Érika Farías y el legado de Maduro

Cambiar el nombre a la autopista Francisco Fajardo es tan importante como recoger a los niños de Sabana Grande, por eso la alcaldesa da instrucciones al consejo municipal para que le cambien el nombre a la autopista, es más fácil que ocuparse de los niños de la calle. La orden superior es dignificar a nuestros caciques al estilo europeo, con epónimos de escuelas, autopistas, montañas y erigirles estatuas. Pero la herencia, el legado heroico se extravió entre el pasado y el presente; nadie se acuerda ni siquiera por qué Guaicaipuro, así como nadie sabe quién fue Francisco Fajardo.

Es posible que el año que viene, cuando Caracas quede reducida a las cuadras originales trazadas por Diego de Lozada, se le cambie el nombre a la ciudad de nuevo por Caracas sin el Santiago de León, se sustituyan los leones de la autopista Guaicaipuro por unos mogotes de bledo, más acorde al pueblucho fantasma que será, de persistir maduro con eso activar las "fuerzas productivas…" con dólares, rematando el país a la voracidad de los "grandes inversores" y de los ladrones llamados "empresarios honestos".

La orden es ocuparse siempre de lo cosmético, de que las plazas se vean bien bonitas, pintar las casas abandonadas, esconder el basurero, hacerle ver al mundo que somos un país amerindio y no americano, así la Gold Reserve se esté llevando el oro, y la Chevrón el petróleo, los chino sean los nuevos dueños de la CANTV, así el arco minero de 111 843,70 km² esté en manos de europeos, asiáticos, africanos y norteamericanos y los pueblos originales estén siendo perseguidos acusados de terroristas y asesinados por la vigilancia militar.

El legado de maduro es ocuparse de tapar la realidad con un nombre. El discurso es como el encantamiento de un hechicero. Para los desprevenidos la palabra del presidente es santa, es más fácil creerle a él que aceptar la realidad y mirar para los dos lados; de eso se trata la resignación, sin fuerza de voluntad por cambiar el hombre es capaz de adaptarse a casi cualquier condición de vida, ¡y mire que hay maneras de maneras de vivir!

En Caracas se ha desarrollado una pandilla espontanea de pequeños delincuentes que deambulan por el boulevard de Sabana Grande y Chacao, son un sub producto de la descomposición social, como los come basura. Hay noticas documentadas de sus fechorías y muchísimos cuentos de asaltos entre niños que no cumplen diez años hasta de quince y más. Uno los ve entre la multitud sin ninguna dificultad, pero, quien no quiere verlos, no los ve.

Por ejemplo, Aristóbulo Isturiz o Elías Jaua nunca los han visto, y eso es malo. Elías fue ministro y no los vio, y ahora Aristóbulo es ministro por segunda vez y no los ve, hay algo en eso de ser ministro de educación que impide al funcionario asentarse en la realidad, como si el monstruo de Salas se los tragara y los convirtiera en una especie de mutantes, es decir, en empleados del ministerio. Se les borra de la memoria sus deberes como ministros, así como los alcaldes sus deberes como alcaldes.

Nombrar a la autopista Guaicaipuro no va hacer que los conductores se comporten mejor ni que los habitantes de Caracas sean más valientes o más revolucionarios, solidaros, que se apiaden de la vida de esos niños abandonados, los cuales afean la ciudad, y afean a todos sus ciudadanos y sus autoridades, pero de indolencia. Cuando se viaja a otras ciudades y uno se maravilla de sus calles y edificios cuidados desde siempre, limpios, sin niños descalzos hurgando de la basura, ciudades como La Habana o Hamburgo, uno sabe que en ellas no hay indiferencia y que hay autoridades preocupadas por la vida de la gente. Pero cuando se pasea uno por Caracas, sobre todo por la parte que no está "bien bonita", uno puede sentir la falta, la desidia, la indiferencia, la ausencia de autoridades civiles; la indolencia o simple ausencia del gobierno central, siendo Caracas la capital del país. Caracas es el reflejo de sus habitantes y de sus autoridades; llámese como se llame Caracas, siempre será así; maquíllese como se maquille todos apareceremos inevitablemente como la ciudad abandonada que somos. La ciudad es espíritu no nombres, cambiar nombres no cambia nada de lo que somos.

Si Erika Farías quiere emular a Chávez debe empezar por reconocer los errores y las traiciones del gobierno de maduro, no mentir ni mentirse, denunciar la venta del país a las trasnacionales, recoger los niños de la calle y mendigos, organizar mejor el servicio de aseo urbano, de agua potable, reformar desde adentro el partido al cual pertenece, defender el socialismo con acciones concretas sin tantos discursos vacuos. ¡Ojalá fuera así de fácil cambiar las cosas y a las personas!, hoy este país fuera perfecto.



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Marcos Luna


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