Del advenimiento epocal del nihilismo (Nietzsche, Tolstoi, Dostoievski)) a la spengleriana decadencia de occidente comienza una línea reflexiva sobre el estado de cosas en nuestro mundo occidental que llega hasta nuestros días y que podríamos bien bautizar con la tesis del desencantamiento del mundo (Max Weber). Palabras más, palabras menos se puede comprender toda esta línea como la pérdida de sentido del mundo moderno. Nació este mundo de varias olas sucesivas de encantamiento: el del humanismo renacentista que desplazó a Dios con relación a lo humano; el de la Reforma luterana y calvinista que puso la noción de trabajo productivo como valor religioso en máximo grado a la par que promovió las libertades individuales; el de las continuas revoluciones científicas desde la astronomía hasta las ciencias humanas, que prometieron un progreso contínuo y dominio sobre la naturaleza, incluida la muerte; y, por supuesto, el de la Ilustración con la diosa Razón iluminando un futuro maravilloso tal como se expresa en sus tres hijos más queridos como lo han sido el liberalismo, el positivismo y el marxismo. No obstante, un siglo XX atroz por sangriento, con sus prácticas económicas y políticas descarnadas, nos volvió cínicos en las materias espirituales.
Las artes no han sido ajenas a este proceso, como tampoco la música popular. En el caso hispanoamericano del último siglo hay una línea de evolución en la popularidad de la música que en tres de sus momentos podríamos arrancar con el bolero hasta llegar a nuestros tiempos reguetoneros. Cuba, México, Puerto Rico, Venezuela, Chile y muchos otros países fueron grandes centros productores del bolero. Muchas de las letras de este género muestran la imposibilidad de un amor o su ruptura definitiva. El sufrimiento por la pérdida suele compaginarse con el sentido de vivir conservando la memoria de lo que fue. A pesar de estar primordialmente referidos al sentimiento de amor entre hombre y mujer, los boleros muchas veces aludían subrepticiamente a cuestiones políticas. Es el caso de "Preciosa", de Rafael Hernández, cuya una de sus estrofas dice: "Preciosa te llaman los bardos / que cantan tu historia / no importa el tirano te trate con negra maldad / preciosa serás sin banderas / sin lauros ni glorias / preciosa, preciosa te llaman los hijos / de la libertad.". Una alusión contra las tiranías que predominaban durante la gran época del bolero desde España hasta la Argentina. Y como "Preciosa" se podrían mencionar muchos otros. El tiempo del bolero fue políticamente agreste, pero no faltaba la poesía sobre el encuentro humano, sin falta de sexualidad pero sin necesidad de reducirla a perreo.
A mediados de los años sesenta otro género entró en escena en esta evolución de la música popular lírica. Se trata de la balada. La influencia de otros géneros bailables o del propio rock and roll establecen otro discurso musical que al fusionarse con el bolero origina la balada que durante más de un cuarto de siglo dará grandes exponentes en la composición y el canto. Junto con el bolero, la balada conserva un sólido carácter poético asociado a la relación romántica, sin dejar de aludir a la sexualidad pero también sin perreo. Es el tiempo de los José José, el Puma, Rocío Dúrcal, Leonardo Favio, José Luis Perales y tantos otros. Y si bien el tono es esencialmente romántico, la cuestión política no deja de estar presente. Quizás no muchos sepan que una canción como "Melina" de Camilo Sesto es un homenaje del regreso a Grecia de la actriz y cantante Melina Mercouri una vez caída la dictadura de los coroneles en julio de 1974. Melina había sido una activista de izquierda exiliada por el régimen griego. Sesto estrenó la canción en pleno régimen franquista, con una letra romántica que todos sabían por aquella época a quién se dirigía, Franco el primero. También se puede decir de otros temas como "Libre" de José Luis Armenteros y Pablo Herrero, sonado por Nino Bravo en aquel mismo contexto dictatorial. Poesía y política van de la mano en los sentimentales bolero y balada.
La misma evolución de la balada nos conduce a la desromantización de la misma a comienzos de la década de los ochenta. Aparecieron entonces letras como "mamita, ábreme la puerta". Así como la salsa brava derivó en salsa erótica, la balada derivó en balada rock y abiertamente sexual. Sin embargo, durante aquella década se alternó lo descarnado y lo poético hasta que el género perdió su lugar en las listas de popularidad del continente. En el lenguaje popular de las parejas también fue borrándose el título de novios por el de "amigos con derecho", y luego, tan solo "amigos". Desde los años ochenta el predominio dejó de ser romántico y se volvió abiertamente sexual, ya no había nada que encubrir al respecto. Las sublimaciones freudianas fueron enterradas.
Es a finales de la década de los ochenta que aparecerán los primeros atisbos del reguetón desde las raíces del hip hop, rap y del reggae, aunque no se popularizará por todo el continente y el mundo hasta la entrada del nuevo siglo. Llega así la época del "dame gasolina" y la perreadera. Visto desde el reguetonero, el bolero y la balada resultaban demasiado intensos. El género tiene muchos detractores y también quien lo defienda en una polémica que ha permanecido en el tiempo. Más allá de cualquier juicio sobre su valor musical hay que decir que el reguetón es expresión de la democratización de la producción musical que han generado las nuevas tecnologías informáticas. Crear boleros y baladas era muy costoso, suponía unas condiciones materiales orquestales nada baratas, de difícil acceso. Del mismo modo exigía cultura musical y hasta literaria a veces bastante exigentes. Por otra parte, la temática es otra, poco o nada romántica, desacralizadora del amor. Pero esto no es tanto responsabilidad del género sino parte de un contexto que como dijimos al comienzo resalta por la actitud cínica y nihilista, un contexto cultural desencantado en el cual las creencias de otrora han perdido fuerza social sin que emerjan nuevos valores. Por supuesto, los posicionamientos políticos también se hacen presentes en muchos temas del reguetón, pero generalmente igualmente en clave cínica.
En "La decadencia de occidente" Spengler anunció que la civilización (el andamiaje técnico e institucional) seguiría desarrollándose probablemente por dos siglos más, pero que la cultura (valores y creencias creadoras y dotadores de sentido para la vida y la acción) ya estaban agotadas para la modernidad occidental. Los tres momentos mencionados de la música popular hispanoamericana parecen reflejar bien esa tesis. El problema es que los humanos somos como la mítica figura de los centauros, mitad humano, mitad animal. El humano es la cabeza, la parte racional. La otra parte pasional es el animal representado por el cuerpo de un caballo. Los humanos somos razón, pero para decirlo con Pascal, el corazón tiene razones que la razón desconoce. Somos razón pero somos además corazón. La actitud racionalista no da con el sentido y significado de la vida y el mundo, por lo cual buscamos por necesidad hasta biológica ese sentido y significado, pues de no hallarlo lo que prácticamente nos queda es el suicidio o su reverso en el asesinato. La evolución de occidente ha renunciado a tratar públicamente esta cuestión. Como decía Max Weber al final de su vida, si queremos un mínimo de paz los dioses deben retirarse de la plaza pública. El Dios único ha muerto, hoy hay muchos y todos quieren ser el único, por eso cuando en lo público queremos imponer nuestro Dios (nuestro sistema de valores) entramos en conflicto con los dioses de otros miembros de la sociedad que habitamos. Por eso la evolución occidental ha abandonado progresivamente la formación en valores morales, políticos y religiosos en sus escuelas, extendiendo en su lugar la instrucción en ciencias y técnicas, particularmente las ciencias naturales filtradas por un lente positivista. La educación ciudadana molesta, la filosofía otro tanto, ya no digamos la cuestión religiosa. La escuela moderna tiende a desentenderse de los valores dejándolos a la esfera privada de la familia. Desencantados, sin embargo, la parte equina del centauro que somos mantiene la necesidad de encantarse para seguir con vida. A veces esta contradicción se expresa en la militancia en radicalismos políticos propios de líderes demagógicos. Creo que estamos viviendo algo de ello en estos tiempos.