Bolívar Revolucionario

1750-1850 Época de Revolución Social.

No se puede hacer un perfil de Simón Bolívar como revolucionario sin situarlo en un momento, un lugar y en unas circunstancias sociales determinadas. En el lapso que se señala arriba se desarrollaba en la civilización occidental una dinámica que Carlos Marx denominara época de revolución social. Un período de transición que media entre el momento en que “al llevar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes” hasta una situación en la cual se han desvanecido las viejas relaciones de producción, estableciéndose otras vinculaciones entre los hombres y los agregados sociales que ellos conforman, cualitativamente nuevas, que liberan las potencialidades que ofrecen las tecnologías puestas en uso

En ese lapso la revolución industrial que resaltaba la importancia del capital dominante de buena parte de la economía, modificaba las relaciones de producción existentes, colidiendo con una economía generada por un sistema productivo sustentado en las actividades agrícolas y mineras, con una artesanía marginal y, una expansión del comercio debida a los grandes viajes que ampliaron los espacios productivos e intensificaron los intercambios a escala mundial. Desde luego este cambio en los usos y costumbres sociales, derivado de una reorientación de las fuerzas laborales hacia las actividades urbanas, con el consiguiente despoblamiento de las áreas rurales, implicó también la necesidad de una tecnificación de la producción agrícola, lo que modificó los hábitos de vida de toda la población. Empero el orden jurídico-político vigente, sustentado en la soberanía del monarca, legitimada por la voluntad de Dios; en el pensamiento económico mercantilista que concentraba la riqueza en el gobierno y la aristocracia terrateniente; y, en el nacionalismo basado en la idea del pueblo que acentuaba la importancia de los factores naturales y tradicionales sobre la voluntad de los individuos, se mantenía frente a las contracreencias de un liberalismo incierto, basado en los derechos del hombre, entre los cuales resaltaban la libertad y la igualdad de los seres humanos; en la transferencia de la soberanía al pueblo; y, en un cosmopolitismo que universalizaba los problemas sociales. Un hecho que políticamente enfrentaba el orden monárquico con el ideal republicano.

Y a Simón Bolívar, un joven de costumbres mundanas incentivadas por su riqueza, le correspondió por azar estar en el momento y lugar en los cuales se producía la colisión entre las viejas y las nuevas formas de vida. Pero como es común en seres con tendencias hedonistas, su sensibilidad era alta. El goce de la vida rechaza la miseria y la pobreza que son señales de la muerte. Eso lo hacía revolucionario, no rebelde. José Ortega y Gasset al hablar de estos conceptos decía que la revolución es el alzamiento de los hombres contra los usos, en tanto que la rebelión es la sublevación contra los abusos. La revolución es constructora, la rebelión es reivindicadora. Es decir, la revolución busca el cambio de las instituciones que configuran la superestructura de la sociedad, mientras la rebelión solo pretende suprimir las arbitrariedades como acciones de los integrantes de las clases y estamentos dominantes. Por estas razones se podría decir que Bolívar fue un revolucionario. Amo la vida y los placeres que ella le proporcionaba, constreñida por una violencia estructural –psicológica y económica- alienante y empobrecedora de la existencia humana, por lo que buscó un cambio institucional. Y cuando jura en el Monte Sacro no se propuso suprimir las arbitrariedades de quienes detentaban el poder, con lo cual simplemente hubiese sido un reformista. Se planteo sustituir el régimen monárquico imperante en Venezuela y las bases estructurales de la organización estatal, por uno inspirado en la idea de la república.

Venezuela espacio para la revolución.

Pero ese joven Bolívar era un hombre ligado a su tierra. No por su valor como sustento de la vida. Se vinculaba al espacio donde nació por su significado simbólico. En una realidad humana donde el poder, como capacidad de transformación de la materialidad para los fines del hombre y sus asociaciones, esta en la base del carácter de las relaciones sociales, y depende de la interacción del individuo y de su grupo con el espacio que habitan, entendió que el campo para su acción no era Europa. Allí era un forastero, y su actividad la limitaba el derecho de los habitantes de esos territorios que por generaciones habían cultivado creando y recreando estructuras que impulsaban su progreso. Así podría considerarse un patriota. Un hombre del mundo, cosmopolita, que le da identidad propia el espacio cuyos antepasados usaron para laborarlo, en el sentido de convertirlo en útil para el ascenso humano.

No era un patriota en el sentido del término para la época. Para ese momento convivían las nociones de “patria propia” derivada de la vida tribal que significaba el exclusivo dominio de un espacio de extensión definida por un grupo autónomo social y políticamente, homogéneo culturalmente y con una organización social unificada; y, la de “patria común” asociada a la idea de nacionalismo, que correspondía al espacio sometido a un régimen político que lo convertía en un país en el cual existían interdependencias entre los habitantes de las distintas regiones bajo el poder del gobierno. La visión bolivariana del patriotismo correspondía a una concepción cosmopolita basada en la voluntad de un conjunto de ciudadanos de origen etnocultural diferente, tolerantes, que ocupan un territorio para su disfrute, previo un pacto escrito o tácito. Es el llamado patriotismo republicano que formo parte de las contracreencias de carácter libertario elaboradas por F. M. Aouet “Voltaire” y J. J. Rousseau. Era en esa ocasión, y lo es todavía dada la preeminencia de la noción de “patria común”, una idea revolucionaria, pues no limita la posibilidad de extender la patria, incluso hasta un nivel planetario, siempre que exista la voluntad de los pueblos de integrar sus territorios en uno solo para su disfrute. Fue lo que alimentó su proyecto de Colombia la grande y, posteriormente de la Confederación de Pueblos Americanos.

Pero en su Venezuela nativa sólo existía la noción de “patria propia”. En la condición de “colonia secundaria”, el espacio venezolano carecía de un gobierno que lo integrara como país. Era el hábitat de un conjunto de grupos etnoculturalmente homogéneos, incluyendo las propias comunidades de colonos, relativamente autónomos, que dominaban espacios de extensión definida. Ni la Capitanía General como estructura para la defensa de las fronteras del Imperio en América había cambiado esa situación. Por ello, el modificar ese cuadro hacia uno que expresase el “patriotismo republicano”, implicaba saltar la etapa de la implantación de la noción de “patria común”. Y ello sólo era posible dentro de un proceso revolucionario. El mismo que le correspondería liderar.

Rousseau y Montesquieu se enfrentan en la sociedad venezolana

En esas condiciones el conjunto de la población venezolana desarticulada, pero incorporada a procesos productivos tradicionales, se configuraba como una estructura estamental jerarquizada, fundada en privilegios positivos o negativos en la consideración social, que implicaba la apropiación monopólica de probabilidades adquisitivas privilegiadas para los estamentos superiores, mientras las restringían notoriamente para aquellos considerados inferiores. Dentro de esa estructura existían tensiones entre los llamados “blancos peninsulares”, con funciones de gobierno, y los “blancos criollos” que dominaban el aparato productivo; y, entre estos y los “blancos de orilla”, pardos, indios encomendados y negros esclavos que conformaban la fuerza de trabajo. En esas circunstancias sociales se produjo el alzamiento de los “blancos criollos” del 19 de abril de 1810 frente a lo que consideraban la injusta restricción del acceso al mercado ya globalizado que le restaba posibilidades de optimizar sus beneficios. En esa insurrección participó Bolívar como miembro prominente de ese estamento. Pero no se trató de una revolución. Fue una rebelión en su origen.

No obstante una mayoría determinante del grupo rebelde pensó en el cambio institucional. En la sustitución del régimen monárquico por el republicano. Pero la idea de la República no fue compartida por igual. Para unos –la mayoría- siguiendo el pensamiento de Montesquieu, la republica es “el imperio de las leyes y no de los hombres”, para lo cual hay que hacer coincidir el poder, derivado de la propiedad, con la autoridad. Para otros –la minoría agregada en la Sociedad Patriótica- esa república es el dominio del pueblo, como asociación voluntaria de ciudadanos, sobre una patria para su disfrute, según el pensamiento de Rousseau. Entendían la necesidad de unificar esa población fragmentada y estratificada para generar el poder necesario a fin de hacer efectiva la soberanía en un mundo donde esta variable define las posibilidades de realización de las personas de acuerdo a sus capacidades. Esa era la posición revolucionaria que asumió Bolívar. Pero no como un ciudadano más sino como su líder indiscutido. Una condición derivada de su grandeza producto de su visión trascendente de la vida y el mundo, y de su tenacidad.


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Alberto Müller Rojas


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