"El hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza."
Friedrich Nietzsche.
¿Es la angustia que permea nuestro tiempo, esa sensación de desasosiego frente a las noticias, ese presentimiento de que el mundo se desgarra, solo una percepción colectiva, o el síntoma de una herida real en el corazón de nuestra civilización? Para responder, debemos escuchar los ecos de la Historia; no la de los tratados y las batallas, sino la de los gestos humanos desgarrados.
Imaginen tres escenas: Cristo en la cruz exhalando su abandono; Friedrich Nietzsche, al borde del colapso en una plaza de Turín, abrazando a un caballo maltratado para pedirle perdón en nombre de la humanidad; y Miguel de Unamuno, consumido por la angustia metafísica ante el silencio del universo. Tres gritos. Tres expresiones límite de un mismo sentimiento trágico: la vulnerabilidad ante un sufrimiento que parece carecer de sentido.
Unamuno, el filósofo de la "carne y el hueso", nos enseñó que todo pensamiento profundo brota primero de un sentimiento vital. Hoy, nuestro sentimiento colectivo parece ser una perplejidad honda y sorda. Sospechábamos que, detrás de lo que debía ser un escenario pulcro de la política y los mercados, se libraba una obra distinta, más sombría. Y no estábamos equivocados: hoy el velo se ha rasgado, no por teoría, sino por documento judicial.
La publicación masiva de los archivos del caso Epstein actuó como un revelador químico sobre el negativo de nuestro tiempo. No fueron solo las abominables acusaciones contra un individuo; fue la exposición de una mecánica de funcionamiento. Millones de páginas dibujaron un mapa vergonzoso, donde la riqueza extrema, el poder político y una impunidad estructural convergían en un mismo núcleo. Allí, figuras como Donald Trump, vinculado socialmente a la red, se transformaron en el símbolo de una pregunta aterradora: ¿hasta dónde llega el perímetro de "no ley" que se crea alrededor del poder?
Este no es un problema moral de individuos aislados; es la lógica sistémica de un poder "supra poder", como el sionismo, que se ha autodesvinculado de cualquier forma de manifestación ética, porque se considera superior a la misma. Y para ello se apodera de los aspectos más sórdidos de personajes sin moral como Donald Trump para llevarlos al poder, manipula a través de sus aparatos de propaganda las necesidades de las masas, que el poder político tradicional no supo gestionar respuestas, para una vez capturadas sus evidencias, instrumentalizar las instituciones: desde la nominación de leales acérrimos en puestos clave como el parlamento, el poder judicial, FBI entre otros, con la intención de que se cumplan sus designios. Logran convertirlos en brazos de vendettas políticas, para destruir a quien se les opongan en lo interior, mientras que en lo exterior declaran la inobservancia de las normas mínimas de las leyes internacionales. Desde la aniquilación genocida de razas y culturas, hasta coaccionar o violentar en forma material a estados soberanos con la mayor impunidad. Es, en resumen, la corrosión programada para la destrucción de los diques que deberían protegernos como humanidad.
En lo íntimo del caso que actuó como disparador de esta acumulación de miserias, las víctimas de Epstein lo expresaron con una claridad que corta el alma: su ira nacía de ver cómo los documentos las exponían a ellas, "mientras que los hombres que abusaron de nosotras permanecen ocultos y protegidos". Es el mismo grito de la cruz: la sensación de un abandono institucional; de un "Padre" simbólico (la Ley, el Estado nacional o mundial) que mira para otro lado.
Por ello, el llamado final no es a la esperanza ingenua, sino a la mirada despierta. El riesgo no es un cataclismo exterior, sino que la humanidad acepte pasivamente que un núcleo pequeño de poder redefina la realidad a su antojo. El cambio necesario es uno de conciencia: la decisión masiva de dejar de ser reflejos pasivos en el espejo roto que nos muestran.
Es nuestra obligación construir y encontrarnos en "otros espacios de convivencia", significa redibujar comunidades locales y mundiales, donde la ley no sea elástica para los poderosos y donde el grito humano no sea ahogado por el ruido de las máquinas de dominio. Solo así edificaremos un espacio que se reconozca vulnerable pero combativo, por tanto, verdaderamente humano.
Ojalá nos vaya bien.
Sean felices, es gratis.
Paz y bien.