A la compañera heroica…En el día internacional de la mujer…

Seguramente algún niño que da sus primeros pasos en la primaria…

Cargara una orquídea entre sus manos al abrazar a la maestra…

Y con una sonrisa entre sus labios le dirá:

“Hoy es el día de mi abuela, de mi madre, de mi hermana y de usted profesora”…

Mientras que en Haití…

Un niño de la miseria, intenta dibujar la más hermosa rosa, en un simple papel que el viento depósito en sus manos, para intentar ahuyentar tristezas en el rostro de su madre…

Y en Palestina…

Puñados de niños, rendirán tributo a las mujeres del sufrimiento…

Niños mutilados olvidaran su dolor y robaran una sonrisa a la alegría, para darles su mejor regalo a sus madres…

En Chile…

El desconsuelo les dará una tregua, para abrazar a sus compañeras….……..

(…) Este indio viejo, intento pedir ayuda a Benedetti y ha Neruda, para rendir un justo tributo a la mujer combatiente, insaciables luchadoras en busca de libertades…

Pero Manuelita Sáenz que descansa siempre en mi escritorio, vino a socorrerme…

Y me conto de que están hechas nuestras heroicas compañeras, lo que me hizo pensar, que no existe mejor halago para ellas, que las palabras de nuestra Manuela:

“Tuve que hacer de mujer, de secretaria, de escribiente, de soldado húzar, de espía, de inquisidora, como intransigente...

Como soldado húzar fui encargada de manejar y cuidar el archivo y demás documentos de la campaña del Sur. De sus cartas personales y de nuestras cartas apasionadas y bellas.

Mí sin par amigo dejó en mí una responsabilidad inmensa que yo, agradecida, cumplí a cabalidad y con mi vida misma.

Como oficial del ejército colombiano también me distinguí. Era preciso.

Y si no, entonces, ¿Qué tendría ese ejército?

Un guiñapo de hombres, malolientes, vencidos por la fatiga, el sudor del tabardillo con su fiebre infernal, los pies destrozados. Ya sin ganas de victoria. Yo le di a ese ejército lo que necesitó: ¡Valor a toda prueba! Y Simón igual. El hacía más para superarme.
Yo no parecía una mujer.

Era una loca por la libertad, que era su doctrina.

Iba armada hasta los dientes, entre choques de bayonetas, salpicaduras de sangre, gritos feroces de arremetidos, gritos con denuestos de los heridos y moribundos; silbidos de balas. Estruendos de cañones. Me maldecían pero me cuidaban, solo al verme entre el fragor de una batalla les enervaba la sangre. Y triunfamos.

“Mi capitana – me dijo un indio-, por usted se salvó la patria”.

Lo miré y vi un hombre con la camisa desecha, ensangrentada.

Lo que debieron ser sus pantalones le llegaban hasta las rodillas sucias.

Sus pies tenían el grueso callo de esos hombres que ni siquiera pudieron usar alpargatas.

Pero era un hombre feliz, porque era libre. Ya no sería un esclavo”. Manuela Sáenz.

NECESARIO ES VENCER

*El Charrúa Latinoamericano


jovarela33@cantv.net


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José Varela*


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