Entre la soberanía vulnerada y la narrativa impuesta

En este 11 de febrero de 2026, Venezuela se encuentra en un momento político y geopolítico de extrema complejidad, marcado por la confluencia de fuerzas internas y presiones externas que ponen a prueba no sólo la soberanía del Estado, sino también la capacidad crítica de su ciudadanía, la solidez de sus instituciones y la integridad del discurso público. La coyuntura exige un análisis riguroso y contextualizado, un ejercicio de pensamiento crítico que debe partir de tres ejes epistemológicos fundamentales —sesgo de comunicación, pensamiento modificado y heurística de la probabilidad— para interpretar las dinámicas políticas que viven los venezolanos hoy.

El contexto político actual: narrativa hegemónica vs. realidad de facto. Desde inicios de 2026, Venezuela ha sido escenario de una intervención sin precedentes: el presidente constitucional, Nicolás Maduro, fue secuestrado por fuerzas estadounidenses el 3 de enero tras una operación militar que Washington ha enmarcado como una acción contra el "crimen organizado y el narco-terrorismo", mientras que Caracas y sus aliados califican la acción como un acto de agresión y violación flagrante de la soberanía nacional. Esta fractura en las narrativas no es trivial: representa un choque de discursos con intereses divergentes, donde la hegemonía mediática y las fuentes de poder buscan imponer su propia versión de la realidad.

La jefa de gobierno encargado, Delcy Rodríguez, ha asumido la presidencia interina en un escenario marcado por tensiones extremas. Oficialmente rechaza "órdenes de potencias extranjeras" y afirma que Venezuela no está gobernada por agentes externos, a pesar de que Washington despliega diplomáticos y funcionarios para facilitar la reanudación de relaciones y la inversión en el sector petrolero.

Paralelamente, el gobierno estadounidense ha emitido licencias para que compañías energéticas norteamericanas exploren y produzcan petróleo en el país, un giro significativo que revela cómo la presión económica y geopolítica se traduce en mecanismos directos de influencia sobre los recursos estratégicos venezolanos.

Sesgo de comunicación y la construcción de sentido. El sesgo de comunicación es un elemento central para entender cómo se moldean las percepciones en torno a Venezuela. Los discursos mediáticos tanto internos como externos responden a agendas específicas que no siempre coinciden con la compleja realidad social del país.

En el plano internacional, medios afines a la administración estadounidense han enfatizado la narrativa de liberación y reconstrucción energética, mientras que voces críticas alertan sobre una maniobra que busca posicionar a Estados Unidos como garante económico y geopolítico en la región. La noticia de que un medio como Newsmax —estratégicamente alineado con la política estadounidense— tiene acceso privilegiado a Caracas en detrimento de medios internacionales independientes ilustra cómo la información se filtra y favorece ciertas interpretaciones sobre otras, generando una percepción de legitimidad condicionada por intereses externos.

En Venezuela, la comunicación del gobierno de Delcy Rodríguez insiste en la soberanía y el rechazo a la injerencia, pero al mismo tiempo se involucra en un proceso diplomático con Washington que contradice parcialmente su retórica maximalista de independencia. Este doble discurso crea confusión y fragmentación en la percepción pública, potenciando el sesgo cognitivo de quienes consumen información sin contexto crítico.

Pensamiento modificado: la distorsión del consenso interno. El pensamiento modificado ocurre cuando las personas adoptan creencias no por evidencia objetiva, sino por la repetición de discursos alineados con intereses hegemónicos. En Venezuela, la polarización política y la saturación de mensajes antagónicos han fragmentado las interpretaciones sobre la legitimidad del nuevo gobierno y el papel de Estados Unidos.

Muchos venezolanos, tras décadas de conflicto político, han visto cómo sus marcos interpretativos se han moldeado en función de narrativas radicales —desde el chavismo sigiloso al antiimperialismo radical, o desde el antichavismo absoluto a la aceptación acrítica de la intervención norteamericana como "salvación". Esta modificación del pensamiento colectivo se alimenta tanto de la propaganda oficial como de discursos internacionales que a menudo simplifican realidades complejas para ajustarlas a marcos preexistentes de juicio.

Analistas políticos y sociólogos han advertido que este fenómeno no sólo distorsiona la comprensión de los eventos presentes, sino que condiciona la capacidad de anticipar escenarios plausibles. En lugar de evaluar probabilidades objetivas, sectores internos repiten eslóganes reduccionistas que refuerzan identidades y antagonismos. El resultado es una sociedad con menor capacidad crítica para discernir entre propaganda, hechos verificables y consecuencias de largo plazo.

Heurística de la probabilidad frente a decisiones geopolíticas. La heurística de la probabilidad es la tendencia a estimar la ocurrencia de un evento con base en experiencias o información accesible, a menudo sin una evaluación matemática o contextual profunda. En el contexto venezolano actual, este sesgo cognitivo se manifiesta cuando se sobreestima la probabilidad de escenarios extremos —como una inminente "liberación total" o una "ocupación permanente"— basándose más en narrativas políticas que en indicadores concretos.

Por ejemplo, la decisión del gobierno estadounidense de involucrarse intensamente en la reactivación petrolera venezolana puede llevar a estimaciones sesgadas de una "recuperación económica rápida", cuando los análisis independientes sobre la producción energética y la infraestructura petrolera apuntan a desafíos estructurales que no se solucionan únicamente con inversión extranjera.

Del mismo modo, la probabilidad de un conflicto interno prolongado no puede evaluarse exclusivamente desde discursos políticos de confrontación, sino desde la interacción de múltiples variables: la lealtad de las fuerzas armadas, el poder de los movimientos sociales, la cohesión de las instituciones nacionales y el papel de actores internacionales como Rusia, China e Irán, que han expresado solidaridad con Caracas. Esta evaluación probabilística exige rigor analítico, no simplificación mediática.

Crítica a las medidas post-Maduro y a la presión estadounidense. Desde una perspectiva crítica y académica, las medidas post-Maduro impulsadas bajo la supervisión y presión de Estados Unidos plantean varias preocupaciones fundamentales. La soberanía nacional queda subordinada a intereses externos: Facilitar la entrada de capital y tecnología estadounidense para la explotación petrolera es presentado como una solución técnica, pero constituye una forma moderna de neo-dependencia económica que compromete la autonomía estratégica de Venezuela; El proceso político interno carece de legitimación democrática clara, la designación de Delcy Rodríguez y la ausencia de un proceso electoral ampliamente reconocido generan un vacío de legitimidad que agudiza la crisis institucional; El discurso de "normalización" oculta agendas geopolíticas, la insistencia en un retorno a la estabilidad económica a través de acuerdos con Estados Unidos reduce el conflicto político venezolano a una mera cuestión técnica de mercado, invisibilizando las raíces estructurales de desigualdad, autoridad coercitiva y representatividad popular.

La crítica debe ser firme, una política exterior que instrumentaliza la crisis venezolana para asegurar ventajas energéticas estratégicas no pueden considerarse una ayuda desinteresada. Y cuando ese discurso se impone mediante un sesgo comunicativo dominante, termina por modificar el pensamiento colectivo de manera que favorece narrativas ventajistas.

Un reconocimiento: Diosdado Cabello en el escenario presente. En este contexto convulso, es imprescindible reconocer la influencia de figuras que han marcado la historia política venezolana y el tejido social del país. Entre ellas, destaca Diosdado Cabello, cuya importancia trasciende su rol institucional para convertirse en un líder de peso dentro del aparato político, social y, en cierta medida, militar del chavismo. Su persistencia en las estructuras de poder y su articulación con sectores populares lo convierten en un actor clave para entender la resiliencia del proyecto bolivariano.

Cabello ha sido, durante décadas, un organizador eficaz que ha sabido conectar con amplios sectores del pueblo venezolano, convirtiéndose en un referente para quienes buscan defender la soberanía nacional frente a injerencias externas. Aunque polémico para muchos, su capacidad de liderazgo social —con un profundo arraigo entre movimientos comunitarios y sectores populares— y su experiencia política son elementos que merecen un análisis objetivo y no reducido a dogmas partidarios.

Su papel en la defensa de la institucionalidad venezolana y su insistencia en una originalidad política nacional frente a propuestas de subordinación externa constituyen aportes relevantes para cualquier evaluación integral de la crisis actual. Dicho reconocimiento no obvia las controversias que lo rodean, pero sí subraya la necesidad de considerar líderes con asentamiento social genuino en los análisis críticos sobre Venezuela.

En conclusión, una Venezuela que exige pensamiento crítico. En este 11 de febrero de 2026, Venezuela se halla en un cruce de caminos marcado por fuerzas internas y presiones externas que reclaman análisis más allá de la retórica simplista. La combinación de sesgo de comunicación, pensamiento modificado y heurística de la probabilidad revela cómo las narrativas políticas pueden distorsionar la comprensión de la realidad y afectar decisiones colectivas.

La respuesta a los desafíos del país —desde la reconstrucción económica hasta la articulación de un proyecto democrático legítimo— exige una ciudadanía y una élite política capaces de interpretar los hechos con rigor, reclamar soberanía efectiva y construir consensos más allá de polarizaciones dogmáticas.

Venezuela no merece ser el tablero de juego de intereses foráneos ni el campo de batalla de narrativas hegemónicas. Necesita un enfoque que considere sus realidades estructurales, sus potencialidades y, sobre todo, su derecho a definir su propio destino. Y ese enfoque solo será posible si reclamamos el pensamiento crítico como eje central de nuestra interpretación del presente y de nuestra proyección hacia el futuro.

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simon Bolivar.



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Miguel Angel Agostini


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