De profanación, de retrato y de ciencia

Nuestro idioma escrito surge con el descubrimiento de las letras, a partir de estos caracteres se formaron las palabras, las frases,  las oraciones y además, a través de la escritura se logró comunicar las ideas. A pesar de encontrar en  los diccionarios palabras que se prestan a ambigüedades, existen otras que son muy precisas que no son susceptibles a interpretaciones, como por ejemplo la palabra profanación. Mi tía Wiky es muy puntual al respecto: “Tratamiento ultrajante o irrespetuoso de algo que se considera sagrado o digno de respeto”, o también: “Deshonra o uso indigno que se hace de una cosa que se considera respetable, especialmente de la memoria de una persona muerta”. La DRAE (Diccionario de la Real Academia) nos informa que profanar es “tratar algo sin el debido respeto, o aplicarlo a usos profanos” o “deslucir, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de las cosas respetables”. Como se nota, tanto mi tía Wiky y la DRAE coinciden en que en el uso de esta palabra no existen imprecisiones. 

El párrafo anterior me viene a mi pensadora a raíz de la intervención del adeco presidente de la AN Henry Ramos Allup, al referirse como una profanación al trato que se le dio a la exhumación de los restos del Libertador. Quienes, como yo, observamos con regocijo la magnificencia con la cual el presidente Chávez y las personas que intervinieron en el acto, así mismo, nos sorprendimos de la solemnidad y la reverencia con el cual se revistió el evento. A tal grado, que algunas de las personas que estuvieron a mi lado le brotaron las lágrimas de emoción, sentimiento y admiración. En ningún momento percibí un trato irrespetuoso hacia los restos del excelso personaje. Por lo tanto, el uso del término profanación  para enjuiciar el ceremonioso acontecimiento está fuera de lugar, eso sí, está lleno de toda una perversa intención. Según el diputado senil la palabra profanación fue usada para calificar la exhumación por los inánimes y cadavéricos personajillos que representan la Academia de la Historia, unos seres que uno saben de su existencia cuando alguien como HRA los nombra en función de sus intereses. No creo que el longevo legislador de lenguaje romulero desconozca el uso del vocablo profanación. Él es un hombre razonable, pero para el vetusto edil el objetivo de la razón es justificar y esconder los oscuros deseos que mueven su inicua conducta, sus bajas pasiones, sus malévolos impulsos, sus prejuicios, sus locuras y porque no, sus temores.   

Yo, un consagrado doctor en ignorancia que ignoro más de lo que conozco, de arte entiendo muy poco. Pero si recuerdo ciertas cosas que me servirán para dilucidar ciertos aspectos tratados por el dirigente romulero. Primero voy a remontarme a las majestuosas esculturas romanas. De inmediato me vino a mi enmohecido testuz la estatua ecuestre de Marco Aurelio (176 d.C), una talla de bronce de 3 m de altura en la cual el artista intentó representar el poder y la grandeza divina del modelo. Son muchas las esculturas de los emperadores romanos que, a imitación del arte griego, si hicieron para satisfacer y realzar el ego de estos personajes. Recuerdo las esculturas Nerón y la de Calígula que observé en un museo de Roma, más bien parecían unos gladiadores fortachones, las cuales no se corresponden con las fisionomías de tales patricios. Esto tenía una razón, el artista debía ofrecerle al modelo (el emperador) una escultura que premiara sus egos y no legar a la posteridad unos césares gordos y mofletudos. Los modelos de los adonis griegos del escultor Praxíteles eran dignos de imitar, similar a la estatua de “Hermes con el niño Dionisio” o el “Apolo sauróctono” (matador de saurios) con los cuales me recreé durante una vistita al museo del Louvre. Ciertamente, las esculturas de los “egregios” emperadores no se correspondían con sus rechonchas anatomías.

Si no sé nada de escultura de pintura mucho menos, sin embargo puedo nombrar ciertos célebres retratistas (no fotógrafos) como Rubens, Cézanne, Rembrandt, Monet, Degas, Renoir, Goya…quienes siempre tenían un problema: ¿cómo ofrecer un retrato con el cual el cliente estuviera satisfecho? Ciertamente, era indispensable hacer una imagen con la que él o la modelo se sintieran conforme, no que fuera idéntica, sino que obviara aquellos defectos que desluciera el personaje. El ego por encima de todo. Uno de estos retratista celebre fue el español Goya, quien pintó la “Familia Real” (1800) de Carlos IV (lo atisbé en el museo del Prado). El artista tuvo que hacer milagro para que catorce personajes parecieran digeribles a la vista de los observadores. Sobre todo el rey, un hombre panzón, mofletudo y con rostro de alcohólico y la reina María Luisa de Parma, una dama avejentada, deslucida y sin dientes. Y qué decir del “Napoleón de San Bernardo”, en este lienzo se patentiza a un Napoleón cabalgando un hermoso corcel cruzando los Alpes. La obra fue pintada por el francés Jacque-Luis David (1800) con la cual me embriagué durante mi recorrido por el museo de Versalles. La pintura nos muestra un jinete con las piernas dobladas, con botas a medias pierna cual centauro griego, a imitación del joven Alejandro Magno. Este Napo, no se parece en nada al descrito en los libros de historia: un sargento corso chaparrito y gordito. De seguro que el emperador quedó muy conforme con esta imponente pintura, donde no se resaltaba nada de lo que él tenía de su aspecto físico.

El preámbulo anterior tiene que ver con lo expresado por el adeco HRA con relación al retrato retirado de la fachada del Capitolio, simplemente porque él y sus acólitos no lo reconocen como la imagen auténtica de Simón Bolívar. Debo recordarle que fueron numerosos los artistas, quienes dada la fama de nuestro augusto guerrero, pusieron su pincel a la orden para eternizar la imagen de nuestro héroe. Evidentemente, son muchos los elementos que intervienen en la prosecución y la culminación de una obra pictórica, entre otras voy a señalar: el estilo del artista, la edad y el estado de salud del modelo, la química entre el pintor y el modelo, el estado de ánimo del modelo y del pintor, la conformidad con la obra  con el ego del cliente, entre tantos componentes que median entre la consumación y la presentación de un retrato. Obviamente, el hecho de que el cliente esté conforme con la obra (el caso de Napoleón de San Bernardo) no quiere decir que el retrato represente la verídica figura del modelo.   

Entre los pintores que expresaron en un lienzo el rostro del Libertador puedo destacar: José María Espinosa, Pedro José Figuera, Ch. Bill, Paúl Guerín, Epifanio Garay, José Gil de Castro quien nos muestra un S.B con perfil  tipo  europeo, el artista forense Philippe Fresh, además de varios autores anónimos que se ocuparon del tema. De acuerdo con lo anterior, cada pintor tuvo una visión diferente de nuestro personaje histórico y cada uno de sus pinturas lo representa, según su percepción, el estilo del pintor, la edad del modelo y del estado de salud de S.B. Nuestro héroe, de un ego elevado, convino como acertado el retrato pintado por Gil de Castro, quizás porque se correspondía, creo yo, con su altivez, no con su verdadero rostro.

Lastimosamente el adeco racista HRA menosprecia el rostro amulatado del Libertador del artista forense Philippe Fresh, simplemente  porque no concuerda con su ideal europeo, tal como ocurre con la imagen de Jesucristo (el rubio alto y de ojos azules y no el semita de piel tostada por el Sol, de pelo oscuro y nariz ancha). El antediluviano diputado parece menospreciar la ciencia, es decir  el trabajo de la antropología forense, la disciplina que hace hablar a los muertos. Esta es una rama auxiliar de la criminalística y la arqueología mediante la cual se logra la reconstrucción facial del dueño  del cráneo.  Imposible creer que un representante del pueblo en la AN desconozca, o se hace el pendejo, que a través de los procedimientos antropométricos se logró  reconstruir el rostro de los hombres primitivos (el australopitecos,  el homo habilis, el homo erectus, neandertal…). La moderna imagen reconstruida de S.B fue la que HRA desmontó de las paredes del Capitolio, porque él, “reputado antropólogo” no está de acuerdo con el artista forense Philippe Fresh, después del arduo y profesional trabajo realizado por varios especialistas en antropología forense del Laboratorio Visual Forensisc (Barcelona-España).  En caso no estar ducho sobre este tema HRA podrá recurrir a la diputada Delsa Solórzano  quien lo está esperando para reciclar los barriles de petróleo que tanto espacio van a ocupar en la A.N. No creo que exista ningún artista plástico capaz de plasmar a HRA en un lienzo donde  muestre un rostro amable, candoroso y sobre todo, humano.  

A manera de recordatorio le informó al racista y adeco HRA que fue a través de la antropología forense que se descubrió que Napoleón no murió de muerte natural en la solitaria isla de Santa Helena, sino que fue envenado con arsénico por orden  de su carcelero, un oficial inglés. 



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Enoc Sánchez


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