Utopía

"En tiempos de reparto global y sacrificio ético, la utopía no es evasión: es brújula."

La utopía, palabra que da título a este artículo, ha sido históricamente el nombre de lo inalcanzable. Desde Tomás Moro, que la definió como "no lugar", hasta Platón con su República ideal, el concepto ha servido para imaginar mundos mejores, aunque imposibles. En la literatura, Zola y Schopenhauer la entrelazan con la distopía, como polos de una misma angustia: el deseo de felicidad frente a la miseria del mundo. Eduardo Galeano, con su frase "La utopía está en el horizonte… sirve para caminar", ofrece una visión poética pero resignada. Para mí, esa frase es insuficiente. No basta con caminar. La utopía debe ser exigencia, no consuelo. Debe ser brújula, no evasión.

Sostener ideales en tiempos de cinismo tiene un precio. Es como el caso de Jesús el Nazareno, que conociendo su destino aceptó con resignación lo que para él ya estaba dispuesto. Su sacrificio no fue por sí mismo, sino por otros. Así ocurre con quienes defienden principios en medio de la tormenta: su destino personal poco importa frente a las fuerzas que se disputan el mundo. Hoy, esas fuerzas saben que enfrentarse abiertamente sería la aniquilación total. Por eso negocian un equilibrio mínimo, un reparto "funcional" del planeta, sin importar la supresión de los no indispensables. Estados Unidos y sus aliados occidentales, China como potencia emergente, Rusia como actor militar y energético, y Medio Oriente como epicentro de recursos estratégicos, configuran los polos de poder que buscan armonizar sus hegemonías. En ese reparto, Venezuela aparece como un filón incómodo, por nuestra resistencia estructuralmente genética a no permitir dejarnos mangonear, pero codiciado por todos, porque nuestras riquezas energéticas y minerales son pieza clave en el tablero global. No por lo que somos, sino por lo que tenemos, ya que son garantías de supervivencia o ventajas estratégicas, lo que nos convierte en escenario, no en protagonistas.

Muy probablemente estaremos en la disyuntiva de tener que elegir una posición en este escenario tan complejo, por lo que, a mi manera, buscaría respuestas en la simplicidad de la poesía y a decir de uno de los grandes contemporáneos: Leonard Cohen, "A veces uno sabe de qué lado estar, simplemente viendo quienes están del otro lado"

Mi preocupación como venezolano no es solo ética, es geopolítica. ¿Cómo alcanzar valores utópicos internos si externamente somos objeto de tanta codicia? ¿Cómo sostener la justicia si el mundo se organiza por hegemonías? En ese dilema, la utopía no es un lujo, es una necesidad. Porque sin ella, solo queda la resignación. Y eso sería traicionar la memoria de nuestros libertadores históricos, contemporáneos y de todos los que creemos hoy en la construcción de una patria mejor, de nosotros para nosotros.

"Padre, ¿por qué me has abandonado?". Es el grito del justo ante la indiferencia obscena del poder hegemónico multilateral mundial. Es también el grito del venezolano que ve cómo su país pudiera ser troceado por intereses ajenos mientras habitamos trincheras de fe, paciencia y esperanza. Pero en resistencia, porque allí hay una luz. La utopía no está muerta. Está herida, sí. Pero sigue siendo brújula.

Ojalá nos vaya bien.

Sean felices, es gratis.

Paz y bien.

Desde La Gruta, en el último día del año en que nos visitó desde la profundidad del universo una vaina que aún los entendidos no se ponen de acuerdo de lo que es.



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José Gregorio Palencia Colmenares

Escritor, poeta, conferencista y articulista de medios

 vpfegaven@gmail.com

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