Venezuela y el dilema de Melos: poder, derecho y supervivencia en un orden desigual

Entre los pasajes más lúcidos y perturbadores de la historia del pensamiento político se encuentra el Diálogo de los Melios, narrado por Tucídides en La guerra del Peloponeso. Allí no hay arengas épicas ni justificaciones morales extensas, sino una confrontación desnuda entre poder y debilidad. Atenas, convertida en imperio, exige la rendición de Melos, una pequeña polis neutral. Melos apela a la justicia, al derecho, a los dioses y a la esperanza de auxilio externo. Atenas responde con una sentencia que atraviesa los siglos: la justicia solo existe entre iguales; cuando hay asimetría, los fuertes hacen lo que pueden y los débiles padecen lo que deben. Llámese hoy por hoy, la política de el Garrote o la Zanahoria. Este episodio no pertenece sólo al pasado. Su estructura se repite, con otros nombres y escenarios, en el sistema internacional contemporáneo. El paralelismo entre Melos y Venezuela, y entre Atenas y los Estados Unidos, no es retórico, sino estructural. Venezuela, como Melos, invoca la soberanía, la legalidad internacional y el derecho a decidir su propio destino. Estados Unidos, como Atenas, actúa desde una posición hegemónica en la que el orden jurídico se subordina a la conveniencia estratégica.

En el diálogo, Atenas no acusa a Melos de agresión ni de amenaza concreta. La presión no se ejerce por enemistad, sino por ejemplaridad, permitir la autonomía de un actor débil podría alentar a otros a desafiar la jerarquía imperial. De modo semejante, Venezuela no es solo un territorio con recursos; es un símbolo político. Representa la posibilidad —real o percibida— de que un Estado periférico resista las directrices del centro de poder. La tragedia de Melos no reside en su defensa de la justicia, sino en su error de cálculo. Confunde legitimidad moral con capacidad de disuasión. Cree que el agresor se contendrá por principios que ya ha dejado de reconocer. Tucídides muestra, con crudeza implacable, que la apelación al derecho carece de eficacia cuando no existe equilibrio de fuerzas que lo respalde. El resultado es conocido, Melos es arrasada, su población masculina ejecutada y sus mujeres y niños reducidos a esclavitud.

Esta lección resulta especialmente pertinente para Venezuela. El derecho internacional es una herramienta indispensable, pero no es un escudo autónomo. En contextos de hegemonía, la ley opera de manera selectiva y funcional al poder. Confiar exclusivamente en la denuncia moral o en la legalidad abstracta equivale a repetir la ingenuidad melia. Aquí cabe la pregunta ¿Por qué en los "Estudios Superiores de Guerra" del Ministerio del Poder Popular para Defensa no se habían sacado conclusiones que le sirvieran al país a encarar una salida antes un 3 de enero? Del diálogo se desprenden varias moralejas estratégicas. La primera es que la legalidad internacional solo limita cuando existe una correlación mínima de fuerzas. La segunda es que la neutralidad no protege cuando el sistema necesita reafirmar jerarquías. La tercera es que la esperanza en alianzas futuras no sustituye la preparación presente. Y la cuarta, quizá la más dura, es que la dignidad política sin estrategia de supervivencia se transforma en sacrificio estéril.

A diferencia de Melos, Venezuela aún dispone de margen de acción. La salida no es la sumisión ni la confrontación directa, sino una estrategia racional de disuasión integral. ¿Cómo crearla y cuándo aplicarla? Allí el gran detalle.

El primer eje es la diversificación geopolítica efectiva, reduciendo dependencias críticas y ampliando vínculos económicos, tecnológicos y energéticos con múltiples polos de poder. La autonomía no se proclama; se construye mediante opciones reales. Vale recordar que sin Petro ni Lulas, para dejarlo bien claro. El segundo eje es el fortalecimiento interno. Ninguna amenaza externa resulta tan peligrosa como la fragilidad doméstica. Cohesión social, capacidad productiva, legitimidad institucional y estabilidad económica son los verdaderos fundamentos de la soberanía. Han pasado 25 años, ¿cuántos más necesitamos para lograrlo? El tercer eje es el uso estratégico del derecho internacional, no como refugio moral, sino como mecanismo para elevar los costos diplomáticos, jurídicos y reputacionales de cualquier acción coercitiva. El cuarto eje es la disuasión asimétrica inteligente. No se trata de igualar capacidades militares, sino de generar escenarios de incertidumbre, prolongación y alto costo que vuelvan irracional cualquier intento de intervención. El quinto eje es una narrativa internacional basada en intereses, no sólo en principios abstractos. Estabilidad regional, seguridad energética y consecuencias sistémicas deben ocupar el centro del discurso, hablando el lenguaje que el poder entiende.

El Diálogo de los Melios no glorifica la fuerza, pero tampoco idealiza la debilidad. Su enseñanza es incómoda y vigente, el orden internacional no premia la razón aislada, sino la capacidad de sostenerla. Venezuela no está condenada a ser Melos, pero solo evitará ese destino si comprende que la soberanía no se defiende con súplicas, sino con inteligencia estratégica. En un mundo donde los fuertes aún hacen lo que pueden, la verdadera tarea de los Estados es volver inaceptable el costo de la agresión. Allí comienza la política real. Y allí, también, termina la tragedia.

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.

 



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Miguel Angel Agostini


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