Ta Tecla Fértil

Roma, un acertijo para el Cono Sur

Las reformas políticas, han llevado a Roma, (Italia), hacia un nuevo paradigma ideológico, donde debe jugarse cartas claras que le permitan a los ministros, parlamento y presidente llegar a convenios, donde la economía italiana no sea vea perjudicada y los estatutos oficiales, dados por La Constitución sean respetados. La idea es formar un nuevo gobierno, sin prejuicios y, sea quien fuere, le de continuidad al gobierno y a los nuevos impulsos macroeconómicos dados por la industria y los campesinos.

El secretario general del oficialista Partido Democrático, Matteo Renzi, no descartó que el actual primer ministro italiano Paolo Gentiloni, pueda seguir en su cargo tras las elecciones del próximo 4 de marzo, que renovarán las dos cámaras del Parlamento para formar un nuevo gobierno.

"El premier lo decidirá el presidente de la República, pero alguien que ha estado de primer ministro como Gentiloni está claro que podrá jugar sus cartas también en el futuro"; aseguró Renzi

Renzi abandonó su cargo en diciembre de 2016 tras perder un referéndum sobre la reforma constitucional que había impulsado y fue inmediatamente sucedido por Gentiloni, hasta entonces su canciller, en un gobierno de total continuidad con el que había iniciado el político florentino dos años y medio atrás.

El 4 de marzo, Roma, renovará las 630 bancas de Diputados y las 315 del Senado para dar forma a la XVIII Legislatura del país, que desde el 23 de ese mes deberá iniciar la formación de un nuevo gobierno.

Según la ley electoral que debutará en estos comicios, la "Rosatellum bis", el presidente italiano Sergio Mattarella encargará la formación de gobierno a la fuerza o coalición que tenga al menos el 40% de los votos dentro de cada cámara.

Las últimas encuestas publicadas antes de la veda que inició el fin de semana ubican a la alianza de centroderecha que encabeza la Fuerza Italia de Silvio Berlusconi como la gran favorita, aunque aún hay diferencias entre los sondeos sobre si llegará o no al umbral del 40%.

En segundo lugar, la suma de los partidos de centroizquierda, entre ellos el PD, quedaría lejos de poder un gobierno mientras que el Movimiento Cinco Estrellas, que no forma parte de ninguna coalición, quedaría relegado al último lugar del podio.

En ese marco, Renzi planteó anoche que "la estabilidad del país no vale un acuerdo con los extremistas", rechazando un posible acuerdo de "gran coalición" o de "unidad nacional" que integre a la Liga Norte, aliada de Berlusconi desde la extrema derecha.

 En esta ocasión y por primera vez en la historia de la República (60 años), también eligen sus representantes los italianos que viven fuera de la Península, los ciudadanos de la "Otra Italia". Se trata de más de cuatro millones de personas, habilitadas formalmente para votar, que habitan en los más variados países del mundo y que conforman una nueva región italiana, además de las veinte en que se divide la Península: La región "estero" (exterior).
 

Está dividida en cuatro circunscripciones electorales, entre las cuales, la nuestra, América Meridional-Sudamérica, integrada por nueve países; el más importante de ellos, la Argentina y Venezuela.

Los italianos, solo piensan en progresar y estar fortalecidos en un bienestar común.

Siempre, Roma y Grecia han sido ciudades parlamentarias y presidencialistas, por lo que implica una sola estructura y filosofía política, donde se busca a través del voto, un esfuerzo para hacerse sentir con el resto del mundo.

Para esta nación europea, es vital la estructura diplomática, las asociaciones y federaciones vinculadas con la colectividad. De allí que su mundo parlamentario, siempre ha sido coherente por su espacio político coherente.

 No existe el parlamentario independiente, en Italia; todos son dependientes de coaliciones, de estructuras partidarias. Todo, está muy claro: el ejecutivo se va  a sentar con la centroderecha, con la Democracia Cristiana, con el centro de la política italiana.

La estructura política italiana se maneja por bipolaridad de coaliciones y no un clásico bipartidismo. La coalición de centroderecha está integrada por la UDC, por Forza Italia, por Alianza Nacional y por la Liga Norte, entre otros. Filosóficamente, tienen claro que la UDC es un partido de centro, cristiano y moderado, que cogobierna Italia, desde hace 5 años, con otras fuerzas de centroderecha.
 El otro, gran proyecto, es que la RAI se reubique en la grilla principal de televisión en Sudamérica y así se convierta en una herramienta de difusión de la cultura italiana y sirva, además, de ventana para que los italianos de la Península  vean y escuchen; es decir, transmitir también, desde la Argentina y  Venezuela hacia Italia, programas vinculados con los hechos de los italianos en esta parte del mundo. Otro proyecto es desburocratizar los trámites para obtener la doble ciudadanía y, a su vez, crear un marco económico para las inversiones, incrementando el intercambio entre fuentes de energía y medio ambiente.

 La intención es promocionar la iniciativa privada a través de créditos para inversión tecnológica y la creación de microemprendimientos. Todo lo expresado, abre una puerta a un futuro en el cual une los lazos culturales, económicos y sociales de Italia con el Cono Sur, todos, estos lazos, serán transformados y fortalecidos,

Se ha consolidado el mito de una Italia ingobernable. Las confusas elecciones legislativas del próximo domingo 4 de marzo acentúan esa percepción. Italia vuelve a ser un país difícil de leer. La competición entre populismos de distinto signo es la nota distintiva de una campaña electoral con algunos brotes de violencia en las calles. Italia nos habla estos días del fuerte desgaste del consenso social cuando el Estado ya no puede gastar más y a duras penas es capaz de mantener las prestaciones pactadas. Parece que han encontrado un chivo expiatorio para desviar la ira de la gente: la inmigración. En España ese papel lo desempeña Catalunya.

Los romanos, desean despejar el camino. ¿Es Italia un país ingobernable? Mucho menos de lo que parece, puesto que desde 1946 siempre ha mandado el gen democristiano. El partido de las familias modestas que se acaban de comprar un frigorífico y están ahorrando para tener un coche, según explica Aldo Moro a sus secuestradores de las Brigadas Rojas en la película Buenos días, noche, de Marco Bellocchio. El partido de las clases medias tradicionales. El partido del Papa. El partido de los chanchullos. El partido de las mil caras.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial siempre ha habido democristianos en el Consejo de Ministros y el parlamento. En Venezuela, los socialcristianos gobiernan con el presidente, Nicolás Maduro Moros. El papá del fallecido presidente, Chávez, Hugo de Los Reyes es un alto dirigente copeyano, aunque milita en el viejo partido fundado por su hijo, el Psuv.

A todo aquel que tenga un mínimo de memoria histórica no le costará nada reconocer que las próximas elecciones que tendrán lugar el 4 de marzo en Italia pueden ser consideradas, de manera legítima, como las peores de la historia del país. A pesar de haber sufrido varias décadas de deriva oligarca, el «Belpaese» nunca había sido testigo de una campaña electoral tan insípida, chabacana y exenta de referencias. En los programas de debate televisados, la avalancha de promesas y las ásperas reacciones entre los pretendientes al gobierno esconden una ausencia de ideas desconcertante, cuando no es el relativo consenso entre ellos lo que choca al espectador.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial siempre ha habido democristianos en el Consejo de Ministros. Suya fue la dirección del país entre 1946 y 1992. Los gobiernos cambiaban constantemente, pero nunca hubo inestabilidad. Los cambios obedecían a la debilidad orgánica del poder ejecutivo en la Constitución de 1948, al constante ajuste de equilibrios en el interior de la Democracia Cristiana y al reparto de papeles entre esta y sus aliados menores: los tres pequeños partidos laicos (Liberal, Socialdemócrata y Republicano), y finalmente, el Partido Socialista de Bettino Craxi. Actuaba de contrafuerte el mayor partido comunista de la Europa Occidental.

La desaparición de la URSS rompió la lógica defensiva de la Primera República y el proceso Mani Pulite –que estalla en aquel momento, no antes– dio paso a una confusa Segunda República que no acaba de estabilizarse porque se han debilitado los viejos mecanismos de consenso: gasto público, clientelismo masivo y sindicatos muy fuertes.

Silvio Berlusconi ha actuado siempre como vector democristiano

La DC se partió en varios trozos en 1992-93, ante la indiferencia de Juan Pablo II, más interesado en la Europa del Este que en las conspiraciones romanas. El gen democristiano se tuvo que espabilar. Silvio Berlusconi ha actuado siempre como vector democristiano. Ganó en 1994, ocupando el vacío de la DC, ante la posibilidad de que los comunistas reformados se hiciesen con el poder mientras se disolvía el bloque soviético. El gran antagonista de Berlusconi, Romano Prodi, es un veterano tecnócrata democristiano que ocupó importantes cargos al frente de la industria estatal en los años setenta. El excomunista Massimo D’Alema gobernó dos años vigilado por los católicos progresistas. El impetuoso Matteo Renzi –quizá el gran perdedor del próximo – es hijo de la Democracia Cristiana. El actual primer ministro, Paolo Gentiloni, noble romano de juventud izquierdista, ya se comporta como un patricio de la DC. No molesta a nadie y es el mejor valorado en los sondeos.

Los jóvenes contestatarios de los años setenta decían medio en serio, medio en broma: “Moriremmo tutti democristiani”.

Las perspectivas son desmoralizantes. Un magnate octogenario salpicado por múltiples escándalos –tanto políticos como judiciales– se dispone a ganar las elecciones una vez más, incluso si no podrá ser nombrado en el Parlamento ya que una ley le impide presentarse directamente a esta cámara. Silvio Berlusconi es como el ave fénix: renace de sus cenizas cada vez que se le da por muerto. Se ha aliado con el lepenista Matteo Salvini (que hasta ayer quería dividir Italia en dos y ridiculizaba a los meridionales) y otros sarpullidos post-fascistas. No obstante, estas fuerzas políticas nunca habían tenido programas tan divergentes, lo cual provoca tensiones en la coalición del «centro-derecha». 

Por otra parte, el centro-izquierda se encuentra acorralado. El Partido Demócrata está pagando la poca clarividencia de su líder que, con apenas cuarenta y cinco años, está ya quemado por culpa de una fogosidad y de una insolencia que han hecho que gran parte de los electores no lo soporten. Si bien es cierto que Emmanuel Macron ha mostrado poseer un talento fuera de lo común para encajar las críticas de sus adversarios y sacarles partido, Matteo Renzi ha conseguido distanciarse de todo el mundo. En cuanto a las ramificaciones del PD –Piu Europa, Insieme y Civica popolare–, compuesto de pequeños grupúsculos electorales formalmente independientes, acumulan pocos puntos en los sondeos. 

El Movimiento Cinco Estrellas (M5S), por su parte, fluctúa en torno al 30%. Un resultado así le valdría el puesto de primer partido italiano, pero sería solamente segundo con respecto a la coalición de centro-derecha y con muy pocas posibilidades de formar un gobierno. El movimiento se ha quedado huérfano sin su fundador: el humorista estrella Beppe Grillo, manifiestamente retirado actualmente. El movimiento ha elegido como mascarón de proa a Luigi Di Maio, un arribista del ala derecha del movimiento que no ha tardado en deshacer las contadas buenas ideas que proponían en su tiempo los «grillini». Ahora, ha hecho suya la retórica sobre la necesaria política de austeridad y la reducción de los gastos del Estado italiano. 

En caso de que el centro-derecha no obtenga la mayoría, los sondeos apuestan por una gran coalición entre el octogenario Berlusconi y Renzi

¿Y la izquierda? Su ausencia en el juego político y en los contextos post-electorales revela hasta qué punto los herederos de una página gloriosa de la historia de Italia son insignificantes. La izquierda más influyente del continente en su momento resulta prácticamente inexistente hoy por hoy. En la rama izquierda del PD, se ha formado un grupúsculo electoral bautizado «Libres e Iguales (LeE)» cuyo fundador es Massimo D’Alema. El D’Alema de las privatizaciones, de la flexibilidad laboral y de los tratados europeos... A fuerza de arrastrar los jirones del Partido Comunista Italiano hacia un neoliberalismo cada vez más evidente, D’Alema y los suyos se han topado con contrincantes más hábiles que ellos y, marginados dentro del partido, han salido del paso intentando darse una imagen de progresistas. Sin embargo, sus pretensiones continúan siendo las de un centro-izquierda tradicional, condenado a un credo neoliberal mal disfrazado: todo el mundo sabe que un PD depurado de la influencia de Renzi les haría regresar al redil.

¿Y qué decir de Potere al Popolo [Poder para el pueblo] ? Si queremos ser objetivos, lo único que podemos reconocer es que esta nueva formación ha sido establecida por un grupo de jóvenes napolitanos que han llevado a cabo loables acciones de mutualismo y de lucha social a nivel local. No obstante, los méritos de esta formación se quedan ahí. A pesar de haber incluido la palabra pueblo en el nombre de su partido, estamos muy lejos de la estrategia populista que subyace al éxito de Podemos y de La France Insoumise (Francia insumisa).

Las perspectivas de esta nueva formación no dejan de ser una simple convergencia de luchas desde abajo aunque Italia no haya conocido ningún movimiento digno de este nombre desde hace mucho tiempo. El llamamiento a las luchas se produce, por lo tanto, sobre todo por arte de magia. Potere al Popolo reproduce los errores sistemáticos de la izquierda italiana: en cada mínima manifestación sindical se entona la frase «Debemos volver a empezar a partir de aquí» ; sin que se defina nunca un rumbo claro y sin establecer el perímetro de estos encuentros. Potere al Popolo está impregnado de la cultura minoritaria, que aflora en cada esquina: el movimiento proclama que no tiene importancia no alcanzar el 3% de los votos necesarios para entrar en el parlamento (y por ahora ni se acercan ya que el partido parece estar estancado por debajo del 1%); y las acciones llevabas acabo continúan siendo las mismas que las de los militantes tradicionales que se encuentran actualmente bastante dispersos y cuyas perspectivas resultan poco atractivas para un electorado heterogéneo. Este cuadro lo completan una parafernalia de frases veleidosas, de puños alzados, de ridículos alardes de radicalismo y de pureza ideológica gritada a los cuatro vientos.

En resumidas cuentas, Italia todavía parece no haber madurado lo suficiente para dar nacimiento a una fuerza política progresista capaz de aunar aspiraciones transversales y de existir fuera del espectro del PCI, al mismo tiempo que desbarata la estrategia populista del Movimiento Cinco Estrellas, que ha conseguido articular bastantes aspiraciones y seducido a gran número de electores de la izquierda. Lo paradójico es que estas elecciones desvelan hasta qué punto la esfera política italiana es un cadáver abandonado y que, por consiguiente, existe una oportunidad para crear tal proyecto. Italia lo necesita urgentemente.



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Emiro Vera Suárez


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