¿Se agota la Revolución Latinoamericana? (IV)

En nuestro tercer artículo de esta serie dijimos: “En el caso venezolano, hay síntomas de una concepción utilitaria y/o clientelar de las organizaciones populares, una burocratización evidente de los partidos revolucionarios, señaladamente del partido fundado por Chávez, el PSUV, una separación física de los problemas del pueblo (en las colas del desabastecimiento están más presentes con sus mensajes las fuerzas de la derecha que las revolucionarias, más pendientes estas de mirarse al ombligo y mostrarse en televisión, o en tarimas que coronan actividades sectarias) Hay una situación de peligroso narcisismo político en el chavismo que le dificulta la función autocrítica”. Desmenucemos un poco estas ideas.

El tema de la construcción del Poder Popular tiene carácter estratégico, si de verdad se trata de suplantar el sistema capitalista y avanzar con paso firme hacia la democracia verdadera, la democracia participativa y protagónica. Esto no es un asunto que pueda decretarse, por supuesto. Aun correrán muchas aguas bajo los puentes, muchos años, quizá siglos, hasta alcanzar y consolidar una democracia de ese tipo, si es que acaso lo logramos, nada es seguro. No se trata solo de un problema político puro, en él inciden demasiados atavismos culturales, que son quizá los más difíciles de erradicar. Pero tampoco será un proceso que pueda dejarse a la generación espontánea. En Venezuela, la Constitución Bolivariana, de la mano de Chávez, incorporó este tema fundamental, eso fue un paso. Después se ha venido desarrollando distintos intentos de conformación de organizaciones populares con disímiles grados de éxito (y de fracaso).

Algunas políticas esporádicas vinculadas supuestamente a la transferencia de poder político al pueblo organizado han terminado siendo actividades más propagandísticas que otra cosa, sin continuidad, espasmódicas y, sobre todo, sin trascendencia más allá de ciertas decisiones administrativas, algunas de ellas importantes, sin duda, que han culminado con logros concretos. Pero no han servido para que se le dé tal continuidad a la participación política duradera y al protagonismo permanente del pueblo. Ejemplo de ello son el “parlamentarismo de calle”, el “gobierno de calle” y el “parlamento comunal”.

Existe una contradicción difícil de salvar entre el carácter convencional y funcional del partido hegemónico de vanguardia, el PSUV, y la construcción del Poder Popular. Ha ocurrido lo que pasó a pocos años de triunfar la Revolución de Octubre en Rusia, cuando el partido bolchevique en algunos casos colonizó, y en otros desplazó, a los soviets (consejos) de obreros, campesinos y soldados, convirtiéndolos en una especie de decorado de un gran espectáculo “socialista”. Esto puede servir de referencia a otros partidos de izquierda latinoamericanos.

En otro orden de ideas, el PSUV ha terminado siendo una eficiente maquinaria de movilización política militante, pero alejada de la inmensa mayoría del pueblo, en buena parte por su carácter sectario y excluyente. Desde hace mucho tiempo hemos criticado el excesivo “enrojecimiento” del PSUV, su incapacidad de amalgamarse con el pueblo tanto en el nivel simbólico como en el nivel físico. Esto no aparecía como un gran problema cuando estaba en su apogeo el gran liderazgo envolvente de Hugo Chávez, pero ahora, después de fallecido el Comandante, se ha hecho mucho más evidente. Alguna vez criticamos directamente a los camaradas de un punto rojo (kiosco propagandísticos del partido) en Caracas, ubicado frente a varios edificios residenciales, donde se lo pasaban todo el día con canciones, perifoneos, fragmentos de discursos de Chávez proyectados a todo dar con poderosas cornetas. Les dijimos que en ese conjunto de residencias habría mujeres recién paridas, enfermos, ancianos, gente que trabaja en el hogar en tareas que requieren cierto grado de concentración (maestros corrigiendo exámenes, por ejemplo) y que probablemente algunos de ellos, con un nivel de conciencia política no muy alto, lo pensarían dos veces antes de votar por quienes perturbaban todos los días durante meses su vida cotidiana.

Otro ejemplo del sectarismo chavista lo vivimos, y lo criticamos en su momento, antes de las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre. Mientras el pueblo languidecía en las largas colas para acceder a los alimentos, a las UBCH (organismos de base del partido) se le encomendó trabajar en una fantasía llamada el 1x10, por medio de la cual cada militante debía inscribir en unas planillas a supuestos chavistas que votarían por el PSUV en las elecciones del 6D. El pueblo abandonado en las colas y nosotros llenando planillas burocráticas y además falsas: la mayoría anotaba allí cualquier cosa para cumplir con el partido y los nombres se solapaban para construir una ficción de éxito. El día antes de las elecciones, la dirección del partido anunció con bombos y platillos que se habían inscrito 8.000.000 de patrulleros en las planillas de marras, una falsedad que quedó demostrada con los resultados electorales. Esto es lo que se llama gastar pólvora en zamuro y errar el tiro por todo lo alto.

Por supuesto, nosotros no vamos a pontificar sobre cuál es el partido de vanguardia que se debe construir, no es algo tan fácil de establecer. Solo planteamos que una prueba más de la burocratización del PSUV es que estos temas no se debaten, así como casi ningún otro relativo al carácter, la organización y las tareas del partido en esta etapa. Es un partido vertical con muy poca democracia interna. Ya sabemos que el solo derecho a votar en elecciones internas no es para nada lo que define la democracia participativa y protagónica que el partido pregona. Es el tipo de discusión a la que está obligada la izquierda continental en un momento de retrocesos.

Usted no está obligado a seguir leyendo, pero esta serie de artículos continuará. Estamos tratando de hablar, por ahora, del bosque y no de los árboles.



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Néstor Francia


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