¿Latinoamérica va hacia la izquierda?

En elecciones limpias y transparentes acaban de ganar las presidencias Ignazio Lula da Silva en Brasil y Daniel Ortega en Nicaragua. Hace ya unos meses ganó en Bolivia el proyecto socialista de Evo Morales, y poco faltó para que pudieran vencer Miguel López Obrador en México o Ollanta Humala en Perú, igualmente candidatos ubicados en el campo amplio de la izquierda. Es muy probable que en pocos días más ganen sus respectivos procesos electorales Alfredo Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela, líderes populares en ambos casos con propuestas anti-capitalistas. ¿Podemos afirmar entonces que toda Latinoamérica está yendo hacia la izquierda? Ahí están Néstor Kirchner, Tabaré Vásquez o Michelle Bachelet para reafirmar la pregunta: ¿gobiernan en Argentina, Uruguay o Chile respectivamente las izquierdas políticas? ¿Qué significa, en definitiva, ser de izquierda el día de hoy?

Después de años de retroceso en el campo de las luchas populares, de dictaduras sangrientas que crearon el terror en toda Latinoamérica y de planes neoliberales de capitalismo salvaje que hicieron perder conquistas sociales históricas, los pueblos parecieran reaccionar y salir de una larga noche. Los candidatos de izquierda se suceden, y luego de años de silencio se vuelve a hablar, con timidez aún, pero con miras a poder seguir levantando la voz, de socialismo, de antiimperialismo. La Revolución Bolivariana que tiene lugar en Venezuela es, sin dudas, una fuente de inspiración en todo ello, habiendo abierto nuevamente esperanzas que parecían dormidas. La idea de una nueva integración latinoamericana en función del provecho de las grandes mayorías comienza a dibujarse en el horizonte.

Si bien hoy día, caído el bloque soviético y con un gran retroceso en las izquierdas, hay aún mucha reticencia en retomar valores socialistas, pareciera que en toda Latinoamérica estamos viviendo un proceso de “desempolvamiento” de esos ideales. Probablemente no para repetirlos; de hecho se ha puesto en marcha un proceso de autocrítica y al calor de la experiencia venezolana se comienza a hablar de nuevos modelos, de socialismo del siglo XXI que, aunque aún no esté muy claro qué es y hacia dónde va, en lo fundamental se plantea no repetir los mismos errores de las primeras experiencias socialistas del pasado siglo. Ante todo ello, a partir del mapa político que se va dibujando en la actualidad en el continente, podríamos estar tentados a decir que los pueblos se rearman y retoman banderas históricas de lucha. ¿Vamos nuevamente hacia triunfos socialistas? ¿Están de vuelta las izquierdas?

Sí y no.

Las pasadas décadas, en toda la región, estuvieron marcadas por el triunfo absoluto de políticas conservadoras basadas en la destrucción de los Estados nacionales y la super explotación de los trabajadores, lo cual dio como resultado una polarización extrema entre ricos y pobres a lo interno de todos los países, y una posición de creciente debilidad en la relación de esos países con el Norte que impuso las reglas de juego, creando pesadísimas deudas externas que tendrán amarrada a toda América Latina por años. El resultado de estos años de capitalismo salvaje post Guerra Fría es un atraso económico y político desesperante para los pueblos de la región, asentado en un terror instaurado a punta de dictaduras sanguinarias que han dejado una gran desmovilización política y laxitud ideológica. Pero pese a ese panorama sombrío, la memoria histórica no ha muerto, y luego de años de silencio, esos mismos pueblos sojuzgados y empobrecidos retoman sus luchas. Las retoman desde distintos ámbitos, con distintos intereses, con proyectos de los más variados: desde el pedido de reformas agrarias hasta la protesta de los desempleados que dejaron los planes de privatizaciones furiosas, desde la lucha por los derechos humanos ante las dictaduras hasta las movilizaciones de colectivos sociales con sus especificidades como las reivindicaciones de género o de minorías étnicas excluidas, desde los reclamos por vivienda hasta las movilizaciones en torno a la inseguridad pública. Después de años de silencio forzado, los pueblos vuelven a sentirse protagonistas y toman la palabra. Y cuando han tenido la oportunidad de expresarlo en las urnas, en estos últimos años –con fuerza creciente– optan por propuestas populares, progresistas. En ese sentido podríamos decir que, definitivamente, las izquierdas están de regreso.

Pero mucho más aún que candidatos en la esfera política formal, lo que está de regreso es la movilización de esos sectores populares por años reprimidos. Si realmente asistimos a un renacer de las izquierdas, es básicamente porque los pueblos oprimidos han ido perdiendo el miedo de estos años de terror y guerras sucias comenzando a movilizarse nuevamente: los movimientos indígenas, los “sin tierra”, los “piqueteros” son la savia de este despertar que parece extenderse por todo el continente.

Como siempre, no es fácil hacer coincidir –o más bien existe un crónico desfase entre– la movilización de las grandes masas y su dirigencia. Cuando ello sucede, la historia da pasos de gigante, como es el caso del actual proceso que vive Venezuela. Pero dado que eso no es la norma dominante, asistimos a una movilización popular creciente en toda Latinoamérica que no siempre encuentra el adecuado cauce político para transformar la realidad. Muchas veces esa gran energía espontánea muere en la movilización pero no logra cambios reales y sostenibles en las estructuras de base. Sin embargo, queda claro que hoy, en toda la región, están teniendo lugar procesos de movilización que eran impensables años atrás, luego de las feroces represiones y los planes privatizadores. Las luchas nunca terminaron, pero los años de terror en los 80 y 90 silenciaron –a golpe de desapariciones, cárceles clandestinas, torturas– todas esas formas de protesta. Y las expresiones políticas más avanzadas de esas movilizaciones populares –grupos guerrilleros, sindicatos combativos, asociaciones campesinas– quedaron diezmadas estas décadas a causa de esas guerras sucias, guerras “de baja intensidad”, que vivieron todos los países, y donde la mano de Washington fue definitoria.

Si algo retorna hoy día es la evidencia de las causas que originan tanto malestar social, es decir: las infames diferencias de clase que nunca desaparecieron, pero de las que no se habló por años, aturdidos por el peso de las políticas neoliberales y por la represión sangrienta que sufrió el campo popular. Esas causas una vez más son puestas sobre la mesa, son llamadas por su nombre; y ahí está la movilización popular de una punta a la otra de toda Latinoamérica evidenciándolo. La historia no había terminado. Por tanto, el socialismo, como expresión de esas luchas, como aspiración a un nuevo modelo social con mayor equidad, ¿por qué iba a desaparecer?

Ahora bien: ¿se puede afirmar en forma convincente que regresan las propuestas socialistas en el continente?

Para las derechas –tanto las oligarquías nacionales en cada país como para la casta dirigente en Estados Unidos, expresada hoy día por la administración republicana con su proyecto de hegemonía planetaria e ideales ultraconservadores– están prendidas las luces rojas de alarma. Cualquier cosa que huela a movilización popular los preocupa, obviamente. De todos modos, más allá de esa reacción visceral de las clases dirigentes, hay que ser mesurado en el análisis de lo que está sucediendo a nivel político en estos procesos electorales.

Sabido es que la democracia parlamentaria, la democracia representativa de todos los países con economía capitalista, no pasa de pura formalidad vacía. Las clases desposeídas lejísimo están de contar realmente en las relaciones de ese poder palaciego. Ejercer el voto cada unos cuantos años es parte también de la manipulación ejercida por las clases dominantes, tanto como la represión feroz o la dictadura mediática con que controlan a los oprimidos. La historia demuestra que es casi imposible transformar revolucionariamente una sociedad en los marcos de esas democracias formales. Numerosos ejemplos lo atestiguan: Jacobo Arbenz en Guatemala, Salvador Allende en Chile, Jean Bertrand Aristide en Haití; ¿hasta dónde podrá llegar Evo Morales en Bolivia? –intentos para desestabilizarlo no faltan–. Cuando algún “rojo” se le escapa al poder y llega a una presidencia por vía electoral, si molesta demasiado es prontamente removido. El poder, queda fehacientemente demostrado, pasa a años luz de las urnas. Y el caso venezolano es algo único, digno de ser estudiado (y si se pudiera: repetido).

Entrado el siglo XXI y muy golpeadas las distintas experiencias de construcción socialista habidas en la pasada centuria, no parece pertinente seguir recorriendo los mismos caminos que llevaron a la izquierda a situaciones sin salida en América Latina. La vía armada no parece posible hoy, debilitado el campo popular y sin un bloque soviético que pueda jugar como reaseguro final. ¿Qué experimentar como proceso político transformador entonces? Es ahí que aparecen en escena las democracias representativas; también las estructuras políticas de los Estados nacionales capitalistas pueden ser una trinchera desde donde dar la batalla. Pero no se debe perder de vista que esos Estados, justamente, son los mecanismos de opresión de clase, y la experiencia muestra –trágicamente, por cierto– que es imposible transformar las relaciones de poder dentro de esos marcos. El caso de la Revolución Bolivariana, la “revolución bonita” que se impuso sin disparar un solo tiro, es un caso singular, y abre la pregunta de cómo irá solidificándose en tanto socialista.

Los triunfos presidenciales en algunas elecciones que vemos van teniendo lugar en estos últimos años –y en estos días pasados los de Brasil y Nicaragua– pueden despertar simpatías en la izquierda. Pero debemos ser cautos. Bienvenidos esos triunfos, sin ningún lugar a dudas. De todos modos no hay que perder de vista el contexto general: Lula ya fue presidente por un período, y no haber podido conseguir la reelección en la primera vuelta indica el sentir de las masas brasileñas. Si se esperaba la “revolución” en Brasil con el triunfo del Partido de los Trabajadores, ello no se dio (seguramente nadie la esperaba con convicción, claro está). Ahora, ante la posibilidad del triunfo de un candidato conservador, gana esta segunda vuelta con amplia mayoría. ¿Triunfó la izquierda en Brasil? Obviamente no. Triunfó la propuesta “menos antipopular”, pero no la izquierda.

Lo mismo podría preguntarse para el caso nicaragüense: ¿triunfó la izquierda con la victoria electoral de Daniel Ortega? Triunfó un candidato menos neoliberal que todos los otros, y que probablemente traerá una administración con alguna preocupación por lo social; pero el Frente Sandinista que en enero próximo asumirá el poder ya no es el movimiento guerrillero de hace 27 años que desalojó a un dictador y comenzó a construir una segunda Cuba. No lo es porque la coyuntura mundial es otra –hoy día nadie puede levantar la política de confiscaciones, por ejemplo, y hoy quien manda mucho más que hace tres décadas son los organismos crediticios de Bretton Woods– y porque la autocrítica y la democracia a lo interno del partido no vinieron nunca, lo cual lo distancia de una genuina propuesta revolucionaria (los pactos de la dirigencia sandinista con el ex presidente Alemán son un hecho vergonzante; y ni digamos la “piñata” cuando perdieron las elecciones a fines de 1989 que los transformó en “nuevos ricos”).

En todo caso, los estrechos marcos de estas democracias representativas, vacías y puramente cosméticas, no dan mayor pie a verdaderas transformaciones sociales; sí podrá haber, como de hecho lo hubo en Brasil, o en Argentina, políticas con alguna preocupación social, programas asistenciales, más respeto por los derechos humanos. Pero no se pueden pedir peras al olmo. ¿Alguien piensa que efectivamente nos enrumbamos a una construcción socialista ganando una presidencia con las pesadas deudas externas que afrontan esas administraciones?

El único camino para cambiar las actuales relaciones sociales sigue siendo la amplia movilización popular. De todos modos, es un hecho de gran importancia que se sucedan candidatos más a la izquierda que los que gobernaron décadas pasadas. ¿Preferimos las dictaduras de años atrás entonces? Obviamente no. La acumulación de fuerzas para los cambios revolucionarios siguen; el triunfo de estos candidatos con pasados de izquierda pero bastante atados de pies y manos hoy, amistosos con Washington y más preocupados por la foto que por los cambios reales, no deja de ser buena noticia. Es un paso más en una lucha que continúa. Sería tonto despreciarlos y no considerarlos como un avance; pero la izquierda no se construye ganando una elección presidencial. La izquierda sigue estando abajo, en la movilización popular, en la nueva conciencia social, en la organización de los oprimidos. El caso venezolano puede ser una fuente de inspiración: ahí se tiene ganada la estructura de gobierno, pero falta aún tener todo el poder popular. Y la dirigencia es conciente de ello; por eso sigue adelante con su proceso de transformación transfiriendo poder a las bases y preparándolas militarmente para defender su revolución de ser necesario.

No podemos decir con aire triunfal que la izquierda está ganando en América Latina, pero sí que las luchas sociales siguen, y que los pueblos no han terminado su historia. Elegir los “menos malos” en un proceso electoral es un paso; no suficiente, pero necesario.


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Marcelo Colussi

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