El año que viene en Palestina

Un rugido de indignación sacude al mundo por las atrocidades de Israel contra los civiles de Gaza. Indignación que hace temblar y agrieta el obsceno templo del Lobby Judío de los Estados Unidos, la mayor empresa de corrupción política de la historia. No se trata hoy de solidaridad con las víctimas de un desastre natural o de una guerra exótica y lejana, sino de una bofetada presente y permanente contra el rostro de la Humanidad, de una violencia de género contra el género humano.

Lo que ocurre en Gaza no es nada nuevo: hace 66 años que comenzó la limpieza étnica contra los palestinos, genocidio sistemático que acumula masacre tras masacre: en 1982, mientras 2 meses de guerra en Las Malvinas dejaban un millar de muertos, una semana de bombardeo de Beirut por Israel mataba 9.000 personas, la gran mayoría civiles indefensos, la mitad de ellos niños. El ejército de Israel se hizo a un lado para que las milicias falangistas cristianas, manejadas por el Mossad, entraran a matar, a tiro, cuchillo y hacha, ancianos, mujeres y niños palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde no había ni un combatiente: 30 horas duró la carnicería, alumbrada durante la noche “como un estadio” por bengalas del ejército israelí, y dejó, según la cruz roja, 2.400 cadáveres insepultos. El entonces primer ministro del Estado de Israel (Menahem Begin) expresó: “En Chatila no judíos mataron a no judíos ¿qué tenemos que ver nosotros con eso?”.

El actual bombardeo de Gaza, más de 60.000 proyectiles arrojados contra una población encerrada en una cárcel a cielo abierto de 40 x 5 kilómetros y sin tener a dónde ir, es la gota de sangre de bebé que derrama el vaso: todos estamos en Gaza, a todos nos hieren, nos queman y nos matan: Palestina no sólo es el hogar perdido por sus propios habitantes, sino la tierra irredenta de toda la Humanidad. El sagrado derecho a retornar es ahora general, porque la brutalidad y prepotencia de los crueles nos hace herederos universales de los débiles. Palestina es nuestra y todos vamos hacia ella. Y así como durante milenios muchos judíos se despedían diciendo "El año que viene en Jerusalén", hoy todos los pueblos del mundo que se indignan por las crueldades que ejerce Israel con el apoyo de Washington, debemos decir: “El año que viene en Palestina”.

A los latinoamericanos, este genocidio nos trae gritos de dolor del pasado: alguien definió el fascismo como “el mito técnicamente equipado”, y el sionismo (una forma de fascismo racista) busca en la Biblia la justificación del exterminio de los nativos en el territorio ocupado. Lo mismo que los españoles en América que leían a los indígenas el famoso “Requerimiento” donde se explicaba cómo Dios, vía Adán y bíblicos sucesores, había dado al Rey propiedad y domino del continente americano. De aquellos polvos tuvimos 300 años de lodo amasado con sangre, sudor y lágrimas. Y pues conocemos la receta, palestinos somos todos.

Y así pasamos de la solidaridad a la hermandad, del apoyo político a la identidad compartida. Además del derecho, tenemos la justicia, y como los palestinos no se pretenden “pueblo escogido” ni superiores a nadie, nos reciben hoy como hermanos y nos recibirán, tarde lo que tarde, así sea, así será, el año que viene en Palestina.


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Eduardo Rothe


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