Los Santos de Uribe postrados a los pies de un muerto vivo

La vida como obra de arte, pespunteada en los albores del Romanticismo, y recogida como significado fundamental de la Estética Moderna, encontró en Cervantes una creación imperecedera en su amplísima dimensión de Quijotería. “El caballero de la triste figura” desacomodó la lógica racional de los vivos comunes y corrientes, prisioneros de su cordura, y se alzó por encima de la imaginanza de Amadís de Gaula y de Ariosto, y creó un sentimiento roto donde la vida no podía ser percibida sino desde la Locura que evocaba el dolor y la penitencia como aplazamiento para entrar triunfalmente en el honor y la libertad de un caballero digno de su Dulcinea.

Una simbólica sesgada, aparentemente muda, que en Colombia se metamorfosea en una variable folklórica y sangrienta que da cuenta de que aquellos llamados actos gratuitos, donde se manifiesta la voluntad por encima de la conciencia como la cristalización del individualismo del hombre libre, y en los que: ni el Quijote ni Cardenio llegan al crimen como si llegan Alejo Nylich Kirilov el héroe de “Los Endemoniados” y Raskolnikov el de “Crimen y Castigo” de Dostoievski; y como también llegan a matar sin motivos aparentes, Lafcadio Wluki de Gide y el Meursault del “Extranjero” de Camus; hace cierta aquella Apreciación de Schopenhauer de la Voluntad como inconciencia que se yergue por encima de las relaciones entre el Sujeto y el Objeto, hasta el punto ––anotamos nosotros–– de alzarse por encima de la muerte en sus funciones de aniquiladora de la Voluntad misma.

De tal manera hemos sido sorprendidos por estos hermanos siameses de Kirilov, de Meursault de Lafcadio Wluki, héroes de un Novelón inédito que el seráfico Niní Gabriel García Márquez, no escribiría nunca, ––y no porque la anécdota y el trasfondo sean extraños al oficio y a la técnica de Faultner, de Graham Greem, de Dos Passos o de cualquier otro exponente de la generación perdida norteamericana––, sino porque política y humanamente es inodoro; y que fueron bautizados por la santa madre iglesia como Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Estos tipachos han pasado de la inconciencia de la Voluntad al delirio metafísico de reclamar para sí cualquier crimen cometido en contra del Pueblo martirizado de Colombia. Latinoamérica, pudo ver a través de Telesur como estos dos asesinos en serie, destilaban su frustración por n o estar seguros de ser los asesinos de un hombre de la estatura de Manuel Marulanda Vélez. En una curiosísima disputa los dos genocidas parecían reclamarle el cadáver a la Muerte por infarto. Parecían la versión malosa de un Drácula presa de la locura de ciertos y conocidos protagonistas de la novela que inauguró Cervantes.

Sin embargo, ––y esto es una pena para estos matarifes de niños, de sindicalistas, de trabajadores, de mujeres embarazadas de la Colombia secuestrada y esclavizada por la mafia–– ellos nada pueden en contra de la Muerte, que si respeta y admira la grandeza y la gloria de Tiro Fijo; y como era de esperarse, lo ha devuelto rozagante, lleno de vida al corazón de las colombianas y colombianos, que así se sienten en la integralidad latinoamericana. La muerte generosa con la magnificencia de un revolucionario del socialismo científico, lo ha devuelto para que viva para siempre ––no como obra de Arte–– sino como ejemplo de lucha para el alma encendida de la Colombia, que más temprano que tarde obtendrá una Victoria definitiva sobre la mafia que la oprime por voluntad expresa del asqueroso Imperialismo norteamericano.

De rodillas están los tristemente célebres matarifes tarifados por los dueños de la droga, del paramilitarismo que desde su salón oval, desempolvan los expedientes de ambos genocidas para extraditarlos en el momento que ya no les sean útiles a sus torvos propósitos. Ellos saben que se está viendo en el espejo de Noriega. De rodillas están frente a un muerto que vive, y es más alto que el salto de Tequendama, y es más impetuoso que el Magdalena, y sus brazos de Padre de Pueblos abrazan el macizo de la Sierra.

Vive Marulanda, y mueren de miedo los asesinos de Colombia.

tutas13@yahoo.com


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Eduardo Mármol


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