Me invitaron a Miraflores y comí bien

Llegué a Miraflores a las seis de la mañana, puntual como indicaba la invitación, justo a la hora de salir a hacer ejercicio con la tropa de la Casa Militar y el Presidente y los ministros que hacen guardia en palacio, y las secretarias en bermudas y todo ese gentío que pernocta ahí como si fuera su casa. Yo correteaba feliz pero lo que más me inquietaba era la hora del desayuno. ¿Cómo sería la mesa que nos esperaba? Mal acostumbrado como estoy a las pírricas bolsas de los Claps, que nos obligan a comer durante un mes papel tualé con arroz o ace con espaguetis, porque eso es lo que traen, la mente cochambrosa mía se imaginaba que allá en Miraflores no faltan los panes, las arepas, los cafecitos, los huevitos fritos, las tajas fritas, tocinetas, bistecitos con arroz y plátano, las empanadas y los quesos, los juguitos de lechosa, de parchita, de piña, de guanábana, en fin, se me hace la boca agua de sólo imaginar todo eso, y pare usted de contar.

Un relámpago en la noche o tal vez un grillo me hizo cambiar de posición en la cama, pero no me alejé de Miraflores. Me perdí el desayuno porque la verdad no lo recuerdo. Sin embargo, a la hora del almuerzo sí me di vida. Aquella mesa laaarga tenia de todo. Recuerdo los perniles en salsa de naranja, los muslos de pavo al horno, los platones de acero tapados con mil cosas, las salsas, la carne mechada humeante, el Petit Toné (¿se escribe así?), el asado negro, el pollo sudado, la pasta carbonara, el conejo al salmorejo, el estrogonof de hígado (¿se escribe así estrogonof?), el puré, las papas al vapor, las papas fritas, las papas arrugadas, las papas colombianas, y de casualidad hasta me como al mismo papa Francisco, al que llaman el papa rojo rojito, para despecho de la derecha oligárquica.

Mi buche se llenaba infinitamente destapando aquel hollero luminoso, desplegando vapores deliciosos, y todo sin apuntar a la otra mesa de las frutas más la otra mesa de los postres. Quiero dar públicamente las gracias a esos mesoneros sin nombre que me atendieron toda la madrugada de ese mediodía soñado. Eran gentiles y eficientes. No pellizcaban la comida como hacen los mesoneros pasaos que se creen que no los vemos. Parecen unas limas nuevas. Estos mesoneros de palacio, de la Miraflores misma tienen educación, tienen principios y tienen buena gerencia. Por asuntos de protocolo y también por la impertinencia de los gallos de mi vecino Chindo, no pude felicitar en persona a los chef de palacio, incluyendo el chef de Santiago de Compostela que cocina a la española, obviamente;  al chef italiano de Verona, que cocina a la italiana, obviamente, y al chef francés de París, que cocina a la francesa, obviamente. Al chef chino si que no le doy gracias ni nada porque esas comidas chinas yo ni las toco. No como gatos ni como culebras.

Durante este paseo culinario dejé de pensar en esa diferenciación magistral que hace el catedrático Ernesto Isea entre hambre y apetito. Para él, el hambre es animal (por ejemplo, comer carne cruda como los tigres y los leones, por la necesidad de alimentarse animalmente), y sólo el apetito es humano, porque según él nosotros los humanos (sin derecho a decir que sentimos hambre), confundimos el deseo insano de ingerir  hamburguesas, galletas Oreo,  pepitos y demás delicias del Tío Sam, con hambre, sólo para echarle vaina al Presidente Maduro. Es decir, para Isea sentir hambre en Venezuela nos convierte en pitiyanquis, en escualidones y queda prohibido sentir hambre en Venezuela. ¡VENEZOLANOS POBRES DE LA PATRIA

SIENTAN SÓLO APETITO! *

La margen de la teoría darwiniana del hambre del doctor Isea, esa estupenda comida del almuerzo de Miraflores no tendría gracia si no confesara que me tomé un café gourmet cómo sólo puede tomarse un café gourmet presidencial. Uy, qué delicia. Para nada extrañé a los bachaqueros miserables que se traen una porquería color marrón y que de Caripe El Guácharo para metérnoslo por los ojos como café criollo, del bueno, del nacional pues. Una porquería de café. Malísimo. Pero nadie lo decomisa. Nadie ve ese café chimbo. Este café de Miraflores si que estaba sabroso. Aproveché tomarme dos termos, porque ya estaba amaneciendo, y sin arepa en el plato, sin huevos fritos, sin juguitos, sin azúcar, sin aceite, sin muslitos de pollo que sudar, sin sardinitas, sin nada que echarle al buche, la verdad es que no quería despertar. Perdón, no quería venirme de Miraflores a seguir con este sufrimiento. Y pensar que para la cena ya no hay milagros. Son apenas las 5:33 AM y ya me roncan las tripas mientras aprovecho la gentileza de los panas de aporrea.org para darle las gracias a toda la gente de palacio por darme de comer un solo día. Es que hasta los soñadores estamos bien jodidos. Por cierto, no tenemos culpa de tanto apetito ruin en este país sin hambre, señor Isea. Es el mismo apetito sin hambre que usted puede observar en Haití o en África, donde son tan animales que ni se nos camparan, ¿verdad? Allá casi se comen unos a otros y aquí en Venezuela apenas estamos desnutridos y flacos por culpa del apetito. Pero a fuerza de Claps ese apetito se nos pasará pronto, querido hermano. Y lo sueños impúdicos también. ¡Virgen Santísima, hijo er diablo!

ADDENDA

“El hambre es un asunto característico, y además de característico, es algo singular y especial. El hambre es una apetencia animal, y por tanto, propia de cualquier ser viviente. Es la necesidad de alimentarse y proveer al cuerpo, al organismo, de aquellos elementos necesarios e imprescindibles para su normal desarrollo y evolución. No sé, y estoy convencido de que la mayoría de los que aquí viven tampoco lo saben; no sé, digo, hasta qué punto pueda decirse que en Venezuela hay hambre. Para averiguarlo sería necesario movilizar a muchas personas, a efectuar preguntas y averiguaciones y levantar una estadística en tal sentido. Cosa que aquí nadie hace porque lo que priva es la lenidad y la negligencia, la mala intención y la politiquería; que no la política. El hambre es animal, animal; y no distingue entre lo que ingiere: sea crudo, podrido, sin valor nutritivo, o como sea, el hambriento le hinca el diente. Tal vez por eso un felino come crudo. El apetito en cambio, selecciona, y selecciona lo que ha de comer. Entre infinidad de viandas, bien elaborados y apetitosos, quien tiene apetito selecciona, escoge. ¡En el hambre no!” (Ernesto Isea dixit) Ud. saque sus conclusiones respetable lector.



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José Pérez

Profesor Universitario. Investigador, poeta y narrador. Licenciado en Letras. Doctor en Filología Hispánica. Columnista de opinión y articulista de prensa desde 1983. Autor de los libros Cosmovisión del somari, Pájaro de mar por tiera, Como ojo de pez, En canto de Guanipa, Páginas de abordo, Fombona rugido de tigre, entre otros. Galardonado en 14 certámenes literarios.

 elpoetajotape@gmail.com

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