Auditórium

El fascismo: ¿Habrá sido estudiado por los politiqueros venezolanos?

"Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo". Fin de la cita. Albert Camus.

Miles de académicos durante siglos estudiaron por qué ocurrió lo que empezó a ocurrir con el Facio en el siglo XX, y en el XXI ahora en muchos países.

El fascismo puede definirse de muchas maneras, todas ellas parciales. Según el tiempo y el país, y ha consistido en el secuestro del Estado por parte de intereses de grupos privados, asociados con el poder político nacional y extranjero, o en el encuadramiento de la sociedad dentro de un esquema cuartelarlo, o en la creación de mecanismos más o menos brutales para eliminar el disenso frente al poder. A veces estas características se combinan. En general, el fascismo requiere de un líder carismático. Pero no siempre. Un régimen pudo parecer fascista sin serlo: como la Argentina de Perón. Y ser fascista sin parecerlo: como el Portugal de Oliveira Salazar. El fascismo da para muchas elucubraciones e interpretaciones demoniacas.

Cuando la democracia es frágil, ahí radica la esencia del fascismo y consiste en algo bastante simple: una reacción agresiva de las minorías armadas contra las mayorías desarmadas. Las minorías, por supuesto, son algo contingente. No existen de por sí. Hay que crearlas o al menos conformarlas, y para eso es necesario encontrar sentimientos patrioteros que muchos fanáticos cocos secos puedan compartir (el fascismo no se basa en ideas, sino en sentimientos nacionalistoides) y azuzarlos al máximo. El miedo, la raza, la patria, la bandera, la religión, la frustración, el pasado (en este caso casi como antónimo de la historia): elementos politiqueros que no resisten un análisis somero y que a la vez pueden suscitar violentas emociones colectivas.

Cuando un tema da mucho que hablar, hay que leer todo lo que haya que decir para desnudarlo.

Las causas de que el fascismo esté en auge dan para una novela. Desde los disparates discursivos del politiquero de marras hasta la angustia ante la revolución tecnológica y la destrucción del trabajo como valor, desde el envilecimiento de ciertas élites hasta la glorificación del egoísmo, desde los cambios provocados por la mundialización y los movimientos migratorios hasta el debilitamiento de las instituciones nacionales frente a instituciones internacionales con tecnologías de bagatelas, que no han logrado ser lo bastante eficaces y lo bastante representativa ahora.

Volvamos a lo más simple: minorías contra mayorías. El fascismo del siglo XXI no se proclama fascista sino democrático, en parte porque la palabra "fascismo" sigue provocando un amplio rechazo y en parte porque apela a una de las definiciones de la democracia, la más parcial, tan parcial que roza la falsedad: el gobierno de la mayoría. El abuso del término "democracia" (que, como suele recordarse, jamás aparece en una Constitución tan eficiente como la que elaboraron los Fundadores de Estados Unidos) ha difuminado el concepto liberal acuñado durante los dos últimos siglos: un sistema que permite el gobierno de la mayoría y a la vez garantiza los derechos de las minorías.

La izquierda estalinista, sea lo que sea eso en cualquier tendencia, debería preguntarse por qué lleva décadas articulando su proyecto en torno a las minorías. Precisemos: en torno a un proceso de creación, exaltación y radicalización de minorías que, llevado al absurdo (y en el absurdo siguen estando), generando un mosaico de piezas imposibles de ensamblar. ¿Cómo va a ser posible componer ese rompecabezas, si cada pieza compite con la otra por un mismo espacio y tiene objetivos incompatibles con los de la pieza de al lado?

El fascismo que vemos cuenta con la capacidad de destruir la democracia en nombre de la democracia. Como en otras ocasiones, solo puede ser derrotado por una mayoría que defienda los delicados y esquivos principios de la convivencia. En otras ocasiones parece imposible componer esa mayoría, por la cantidad de politiqueros, brutos, ignorantes, y coco secos dispersos. Por lo que se ve en el radar no existen, y los rastreados hasta ahora, son lápices sin creyón, ruyidos por la inmoralidad, y la corrupción, y que no escriben, y cuando lo hacen son puras sandeces.



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Edgar Perdomo Arzola

Analista de políticas públicas.

 Percasita11@yahoo.es      @percasita

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