Cuentos Cortos para recordar

En un pequeño pueblo al borde de un vasto bosque, vivía una niña llamada Ana. Desde muy pequeña, Ana había escuchado leyendas sobre un misterioso lugar en el corazón del bosque, donde los árboles susurraban secretos y las flores brillaban como estrellas. Cada vez que se adentraba un poco en el bosque, sentía una conexión especial con la naturaleza, pero nunca había tenido el valor de aventurarse más allá de los límites conocidos.

Un día, mientras exploraba, Ana escuchó un suave murmullo. Intrigada, se acercó y vio a un pequeño ciervo de ojos brillantes que la miraba con curiosidad. Sin pensarlo, decidió seguirlo. El ciervo la llevó más y más lejos, hasta que las sombras de los árboles se espesaron y un aire mágico llenó el ambiente.

El Reino Oculto

Después de caminar un rato, Ana llegó a un claro iluminado por una luz dorada. Allí, un grupo de criaturas fantásticas danzaban entre las flores. Había hadas con alas brillantes, duendes de sonrisa traviesa y un anciano árbol que parecía hablar en voz baja. Ana no podía creer lo que veía.

"Bienvenida, Ana", dijo el árbol con voz profunda. "Has sido elegida para ser la guardiana de nuestro bosque. Pero primero, debes completar tres pruebas".

Las Tres Pruebas

Primera Prueba: El Valor

Ana tuvo que cruzar un puente colgante que se balanceaba sobre un abismo. Con el corazón latiendo fuertemente, dio un paso tras otro, recordando que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante.

Segunda Prueba: La Sabiduría

La segunda prueba fue un enigma presentado por un duende astuto. "¿Qué es lo que crece sin ser plantado?" Preguntó. Ana pensó un momento antes de responder: "Las ideas". El duende sonrió, satisfecho con su respuesta.

Tercera Prueba: La Empatía

La última prueba era la más difícil. Ana debía tocar el corazón de un ave herida y sanar su espíritu. Con ternura, acarició al pájaro y le cantó una canción de amor. Un brillo cálido envolvió al ave, y pronto voló libremente, agradecida.

La Revelación

Con las pruebas completadas, el anciano árbol sonrió. "Te has ganado el derecho de ser la guardiana del bosque. Ahora, elige un don". Ana, con su corazón generoso, eligió el poder de comunicarse con todas las criaturas.

Desde ese día, el bosque y Ana se convirtieron en amigos inseparables. Aprendió a cuidar de la naturaleza y a proteger a cada ser que habitaba en él. Su voz se convirtió en un susurro que resonaba entre los árboles, recordando a todos la importancia de vivir en armonía con el mundo que nos rodea.

Epílogo

La leyenda de Ana se convirtió en un cuento que los habitantes del pueblo contarían a sus hijos. Y así, el bosque siguió hablándoles a aquellos que escuchaban de verdad, recordándoles que siempre habría un lugar mágico esperando a ser descubierto, lleno de amigos y maravillas. Y cada vez que el viento soplaba suavemente, era Ana quien sonreía desde el corazón del bosque, feliz de ser su guardiana.

La Mariposa Azul. Parte dos

La tarde se estiraba perezosa, tiñendo el cielo de naranjas y morados desvaídos, pero mi corazón no encontraba la paz en esos colores. Hacía solo unos días, el mundo se había vuelto un poco más opaco para mí con la partida de Rosalia, mi amiga, mi confidente, mi hermana de risas y de silencios. Su ausencia era un eco constante en cada rincón de la casa, en cada recuerdo que asaltaba mi mente.

Me encontraba sentado junto a la ventana, observando sin ver las hojas que danzaban con la brisa. Mis ojos estaban hinchados y mi alma, rota. Fue entonces, en el crepúsculo de mi pena, cuando algo llamó mi atención. Era una mariposa. Una mariposa de un azul tan intenso, tan vibrante, que parecía sacada de un sueño. No era un azul cualquiera; era el mismo tono de azul cobalto que Rosalia tanto amaba, el color de sus ojos cuando reía con el alma, el de su vestido favorito que guardaba con tanto cariño.

La mariposa revolotea con una delicadeza etérea, deteniéndose justo frente a mi ventana. No intentó entrar, solo permaneció allí, suspendida en el aire, sus alas batiendo lentamente como si me saludara. Era tan hermosa, tan perfecta, que por un instante olvidé mi dolor y me quedé embelesado, observándola.

El Relojero del Tiempo Perdido

En un callejón donde el sol nunca terminaba de entrar, vivía el señor Arístides, un relojero que no reparaba maquinarias, sino momentos.

La gente no iba a su tienda porque se les hubiera parado el segundero, sino porque se arrepentían de algo. "Señor Arístides", decía un cliente, "perdí los estribos con mi hija ayer. ¿Podría devolverme esos cinco minutos?".

Arístides abría un cajón lleno de engranajes invisibles, ajustaba una tuerca en el aire y —clac— el cliente parpadeaba y se encontraba de vuelta en su salón, justo antes de gritar, con una segunda oportunidad en las manos.

Pero había un truco. El tiempo es una balanza perfecta. Por cada minuto que Arístides te devolvía, te quitaba un recuerdo feliz de la misma duración.

Un día, un hombre rico entró exigiendo recuperar toda una década de juventud perdida en negocios aburridos. Arístides lo miró con tristeza y le preguntó: — ¿Está seguro? Si le devuelvo diez años de ambición, olvidará el rostro de su primer amor y el sabor del café de los domingos.

El hombre aceptó sin dudar. Al salir de la tienda, tenía la piel tersa y el cabello oscuro, pero sus ojos estaban vacíos. Miró a su esposa, que lo esperaba afuera, y le preguntó con total frialdad: — ¿Y usted quién es?



Esta nota ha sido leída aproximadamente 255 veces.



José Juan Requena


Visite el perfil de José Juan Requena para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes:

Comparte en las redes sociales


Síguenos en Facebook y Twitter



José Juan Requena

José Juan Requena

Más artículos de este autor


Notas relacionadas

Otros artículos sobre el tema Artes

Pulse aquí para leer ver todas las noticias y artículos sobre Artes


Otros artículos sobre el tema Historia, ensayos, relatos, crónicas

Pulse aquí para leer ver todas las noticias y artículos sobre Historia, ensayos, relatos, crónicas