos y culturales que atacamos como revolucionarios de izquierda provienen de su seno y esta conclusión simple no es una expresión de un espíritu anticlerical ultroso ni, menos, ateísta, como quizá llegue a pensar algún religioso revolucionario (o revolucionario religioso).



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Homar Garcés


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