Marx: eres es el más grande

Hace 124 años que los ideólogos del capitalismo pretendieron iconizar a Marx, luego de su muerte física, para que todo su pensamiento sucumbiera y quedase soterrado en los escombros del gran basurero de la Historia , el cual se ocupa de recoger sin reciclar todo lo que ya deja de tener algún valor para el futuro de la humanidad. 124 años después, la doctrina de Marx entra a la escena mucho más revitalizada y vigente que en aquel momento en que nació “El Manifiesto Comunista” en 1848. Tal como ayer, hoy, todas las fuerzas del oscurantismo y el conservadurismo se unifican y luchan para acosar al “fantasma” del comunismo expuesto por el “diablo” Marx y volverlo un híbrido sin germen creativo alguno en el mundo que domina la globalización capitalista salvaje.


Nadie, absolutamente nadie en todos los tiempos hasta ahora, en el campo de la ciencia social ha subido a una cumbre tan alta –aunque demasiado peligrosa- como Carlos Marx. Sin duda, el más grande de todos los científicos sociales midiéndolos tiempo por tiempo. Por eso resulta maravilloso leer o escuchar su nombre de tantas manos escrito y de tantas bocas pronunciado. Millones de millones a su favor y miles de miles en contra. El proletariado, su fuerza de redención. La burguesía, el gendarme que le persigue para oprimirlo. El marxismo, su ideal que libera la conciencia de toda esclavitud espiritual como práctica contra toda esclavitud material.


Pudiéramos decir que Federico Engels tuvo un nivel de cultura más elevado que el de Marx, pero nunca hubiese sido capaz de llegar a la cima donde posó su bandera de redención el gran maestro universal del proletariado y del comunismo. Igual podríamos decir lo mismo de Trotsky con relación a Lenin. Sin Marx, el marxismo o como se hubiese llamado la doctrina del proletariado, hubiera sido como el celo, una acción de bastante retardo en la sociedad. Sin Lenin, la revolución de octubre de 1917 hubiera sido como el celo, una acción un poco más retardada en la sociedad rusa.


Hablar o escribir –por ejemplo- de capitalismo, de la lucha de clases, de la historia, de economía política, de ideología, de filosofía, de derecho, de socialismo, de comunismo, sin mencionar a Marx, sería como llegar a la conclusión que las aguas nada tienen que ver con las lluvias o como decir que puede existir la vida sin que exista la mezcla gaseosa de oxigeno y nitrógeno, que es el aire que respiramos.


No hay que ir ni muy lejos en el tiempo ni muy profundo en el espacio para, con mucha sencillez, aceptar que Marx es el más grande entre los grandes científicos sociales de todos los tiempos hasta ahora vividos por el hombre. Marx descubrió las cosas más sencillas que jamás y nunca ningún científico social del capitalismo se hubiera percatado dentro de sus realidades, porque había que gozar de un nivel tan altísimo de conocimientos científicos, además de estar convencido de servir a los más sagrados postulados del proletariado mundial, que sólo un sabio como aquel podía hacerlo en un medio de capitalismo desarrollado. Engels dice que a Marx corresponde el mérito de haber puesto definitivamente en claro la relación entre el capital y el trabajo; en otros términos, en haber demostrado cómo se opera, dentro de la sociedad actual, con el modo de producción capitalista, la explotación del obrero por el capitalista. De la misma manera Marx demostró que la historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de la lucha de clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo giran en torno al poder social y político de unas u otras clases sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el poder, y por parte de las ascendentes clases nuevas, para conquistarlo.

Marx, entre tantos científicos sociales que buscaban la esencia de definición de la historia, fue quien descubrió que: 1) la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases.


Lenin dice que: “... Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que imprimió un nuevo impulso a la filosofía. La enriqueció con las adquisiciones de la filosofía clásica alemana, especialmente del sistema de Hegel, que a su vez condujo al materialismo de Feuerbach. Lo más importante de estas adquisiciones es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, más profunda y más libre de unilateralidad, la doctrina de la relatividad de la materia en eterno desarrollo”.

Trotsky nos define la doctrina creada por Marx, como: “… concreta, es decir, que comprende todos los factores decisivos e importantes de una cuestión determinada, no sólo en sus relaciones recíprocas, sino también en su desarrollo. Precisamente, es con este análisis concreto como comienza la política”.


Pudiéramos recurrir a citas de notables marxistas y hasta de distinguidos intelectuales no marxistas, que coinciden en considerar a Marx como una eminencia de la ciencia social. Pero digamos que Marx fue tan grande, pero tan grande que el padre del anarquismo, don Bakunin, con una conclusión profundamente errónea, así lo reconoció, al decir que Marx echaba “... a perder a los trabajadores al sobrecargarlos de teoría”, cuando en verdad lo que hace es dotarlos del instrumento teórico que los libera de la opresión espiritual a que los somete el capitalismo y, además, darle la luz para la lucha por la emancipación de toda expresión de esclavitud material del hombre por el hombre y de clase por otra clase.


Pero dejemos que sea Engels, su gran camarada y colaborador, quien diga ante su tumba la grandeza del más grande entre los grandes de la ciencia social: “El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre. Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca. Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas. Dos descubrimientos como éstos debían bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por eso seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos. Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorwärts* de París, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que añadir un montón de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa. Por eso, Marx era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra”.



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Freddy Yépez


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