Hay hombres que atraviesan el tiempo, pero hay otros, como el Profesor Jorge Pocaterra, que lo transforman. Hablar de su trascendencia no es hablar de un pasado estático, sino de un presente vibrante en cada aula de la Guajira y en cada rincón donde un niño indígena pronuncia con orgullo su lengua materna.
Jorge Pocaterra no solo fue un sabio y académico; fue un traductor de mundos. En un país que a veces caminaba de espaldas a su raíz, él tuvo la sabiduría de sentar a la mesa de la República la palabra antigua del pueblo Wayuu. Gracias a su visión, nuestra Constitución dejó de ser un papel de tinta negra para teñirse con el colorido de los clanes, reconociendo por fin que Venezuela es, y será siempre, multiétnica y pluricultural.
Jorge Pocaterra es un puente viviente entre la cosmovisión ancestral y el mundo contemporáneo. Como líder del pueblo Wayuu, su vida ha sido un testimonio de resistencia cultural y pragmatismo político. Se le reconoce como un hombre de pensamiento profundo y verbo pausado, cuya labor ha sido fundamental para que los idiomas indígenas de Venezuela dejen de ser consideradas "dialectos" y sean valoradas como la base de la soberanía nacional. Su enfoque siempre ha sido la educación intercultural bilingüe como la herramienta definitiva para la emancipación de los pueblos originarios.
Su legado lingüístico es nuestro escudo. Él nos enseñó que el Wayuunaiki no es un dialecto del pasado, sino un idioma del futuro. Nos recordó que cuando una lengua muere, se apaga una forma de ver las estrellas, de entender la tierra y de sanar las heridas. Pero hoy, su palabra sigue viva en la Educación Intercultural Bilingüe y en los idiomas indígenas a través de los Nichos Etnolingüísticos, esa herramienta de libertad que él forjó con paciencia de artesano.
Como el Pütchipü’ü que siempre fue, Jorge Pocaterra nos deja la misión más alta: la diplomacia de la palabra. Nos enseñó que la paz se construye conversando y que la justicia solo es real si respeta la identidad del otro.
Profesor, usted ha trascendido porque su voz ya no le pertenece solo a usted; ahora habita en la garganta de su pueblo. Usted no se ha ido, se ha sembrado. Y mientras haya un joven que defienda su territorio y su idioma, ahí estará Jorge Pocaterra, recordándonos que somos hijos de la tierra y dueños de nuestra propia historia.
Su legado se hace tangible en su labor como traductor de la Constitución Bolivariana de 1999 al Wayuunaiki, una obra que permitió que la ley máxima del país hablara el idioma de la tierra. A través de su pluma, los conceptos de justicia y derecho se fusionaron con la cosmovisión indígena, convirtiendo libros y leyes en puentes de entendimiento. Jorge Pocaterra no solo tradujo palabras; tradujo la dignidad de un pueblo al lenguaje de la posteridad.