Manuela Sáenz la "Gloriosa"

El caso es que doña Manuela Sáenz de Thorne, la amiga intima del Libertador, anoche en una fiesta que organizó en su casa, en medio de una borrachera general, fusiló en efigie al general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de la República. Agarró un muñeco de trapo y, luego de ponerle un letrero con el nombre de su excelencia, ordenó a la guardia dispararle dentro del jolgorio de sus invitados.


La había conocido cinco años atrás, el 16 de junio de 1822, cuando hizo su entrada triunfal en Quito, luego que Sucre derrotó a los españoles. Se enamoraron perdidamente desde el primer momento. El avanzaba al frente de aquel imponente cortejo, arriba de su caballo blanco, y ella, desde un balcón florido, escoltada por sus negras Nahón y Jonatas, le llamó la atención golpeándole el rostro con un clavel y dejando salir su alegre y punzante risa. Esa misma noche, y para escándalo de toda la ciudad, luego del suntuoso baile del Ayuntamiento, se la llevó a la cama, sin que les preocupase lo que pudieran decir desde el Dr. Thorne, el marido inglés de Manuela, hasta el pueblo en el mercado. Los quince días que pasó en Quito, a pesar de los graves problemas políticos y en medio de ellos, fueron el uno para el otro en febril abandono. Nunca se había topado con una mujer como aquélla. Además de ser una beldad menuda, de sensualidad desbordante, era culta, inteligente, de una gracia y picardía sin par, que expresaba de manera desconcertante, como fue la primera vez que se le apareció disfrazada de Húsar, llegando a Guayaquil, donde habría de celebrar su famosa entrevista con el General José de San Martín. Allá en su hacienda de Babahoyos, Guayas Arriba, luego de su entrevista con el Libertador del Sur, se dio de bocanadas con su presencia, en un paisaje de palmeras y guacamayas. El amplio chinchorro, finamente tejido, se mece con los dos adentro, impulsado por el rítmico braceo de sus dos inseparables negras.


-Ya sé, sinvergüenza- -le dice-, que en Guayaquil te entregaste en cuerpo y alma a Carmen Garaicoa, y hasta empezaste a contarle tu vida.


-¿Y qué tal era Pepita Machado?- -Le soltó de pronto con dulce curiosidad-. Un nubarrón sombrío borró de sus ojos el alegre punzar que exhibía y se vio de pronto en Ocumare. Con las tropas españolas entrando a la Villa, lograron embarcarse. Se sentía inmensamente desgraciado. Era un general fracasado. Por su irresponsable actitud, como se lo echó en cara Carlos Soublette. ¿A dónde iría? Sus amigos los ingleses, al aliarse con España, no lo querían en su territorio. Así se lo hicieron saber en Jamaica, cuando ya todo estaba listo para invadir a Venezuela. Entre tanto, el tres puños, margariteño bogaba y vagaba por el Caribe en busca de las islas de sotavento. Dejaría a Pepita y a sus dos tías en San Thomas, donde se encontraban refugiados muchos venezolanos. El se iría por los caminos del mar en busca de su destino.


Luego de la conquista de Guayana y Angostura y del fusilamiento de Piar, llegaron los primeros contingentes, entre los que venía Fergusson y O’Leary, con ellos llegó la señora Pepa, como con gran cariño la llamaba la tropa. Volvió a sentirse dichoso, disfrutó de ella plenamente, pero esta vez dentro de un marco de discreción y dignidad. Pepita tosía, igual que su madre Doña Concepción, cuando se propuso el Paso de los Andes. Luego de su gesta, y de sentarse en el Trono de los Virreyes de Santa Fe, volvió a Angostura, sin que sus amoríos con Bernardina Ibáñez, la bogotana, la desplazaran. La caraqueña había adelgazado. Sus bellos ojos brillaban febriles sobre unas cuencas amoratadas. La tuberculosis según le dijeron los médicos, se había declarado. Quizás el clima de Bogotá –dijo uno de ellos- le sentará mucho mejor. Con la mayor celeridad posible, se puso en camino a Santa Fe. Pepita tuvo dos hemoptisis. En Achaguas, entre fiebre y delirios, murió el gran amor de su juventud.


Por dos años sufrió intensamente, sin que ninguna mujer, hubiese sido capaz de borrarle la aguda desesperanza que lo abatía al despertar cada mañana.


En la campaña del Perú estuvo año y medio sin verla, mientras otra Manuelita, la Madroño, suplía con ventaja, y con su aire fresco, aquella presencia estimulante y también demencial. Le placía como hembra, disfrutando la mayor parte de las veces de su alegría chispeante; pero lo ponía fuera de sí cuando se entrometía en política y tomaba decisiones por su cuenta. Sus fieles la amaban y odiaban por partes iguales. Sucre y Fergusson la adoraban. Córdoba y Lara, con quienes logró escapar del Perú, la detestaban. Por eso había decidido aquella tarde, luego de lo sucedido con la efigie de Santander, mandarla al diablo.


LA VIEJA DE LOS PERROS: Giuseppe Garibaldi, padre de la unidad italiana, nació en Niza el 4 de junio de 1807 y murió en 1882. Aprendió el oficio de marino junto con su padre y con él antes de abocarse definitivamente a la revolución recorrió el mundo en todos los sentidos. Viajando de un lugar a otro llega a Chile y Perú.


En uno de esos viajes arriba a un pobre y abandonado puerto peruano llamado Paita. Es un panorama triste, de colinas ocres y desarboladas con unas cuantas casucas de miserable aspecto. En una menos chata y lastimosa que las otras, una vieja regordeta arrellanada en una vieja poltrona lo ve llegar.

Garibaldi: Buenos días, buenos días.

(Gruñido de perro.)

La Señora: Buenas se las dé Dios... ¡Páez, deja quieto al señor!

Llévatelo para atrás Jonatan...

Jonatan: (Mujer) Es que allá atrás está Santander y se van a poner a pelear.

La Señora: Ponlo entonces con Peña que por lo que tienen en común se las entenderán de mil maravillas.

Garibaldi: (Soltando la risa) Curioso nombre le dais a vuestros perros, mi noble señora: Páez, Santander y Peña...

La Señora: Es que así me divierto y les cobro todo el mal que le hicieron a él y a mí. ¡Ay si me hubiese hecho caso y hubiese fusilado a Páez y Santander!

La Señora: ¡Ay, que bueno, si allá viene mi viejo...!

El Viejo: Buenas, buenas...

La Señora: Tengo el gusto de presentaros a uno de los hombres más notables de la historia de América...

El Viejo: Déjate de cosas, mujer. Mucho gusto, señor...

Garibaldi: Gusto el mío, caballero. ¿Cuál es vuestra gracia?

El Viejo: Simón Rodríguez.

La Señora: El maestro de Simón Bolívar, el Libertador...

Garibaldi: ¡Oh, señor mío, cuánto honor el conoceros!... Soy fiel devoto de Simón Bolívar, el más grande hombre nacido en todos los tiempos...

La Señora: (Presa de una emoción) ¿Lo decís de veras? (Esperad entonces un momento.)

La Señora corre hacia el interior de la casa y regresa. ¿Qué os parece este retrato?

Garibaldi: ¡Válgame el cielo! Jamás he visto en mi vida un ser de belleza física más excepcional. ¿Quién es ella?

La Señora: Nada os dice el collar que envuelve su cuello...

Garibaldi: no sé, mi gran señora.

La Señora: Es la orden de las Caballerizas del Sol.

Garibaldi: Tan hermoso, como la mujer que lo lleva. ¿Quién es ella?

La Señora: Vedme con detenimiento y en especial, ahora, que llevo la Sagrada Orden.

Garibaldi: En efecto se parece a vos...

La Señora: Leed al dorso.

Garibaldi: ¡Manuela Sáenz!

La Vieja: (Muy emocionada) Soy la Mujer de Bolívar...

Garibaldi: ¡La amante inmortal!

El Viejo: La Libertadora del Libertador.

Garibaldi: Loado sea el Señor. Dejadme arrodillarme ante vos...

(Los perros ladran)


Pocos meses después de esta entrevista murió en otro pequeño pueblo de los alrededores, Don Simón Rodríguez, y en 1856, luego de veintiún años de exilio en aquel triste y apartado lugar del Pacífico, murió Manuela Sáenz, rodeada de sus negras, de sus miserias y de sus perros con nombres de generales. Sus restos se perdieron, al igual que los de Miranda, en el osario común.


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Manuel Taibo


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