Éxitos políticos, desastre económico y social

Si, hablando maquiavélicamente, el éxito político es el logro del poder, su conservación y ampliación, el gobierno del presidente Maduro es exitoso. Efectivamente, ha neutralizado los avances del adversario y evitado varios posibles eventos de desplazamiento del poder: desde las amenazas múltiples de remoción del entonces presidente de una Asamblea Nacional mayoritariamente opositora, desde el momento mismo de su elección (una de las pocas derrota del record de Maduro), pasando por movilizaciones para activar un referendo revocatorio (mecanismo democrático participativo, una de las principales innovaciones de la Constitución de 1999) y hasta intentos de rebelión, insinuaciones de insurrecciones, con violencia focalizada en algunas urbanizaciones de clase media del país. Igualmente, el presidente y su equipo han sido hábiles para revertir a su favor, mediante el obvio recurso propagandístico del nacionalismo y el antiimperialismo, las amenazas y denuestos de Trump, la Unión Europea, Almagro y los gobiernos latinoamericanos de derecha. Por otro lado, la incoherencia y (¿cómo llamarlo?) estupidez estratégica de la oposición, han sido ayuditas de gran valor.

Aunque en la “instancia económica” (como dicen algunos marxistas) también se juega el poder (es decir, la capacidad de hacer que el otro haga o no haga lo que nosotros queremos), el éxito se observa de una manera diferente. En el caso de un gobierno, que tiene un desempeño macroeconómico, se tienen medidores conocidos (algunos censurados hoy en día): P.I.B, valor dela moneda, balanza comercial y fiscal, inflación, abastecimiento, productividad, inversión, empleo, etc. Todos estos indicadores muestran que nos encontramos ante un fracaso con carices de desastre.

De tal manera que nos encontramos con una situación curiosa, desconcertante, esquizoide, de un éxito político acompañado de un desastre económico. También los indicadores en los temas sociales (salud, educación, etc.) provocan alarmas a cualquiera. Menos mal que muchos también están censurados. La razón de ese “blackout” informativo, son obvios, son políticos.

Es sólo la constatación de un hecho, el contraste entre lo político y lo económico, que no debiera ser discutible, pero ya me imagino las objeciones. Por una parte, habrá voces que nieguen que haya habido éxito político porque, por ejemplo, se impuso un organismo de Partido como un gobierno de facto por encima de todas las instituciones organizadas por la Constitución que, supuestamente, sigue vigente, mientras no se apruebe otra. Esto, por supuesto, configura una situación no democrática porque las instituciones más democráticas no han funcionado: el referendo, unas condiciones de convocatoria y electorales de la Constituyente adecuadas al texto constitucional y al principio de progresividad de los derechos, un árbitro electoral evidentemente parcializado, etc. Al ir más allá de la tara particular de redactar una constitución, la ANC se ha convertido en un gobierno de excepción, dictatorial en el sentido clásico del término, el que le daban los antiguos romanos, gobierno por encima de la ley para afrontar situaciones excepcionales, no las agencias gringas de información. Todo esto es cierto, pero no van al punto. Estamos hablando maquiavélicamente, que es como, tanto el gobierno como la oposición, han entendido todo este juego: el gobierno sigue ahí, como el dinosaurio del conocido minicuento. Y en este sentido, tenemos que aceptarlo: el gobierno ha sido exitoso.

Las otras objeciones se referirían a que la economía depende de la política, o que la política es prioritaria sobre lo económico. Quizñas haya compañeros que lo llamarán a uno “economicista”, precisamente porque afirmamos que hay una incongruencia, una contradicción, un contraste entre el desempeño específicamente político y el económico. Habría que aclarar diciendo que, el que esto escribe, considera que, efectivamente, el desempeño económico es parte de la política y que un país próspero, productivo, con empleo, creciendo e inventando, tiene posibilidades de agregar un máximo de felicidad posible (término utilitarista que Bolívar se copió de Bentham, y Chávez se copió, a su vez, de Bolívar)a la población, y por ello gana políticamente más estabilidad y respaldo. Pero esta relación es precisamente la que no se da en Venezuela, lo cual habría que explicar. El otro sentido, digamos maoísta y hasta guevarista, de la prioridad de la política sobre la economía, pudiera discutirla en otra oportunidad. En realidad, esa noción maoísta ni los chinos (ni los cubanos, sea dicho de paso) la toman en cuenta, así que … Como nota curiosa: hay compañeros que creen que asuntos tales como el control de precios, el control de cambio, los subsidios, un gasto oficial abundante, etc. y demás medidas y comportamientos, forman parte de alguna ortodoxia “revolucionaria”, con lo cual demuestran, aparte de falta de estudio, una concepción política delirante que pone al Che Guevara a decir cosas de Keynes. Así estamos.

Mencionar algunos de los mecanismos políticos que ha usado el gobierno para lograr esta incongruencia maquiavélica-keynesiana, puede ayudar a entender un poco lo ocurrido: a) aprovechar las incoherencias y estupideces tácticas y estratégicas del adversario, para alimentar la ideología (recordar que la ideología es un sistema de justificación de la dominación) de “si no es Maduro, es la nada”, “con el adversario, nunca”, “hay una sola contradicción principal Maduro/imperialismo”, “la oposición es terrorista quemagente”, “son los herederos del Comandante eterno”, “no hay propuesta alternativa”; b) montar y perfeccionar un aparato clientelar de distribución de alimentos desde el estado, administrado por organismos de partido para el control y movilización política; c) la presión sobre los funcionarios públicos; d) la polarización extrema que invisibiliza las terceras y cuartas opciones (que las hay, aunque usted no lo crea); e) la incomodidad de romper con el grupo de referencia, amistades, camaradas; la compensación simbólica de estar con el que siempre gana, f) el ventajismo de controlar el CNE, etc. Pero la incongruencia sigue allí.

La esquizofrenia cotidiana de mentar la madre por los precios y, luego, apoyar al candidato del gobierno, muestra el surgimiento de una “nueva cultura política”. En la frase podemos estar de acuerdo con el presidente. Hay un sector importante de la población que se ha politizado de tal manera que más pesa un argumento propagandístico, ideológico, político, que una vivencia propia. Esto es cierto; pero, por otro lado, indica que hay una procesión que se ve porque va por dentro. Hay un malestar que de un momento a otro se manifestará con algo: fiebre, expresiones por las redes sociales, agrupamientos, posibles radicalizaciones a la izquierda del gobierno (lo que algunos constituyentistas han llamado “infantilismo” de pedirle a la ANC que baje los precios).

Por supuesto que la oposición ha sido derrotada en el round de las regionales. Sobre todo porque, como de costumbre, alimentaron unas expectativas por encima de lo razonable. Pero hay dos o tres hechos que sólo podemos constatar aquí: la crisis económica sigue, el gobierno no ha hallado una solución, y el malestar crece.

Tal vez los adecos, viejos zorros, estén esperando en la bajaita.

 

 



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Jesús Puerta


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