Tocando intereses

Con estos trabajos de investigación que hemos estado realizando, vaya que hemos estado tocando intereses, y tremendos ataques e intentos de banalización hemos estado recibiendo, eso estaba dentro de los cálculos que así iba a ocurrir. Pero, no podemos quedarnos callados ante los fuertes indicios del asesinato y magnicidio biológico de Hugo Chávez, el cual constituye todo un acto de guerra contra el pueblo de Venezuela y su Revolución Bolivariana.

Lo que realmente sucede, es que el asesinato de líderes antiimperialistas a nivel mundial, en diferentes tiempos y diferentes lugares de la geografía mundial, pero en especial la de Hugo Chávez, es un eslabón más, y quizás el más notorio y el de más graves consecuencias de la larga historia de acciones sucias perpetradas por los Gobiernos de Estados Unidos y del sionismo israelí y sus servicios de inteligencia. Se trata de la guerra secreta de los EEUU contra la humanidad.

Para aquellos que piensan que el imperialismo es un cuento de los socialistas, pues que equivocados están. Los estadounidenses siempre han puesto sus avances científicos y tecnológicos en función de imponer sus intereses hegemónicos al resto de los países del planeta, y los que no lo acepten o se rebelen en contra de ese “orden mundial” que se quiere imponer, son asesinados sin ningún tipo de complejos y miramientos. Así como los experimentos antiéticos para inocular enfermedades (como el cáncer por ejemplo) y que hemos tratado de resaltar en estos trabajos que hemos querido hacer públicos, el uso de prostitutas como espías por parte de sus servicios de inteligencia o los “ovnis”, que para mí no son más que drones que no son más que invenciones del poder, aparatos con 50 años de adelanto tecnológicos y repartidos en casi todos los países del mundo, aquí en Venezuela hay por montones y están protegidos por poderosos y por leyes bien elaboradas en Washington.

La posición acomodaticia de cualquiera sería que este cúmulo de informaciones guardárselas y quedarse callado. Pero mi deber y mi conciencia no me lo permiten, a riesgo de ser tildado “loco” o por amenazas o burlas que pudiera uno recibir.

Pero, retomando los señalamientos realizados por Thomas Gordon en su obra “Las armas secretas de la CIA”, y Percy Alvarado Godoy, retomamos la continuación de la entrega que hoy nos compete.

Buckley aprovechó varios de los “trucos sucios” que había aprendido del doctor Gottlieb. En las aldeas de las cuales tenía fundadas sospechas de que estaban controladas por el Vietcong, introdujo alimentos con ántrax o cualquiera de las otras sustancias letales que le mandaban desde Langley.

Los Estados Unidos siempre se han caracterizado por la invención de medicinas y remedios. Cada pocos meses aparece un nuevo antidepresivo: toda una gama de tranquilizantes y las fenotiacinas más potentes ayudan a controlar las funciones fisiológicas de casi todos los sistemas orgánicos del cuerpo.

También era la época de finales de los 60, 70 y 80 del siglo pasado, en la que también se daban los primeros indicios de concienciación pública sobre los peligros de la sobremedicación, se publicaban las primeras historias en la prensa sobre los primeros pleitos presentados por pacientes estadounidenses que afirmaban haber recibido tratamientos inapropiados, se hacían los primeros llamamientos en pro de una regulación gubernamental. El doctor Cleghorn había recordado a su personal que nunca receta fármacos de manera indiscriminada y que jamás lo hiciera sin el reconocimiento físico más concienzudo. Nunca debía usarse un fármaco con sus pacientes por pura “gestión institucional”.

La presencia del doctor Gottlieb en Vietnam tenía por objeto usar la guerra como banco de pruebas para el MK ULTRA. Sabía que no escasearían los “prescindibles” para sus últimos experimentos. Le había ordenado a Buckley que se asesgurase de tenerlo todo listo para cuando él llegara. Varios médicos del instituto habían expresado sus consternación porque el doctor Cameron había empezado a administrar curare a sus pacientes para paralizarlos, de modo que no tuvieran manera de detener físicamente las cintas que éste les colocaba para sus experimentos psiquiátricos.

En Langley, el doctor Gottlieb seguía enfrascado en el programa de guerra biológica. En el arsenal de Edgewood, los científicos patrocinados por la CIA habían estado trabajando con la mescalina como potencial arma. Sus experimentos incluían a un entrenador de tenis, Harold Bleur, quien estaba recibiendo tratamiento psiquátrico en el Instituto Psiquiátrico de Nueva York, institución que, a espaldas de la mayoría del personal, se había incorporado al programa de control mental de la CIA. Habían enviado al instituto mescalina, bajo el nombre en clave EA-1298, para “evaluación humana”. Bleur recibió una inyección. En cuestión de minutos cayó en un coma del que no saldría nunca.

El doctor Gottlieb quiso a continuación que los científicos del arsenal de Edgewood desarrollasen un arma biológica basada en el glicolato. En un memorándum que escribió señalaba la “urgencia de la investigación, ya que se sabe que los soviéticos están activamente volcados en el campo del glicolato”. Veinte voluntarios, cinco de ellos presos y los otros quince reclutas del ejército estadounidense recibieron con el tiempo inyecciones de una droga basada en el glicolato y desarrollaron síntomas gravemente incapacitadores que les duraron dos meses. No les informaron del objeto del ensayo, la naturaleza de la droga o de sí les dejaría secuelas a largo plazo. Se consideró que la prueba había sido “satisfactoria”.

A Gottlieb le preocupaba que el director de Operaciones Técnicas del KGB, cuyo fin era idéntico al de la división de la CIA que controlaba él, fuera por delante de la investigación estadounidense en venenos y gases. Sus temores se fundaban en un caso protagonizado por un bielorruso, Georgi Serguéyevich Okolovich, que había dirigido una sonada campaña de propaganda antisoviética desde la ciudad alemana de Francfort. Encargaron a un asesino del KGB, Nikolái Joklov, que acabara con él. Una vez que hubo convencido a sus interrogadores de quien era, Joklov se los llevó a la Selva Negra. Joklov reveló que los armeros del KGB la habían adaptado para que una pitillera de oro se convirtiera en una pistola que disparaba las balas escondidas dentro de los cigarillos. Joklov se convirtió en un orador habitual en encuentros celebrados en toda la Alemania Occidental, en las que describía el inmenso arsenal de armas bioquímicas de la Unión Soviética. Durante una velada, en Francfort, mientras pronunciaba una de sus conferencias, se derrumbó de improviso. El KGB se había ingeniado, supuestamente, para envenenarle la comida con diminutas partículas radiactivas. Nadie descubrió cómo.

Dos años después, el KGB lanzó un ataque parecido contra otro disidente soviético, Stefan Bandera, en Múnich. Había regresado a su piso del extrarradio de la ciudad para comer cuando un agente del KGB, Bogdan Stashinski, usó un arma tubular para dispararle a la cara cierta cantidad de ácido prúsico. El disidente absorbió el ácido, cuyo efecto vasoconstrictor le provocó lo que parecía un ataque al corazón. Dos años más tarde Stashinski se había pasado a Occidente llevando consigo los últimos detalles sobre las armas biológicas del KGB.

El doctor Gottlieb andaba ocupado organizando el MK SEARCH. Había autorizado que se reservaran 30.000 dólares para nuevos pisos francos en Chicago y Los Ángeles. Se habían concedido otros 150.000 a un laboratorio de Baltimore para que investigara microorganismos capaces de provocar “cualquier cosa, ya sean prácticas sexuales poco comunes o la simulación de una muerte por dióxido de carbono”. El doctor Gottlieb esperaba que las investigación, con el tiempo, le permitiera añadir capítulos a su manual de asesinato.

Se creó una nueva vía de financiación de las drogas. La Amazon Natural Drug Company que tenía una oficina registrada en Iquitos, Perú. La dirigía John King, que había dirigido la división del hemisferio occidental de la CIA hasta el fiasco de Bahía de Cochinos, momento en que había caído Dulles. El doctor Gottlieb reincorporó con discreción a King al redil de la Agencia... y le proporcionó un presupuesto de casi un millón de dólares. King usó parte del dinero para comprarse una casa flotante, que llenó de bourbon antes de navegar por el Amazonas con un pequeño equipo de botánicos de la Agencia que recogían hojas, raíces y cortezas. Helms continuaba teniendo fe en que un día el doctor Gottlieb descubriría la respuesta al control mental y le permitió continuar, sin trabas ni cortapisas, ideando nuevos y mejores modos de desorientar, desacreditar, mutilar y matar.

Pero esta publicación de estos trabajos continuarán, por razones de espacio, en la próxima entrega.



¡Bolívar y Chávez viven, y sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!

¡Hasta la Victoria Siempre!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!


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Juan Martorano

Abogado, Activista por los Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiter@s Socialistas (RENTSOC).

 jmartoranoster@gmail.com      @juanmartorano

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