Lucha de clases en el portón

Él, Manuel, Antonio, José, no importa el nombre, tomó la decisión de hacerse dirigente sindical, aquel mediodía canicular que quemaba espaldas, ideas, acentuaba la indisposición al diálogo y propendía a soliviantar los ánimos. Dìas llevaba recostado, acompañado de varios desempleados, a aquel también quemante portón que cerraba la entrada al patio de la compañía petrolera.

Al fin, como premio a la constancia, un buen día, a él y unos cuantos de sus compañeros, les llamaron por puestos de trabajo y les permitieron pasar al otro lado del portón.

Pocos años después, otro obstinado, persistente y constante, recién salido de la cárcel donde estuvo por un intento aislado, y por eso fallido, de alcanzar el poder, ganó la contienda electoral; se convirtió en el nuevo presidente de Venezuela, declaró moribunda la constitución vigente y su disposición a cambiar la sociedad venezolana.

Y, en efecto, como se lo había propuesto se hizo dirigente sindical, después de haber participado en varias luchas por los beneficios de los trabajadores petroleros, tanto de la empresa nacional como aquellas extranjeras que entraron en la apertura del negocio. Fue en la época de cuando los ingresos de la primera se esfumaban cómo todavía nadie sabe y los de las otras engordaban el capital internacional que se apresuraba a invertirlos en cualquier parte del mundo donde se pudiesen multiplicar rápidamente.

Por esas luchas, más de una vez fue víctima de empujones, planazos y todo tipo de atropello. Pero en estos casos siempre filosofó como le enseñaron en su casa, todo moretón SE CURA con árnica. Y esta frase se le volvió consigna, arma de combate y hasta de fundamento para crear un movimiento clasista. Y aprendió, en sus circunstancias específicas, que la lucha de clases, motor del movimiento social, se expresaba en el combate contra la patronal del petróleo, aquella de la IV república, por lograr para sus conducidos la mejor contratación posible. El universo era como muy pequeñito y podía encerrarse en el portón

Dìas después que aquel osado calificó a la puntofijista de moribunda y llamó a los venezolanos a la Constituyente, el dirigente sindical, sin abandonar su grito guerrero de todo moretón con árnica SE CURA, defendía la tesis sìndical según la cual, los venezolanos venidos del Guárico o Falcón, de allá aventados por el hambre, no debían ser contratados aquí por la industria petrolera. En ese caso, por el interés de mantener el espacio que había meado, puso en segundo plano o quizás, allá lejos por el carajo viejo, al internacionalismo proletario, principio fundamental y digno del movimiento obrero.

Pero su instinto guerrero y clasista, le llevó a solidarizarse con aquel que unos llamaron orate y otros le vieron como un predicador que comenzó por llamar a sacar los ladrones del templo y limpiar los establos. Cuando los desplazados quisieron retornar por la fuerza y luego destruir la industria petrolera, él estuvo con los suyos en su puesto de combate, firme y decidido hasta alcanzar la victoria.

El predicador, consecuente con su prédica, descubrió en la riqueza petrolera, el recurso de la naturaleza dispuesto por Dios, el medio para potenciar el motor de la lucha de clases, más allá del portón de la empresa y hasta donde sea posible hacerlo, porque siempre supo que el universo es inmenso. Y en este combate, donde la clase obrera y dentro de ésta la que trabaja en el asunto del oro negro, debe ser vanguardia, se pasa por dispensarle salud a la poblaciòn toda, alimentarle y educarle para fortalecer su ansia libertaria. La clase obrera, debe defender sus intereses que son los mismos de todas las clases explotadas y tomar en cuenta la naturaleza del “patrón”, que ahora no es el mismo ni son los mismos sus fines, de cuando el dirigente obrero se asomó por primera vez a los predios del portón. El dirigente obrero debe cuidar el bienestar de su clase y luchar por ella, pero está obligado a actuar conforme a su tiempo y espacio y no dejarse llevar por el sentido común o el simple instinto de supervivencia. La gallina de los huevos de oro es de todos y la tortilla debe alcanzar para calmar el hambre colectiva. Decir, nosotros merecemos más porque producimos el 80 % del ingreso nacional, lo que no es totalmente cierto, o pintar consignas como “con el pan de mis hijos no te metas”, en alusión al habitante de Miraflores, es hablar como la meritocracia.

El socialismo, con todo lo que eso significa, es el tránsito, según los clásicos, por donde la clase obrera debe conducir a la gente a un estadio donde predomine la justicia, la solidaridad, la bondad y el bienestar colectivo. Y hablo de clásicos, porque esta dirigencia sindical y sus seguidores, suelen usarles como guías y llaves para intentar abrir los portones de la historia.

Por aquello del socialismo, el presidente, o el predicador, ha propuesto esta reforma constitucional. Y la lucha por alcanzarla es inherente y prioritaria a la clase obrera, vanguardia de todos los explotados, marginados, excluidos y quienes hambre tienen. El punto exacto y más sensible, donde se expresa la lucha de los venezolanos por el futuro y “el cielo de la clase obrera”, se encuentra hoy en el debate por la reforma constitucional y no en los portones calenturientos de los campos petroleros. Todo moretón con árnica SE CURA también decían en mi pueblo; pero además, come avispa que cigarrón atora.

pacadomas1@cantv.net


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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