Educación y Cultura dos escenarios: una misma batalla

A la batalla de ideas

El argumento de la derecha conservadora para entorpecer, sabotear e impedir el proceso de plenitud constitucional planteado en la esencia de la nueva ley de educación en discusión es aquel según el cual quieren “Educación pero no Ideologización”. El “coco” de la ideologización es y será el fuerte en esta batalla de ideas. La derecha esconde lo fundamental: todo sistema cultural y educativo es ideologizador. El sistema capitalista que tanto terror muestra ante la ideologización tiene siglos ideologizando a través de “su” sistema educativo y “su” cultura dominante.

Una ideología es un conjunto de ideas que apoya y posibilita un sistema (económico, social, político, etc.) El sistema capitalista basado en el egoísmo, la avaricia y la acumulación de riquezas explotando al otro y a la naturaleza posee “su” ideología. Esa ideología se comunica, se transmite, se contagia y, en fin, se hace presente a través de todos los medios a su alcance. La ideología consta de unos componentes: una representación armónica del sistema, y un programa de acción. Con la primera, la sociedad adquiere un punto de vista particular de la realidad, un modo de aceptar, asumir y desear esa realidad presente. Por ejemplo, el abandono de muchos, su explotación, la indiferencia ante las necesidades de los otros debe contar con una estructura de pensamiento que lo encuentre normal, lógico y necesario, un modo de ver que no cuestione la conciencia. El programa de acción tiene como objetivo acercar en lo posible el sistema real existente al sistema pretendido. El capitalismo ha siglos que lo ideologiza todo, el socialismo pretende conformar una nuevo sistema de valores que ideologice a la sociedad en el humanismo, la solidaridad, la igualdad, la justicia y el amor al prójimo. Así que el tema no es “Educación sí, Ideologización no”, el tema es transformación de la ideología dominante en la Educación y la Cultura.

En términos teóricos y prácticos el imperialismo consiste en la relación por medio de la cual un estado controla la soberanía de otro. Esto puede lograrlo la metrópolis imperial por medio de la fuerza o por la vía de la dependencia económica, social, cultural o educativa. El camino del dominio por la fuerza resulta costoso y poco estable puesto que debe mantenerse la presión militar sin descanso. Una cosa es conquistar y otra es dominar. Véase el éxito de los EE.UU., para invadir Iraq y el fracaso clamoroso en ocuparlo. Requiere entonces el imperio un conjunto de factores que incluyen la convicción por parte de la sociedad invadida, de lo deseable de ser dominada. Debe instalarse en el subconsciente social, no sólo el miedo a la libertad, la soberanía y la independencia sino la admiración por la sociedad dominante. El dominado debe, -transculturación de por medio- admirar a quien lo domina e incluso, instalar el deseo de llegar a ser como el dominador.

 

Se arroja sobre la sociedad dominada una perspectiva del mundo y la historia imperiocentrista, para el aparato educativo y cultural impuesto todo lo demás no son más que: giros irrelevantes de pueblos salvajes que confirman la superioridad de la civilización imperial. Se debe legitimar la superioridad, no sólo tecnológica, económica y militar, sino moral, del imperio. De allí el empeño en modificar el hábitat local en todas sus expresiones hasta convertirlo en expresión del imperio. Esta transformación incluye todos los espacios materiales y espirituales. La sociedad venezolana asistió hace unos meses a la burla grotesca que se hacia, en un spot publicitario, de una de las expresiones folklóricas más queridas: el aguinaldo navideño. Uno de los aguinaldos, tesoro de nuestras tradiciones, el “niño lindo”, era ridiculizado como algo despreciable, fuera de onda, y en su lugar exhibido, como ejemplo, una expresión musical del imperio. Sin anestesia ni vaselina se le dice al joven que lo nuestro es ridículo y que lo imperial es lo moderno, lo que es apetecible, lo que está en la onda.

Frente a esto, debemos añadir a la resistencia primaria la resistencia cultural para reconstruir los valores pulverizados por años de dominio imperial. Debemos restaurar el amor por lo nuestro, el orgullo por lo propio y, en primer lugar, el nacionalismo. Hemos sido brutalmente desnacionalizados. Hemos podido nacionalizar el petróleo pero no al hombre, al menos, no a un buen segmento de la población... Tenemos la urgente necesidad de sustentar la resistencia, no sólo en la conciencia de injusticia sino en las razones de esa injusticia. Debemos nombrar y habitar nuestra tierra desde la autenticidad de nuestro origen y nuestra historia, ajena y distinta a la historia imperial. Héroes, mitos y religión deben desimperializarse. La resistencia a la estructura imperialista se construye desde la conciencia militante de nuestros propios valores.

El imperio requiere de nuevas formas para asegurarse el control de nuestros recursos naturales, tanto humanos como materiales. Los medios de comunicación juegan un papel relevante en este proceso que, Noam Chomsky, llama “fabricación del consentimiento” y que consiste en lograr que nuestro ciudadano acepte que lo bello, lo moderno, lo apetecible y lo deseable es lo imperial. Esto es algo que podemos ver todos los días, a toda las horas del día, en pantallas de televisión, emisoras de radio, vallas publicitarias, periódicos y revistas: patrones de belleza, arquetipos, modos de vida, paradigmas sociales, y en general todo el escenario cultural, responde a unos valores que denigran de lo nuestro, que exhiben lo nuestro como despreciable, desechable y feo. Lo blanco asajonado en todas las expresiones es omnipresente. Los medios de comunicación tienen el poder de penetrar en la cultura receptora hasta demolerla y eso lo han venido haciendo por años. Estos poderosos medios de desconstrucción cultural pertenecen al imperio o están en manos de sus sátrapas o adoradores vernáculos.

Es claro que el empeño debe ser integral e incluir el sistema educativo, pero, la lucha cultural y educativa tiene una impostergable tarea por delante: Rescatar la cultura propia, el orgullo y el amor por lo nuestro. Es sólo desde esa perspectiva que podremos emprender una dura tarea de resistencia con posibilidades de éxito. La monumental capacidad que la globalización y las nuevas tecnologías de las comunicaciones ha colocado en manos del imperio convierte la tarea en algo heroico. Sólo siendo, cada vez más, lo que somos podremos llegar a ser. Unamuno cuenta como, si un pececito admirase el vuelo libre de un pájaro e instalara en sus deseos el llegar a ser como el pájaro, empezaría a morir como pez. Incluso, si por algún milagro, alcanzara la mutación perfecta y llegara a volar, se tornaría pájaro imperfecto pero habría muerto como lo que era: un pez. Debemos mirarnos a nosotros mismos, construirnos desde adentro, sólo entonces podremos abrir las ventanas a lo ajeno sin que la ventolera borre nuestra identidad. Sin identidad no hay patria, sin Patria y Socialismo sólo habrá muerte.




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Martín Guédez


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