Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en: El capítulo VIII de “El Capital” (XXXVIII)

¿Qué pretextos utiliza el capitalismo para lograr los privilegios que le otorgan sus leyes?

La victoria de abolir la ley de las 10 horas, al parecer definitiva, provocó una inmediata reacción. Hasta aquí, los obreros sólo habían opuesto una resistencia pasiva, aunque inflexible y diaria. Ahora, sus voces de protesta se alzaron con tonos francos de amenaza en los mítines de Lancashire y Yorkshire. ¿De modo que la pretendida ley de las diez horas no había sido más que una engañifa, una estafa parlamentaria, sin existencia real? Los inspectores de fábrica llamaron apremiantemente la atención del gobierno hacia la enorme tirantez que iba adquiriendo el antagonismo de clases. Había, además, no pocos patronos descontentos, que murmuraban: “Los fallos contradictorios de los jueces crean una situación anómala y anárquica. En Yorkshire rige una ley y otra en Lancashire, y la situación legal cambia con cada parroquia y cada comarca. Los patronos de las grandes ciudades pueden vulnerar la ley, pero los de pequeños centros perdidos en el campo no disponen del personal necesario para montar el sistema de relevos, ni mucho menos para desplazar a los obreros de una fábrica a otra, etc.” Y ya se sabe que la igualdad en la explotación de la fuerza de trabajo es el primero de los derechos fundamentales del capital.

En estas condiciones, se pactó una nueva transacción entre patronos y obreros, transacción parlamentariamente sancionada por la nueva ley fabril adicional de 5 de agosto de 1850. Esta ley aumenta la jornada de trabajo de “los jóvenes y las mujeres” de 10 horas a 10 horas y media durante los cinco primeros días de la semana, reduciéndola a 7 horas y media los sábados. El trabajo debe ejecutarse en el período comprendido entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde, con descansos de hora y media para las comidas, descansos que han de concederse simultáneamente y conforme a los preceptos de la ley de 1844, etc. Con esto, se ponía coto de una vez para siempre al sistema de relevos. Respecto al trabajo infantil, seguía en vigor la ley de 1844.

Una determinada categoría de patronos se reservaba también esta vez, como todas, una serie de privilegios señoriales sobre los niños proletarios. Aludimos a los fabricantes de seda. En 1833 habían vociferado amenazadoramente que “si se les arrebataba la libertad de hacer trabajar a los niños de cualquier edad durante 10 horas diarias, cerrarían sus fábricas. Alegaban que les era imposible adquirir la cantidad suficiente de niños mayores de 13 años. Gracias a esto, arrancaron el ansiado privilegio. Luego, en una investigación ulterior, resultó que el pretexto que se alegaba era una mentira descarada, lo cual no impidió que estos patronos se pasaran diez años estrujando seda durante 10 horas diarias de la sangre de unos miles de niños pequeños, a quienes había que poner de pie encima de una silla para que pudiesen ejecutar su trabajo. La ley de 1844, si bien les “arrebataba” la “libertad” de explotar más de 6 horas y media diarias a los niños menores de 11 años, les concedía en cambio el privilegio de estrujar durante 10 horas al día a los niños mayores de 11 y menores de 13, derogando el deber escolar prescrito para otros niños obreros. Esta vez, el pretexto era que “la delicadeza del tejido exigía una suavidad de dedos que sólo podía conseguirse entrando en la fábrica en edad muy temprana. Por la suavidad de sus dedos se llevaba a los niños al matadero, como el ganado en el sur de Rusia por la pelleja y el sebo. Por fin, en 1850 se limitó a los departamentos de torcido y devanado de seda el privilegio concedido por la ley de 1844, si bien aquí, para resarcir un poco al capital por aquel despojo de su “libertad”, se elevaba de 10 horas a 10 horas y media la jornada de trabajo de los niños mayores de11 años y menores de 13. Pretexto: que “el trabajo, en las fábricas de seda, era más fácil que en las demás fábricas y mucho menos nocivo para la salud”. Una investigación médica oficial vino a demostrar, andando el tiempo, que ocurría al revés, que “el grado medio de mortalidad en los distritos sederos era extraordinariamente alto, más alto incluso que en los distritos algodoneros de Lancashire respecto a la parte femenina de la población”. Y a pesar de las protestas de los inspectores de fábrica, protestas que se reiteran cada seis meses, este abuso sigue en pie lo mismo que el primer día.


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Nicolás Urdaneta Núñez


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