Bolívar de Mantuano a Libertador

Es cosa vieja y sabida, aunque silenciada al gran público, que el principal móvil que llevó a la clase dirigente de Venezuela a emanciparse de España no fueron los ideales de libertad y justicia, como nos lo han hecho creer; sino salvaguardar sus privilegios sociales, y acrecentarlos en detrimento de las masas populares. Si los libertadores inicialmente procedían de la casta dominante, y estaban imbuidos, por consiguiente, de prejuicios racistas, de una cruel superioridad, es obvio, como lo demuestran los hechos, que al iniciar la Revolución de Independencia no estuvieran pensando en elevar hasta ellos a los hombres de color, que, ayer como hoy, conforman la inmensa totalidad del pueblo venezolano. De ahí la célebre y negada frase de Bolívar cuando Iturbe en 1813 le pregunta sobre el porvenir de los Pardos: No se preocupe, don Francisco; la demagogia en los labios y la aristocracia en el corazón. El Libertador en el año 1813 era un aristócrata. Y tenía que ser así, era hijo de su educación y de sus prejuicios. Bolívar, sin embargo, y allí estriba su genialidad, da un vuelco en sus concepciones y creencias. En la vida de Bolívar hay un cambio sustancial: deja de ser caudillo mantuano para ser realmente el Libertador. Durante los ocho meses que pasó en Jamaica en el año de 1815. A partir de entonces se identifica con su pueblo y lucha por él. Bolívar en Jamaica tenía 32 años, en medio de la mayor pobreza y sacudido por la adversidad llegó a Jamaica acompañado por seis personas. Como la historia es larga veremos las escenificaciones que integran el relato. Dejemos que el propio Libertador nos explique su situación, aquel mayo de 1815.

Luego de la pérdida de la segunda república y de haber sido acusado de irresponsable, cobarde y ladrón por mis propios compañeros, me fui a la Nueva Granada, donde a pesar de los éxitos militares que obtuve, me vi. Acosado de tal forma por las intrigas que decidí embarcarme hacia la isla de Jamaica. Me acompañaban Bernardo Herrera, mi primo; Amestoy, mi ayudante; los esclavos de mi propiedad, Andrés y Pío, además dos marinos margariteños de la casta de color, llamados Loayza y Meléndez; éramos siete en total. Deambulábamos por las calles de Kingston al anochecer cuando Bernardo observó: Se está haciendo oscura y hay que buscar un sitio donde dormir. Allí está una pensión. Al poco tiempo ya los recursos económicos del grupo tocaban a su fin al igual que sus esperanzas, la dueña de la pensión le informa. A la puerta está el noble señor de Chaussriau, uno de los hombres más importantes de la isla, ha honrado mi humilde casa, al venir hasta ella en busca de vos. Este es su lacayo. Excelencia, mi amo y señor, Monsieur de Chaussriau, desea conoceros y honraros como vos lo merecéis. Os ruega que me acompañéis hasta el coche donde os espera. Luego del Duque de Manchester no hay hombre más poderoso en la isla, si habéis logrado interesarle otro será vuestro destino, le dice la dueña de la pensión.

Apenas el Libertador salió a la calle se encontró con un suntuoso coche cerrado, de cochero de librea, al igual que el lacayo que lo esperaba al pie de la portezuela. Dentro y sonriente estaba un hombre de unos sesenta años, gordo, y rubicundo que dijo al verle: Hoy es uno de los días más afortunado de mi vida: conocer al Libertador de América. Os sorprenderá, sin duda, Libertador, tan extraña invitación y os lo voy a decir de una sola vez: soy un romántico empedernido, nacido en Haití y aventado a estas tierras por la Revolución del 91. Con algo que ya tenía en Jamaica he recuperado mi fortuna y con creces. Para concluir debo deciros que os admiro tanto como a Napoleón, hoy cautivo de los ingleses en Elba... He seguido paso a paso vuestra epopeya; y no puedo ocultaros que sufro tremendamente al veros envuelto por tanta miseria e infortunio. Eso no debe importaros por el momento, soy un amante incorregible de las causas justas. Posiblemente tengo la cabeza abarrotada de los libros de Chateaubriand. Pero también soy un jugador... Vos sois el hombre más rico de Venezuela, y quizá muy pronto el dueño de América. Cuando ese día llegue me devolveréis lo que es mió y santas paces. Los perseguidos de hoy suelen ser los gobernantes de mañana. Ante todo, deberéis recuperar vuestra prestancia de jefe. Os mudaréis a una casa de mi propiedad, con un pequeño séquito de vuestros amigos: el poder exige distancia. Mi sastre tiene órdenes de haceros todos los trajes y uniformes que sean menester para que podáis entrevistaros con el Gobernador. ¿Qué necesitáis para liberar a vuestra Patria del yugo Español? Ante todo armas. Necesito seis mil fusiles, unos doscientos oficiales venezolanos dispersos por estas islas y el apoyo de los británicos. Inglaterra y el Gobernador simpatizan con vuestra causa; el dinero para la empresa lo suministraré yo. Necesitaré 500.000 pesos para comenzar. ¿Tan miserable me creéis? Bien Libertador, dentro de media hora este mismo coche regresará por vos para conduciros a vuestro nuevo hogar.

Bolívar, como lo cuenta Augusto Mijares, pasó toda clase de miserias y humillaciones en Jamaica. Quizá por eso descubre posiblemente cuán cerca estaba de su pueblo y cuán distante de los europeos. Lo de los trabajos que pasó en la pensión de Kingston con la agria patrona es completamente cierto. El señor de Chaussriau era un rico plantador haitiano que ayudó económicamente al Libertador según lo cuenta Paúl Verna. El negro Pío mese más tarde, sobornado por los españoles, intentó asesinar al Libertador al confundirlo con el noble Amestoy mató a este a puñaladas.

La abnegación de mis compañeros, zambos y mulatos a los que años antes yo hubiese despreciado por mis arraigados prejuicios de casta, venía minando la pretendida superioridad que, por haber nacido dentro de cierta posición, mantenía ante los seres humanos que no fuesen de mi circulo. La miseria y la pobreza compartida en Kingston me permitió conocerlos y, también, amarlos. Me di cuenta sentidamente que yo no tenía ningún derecho de discriminarlos, pues tenían los mismos sentimientos que yo. El hecho contrastante de vivir como un pordiosero en una isla británica me permitió visualizar lo que realmente pensaban de nosotros, mantuanos o pardos, los ingleses. Para ellos no había diferencias entre el zambo Meléndez y yo, todos éramos negros, o igualmente despreciables porque no éramos ingleses. Caí en cuenta que yo estaba más cerca de los venezolanos, por humildes que fuesen, que cualquiera de los británicos que nos rodeaban y que no desperdiciaban oportunidad para mostrarnos su desdén. El íntimo contacto con mis compatriotas me develó un mundo y de ahí en adelante me convertí realmente en Libertador. Como se comprenderá, fue el contacto con los seres humanos en Kingston lo que produjo cambios sustanciales en mi personalidad.

En su Carta de Jamaica dice: “La posición de los moradores del Hemisferio americano ha sido, por siglos, puramente pasiva: su existencia política era nula. Los criollos vivían en un tiempo prestado, sumidos en la nostalgia, desarraigados y accidentalmente americanos; residentes, que no ciudadanos. Hambrientos de ser propio, reciben con avidez las nuevas de la Revolución Francesa, cuyo eco repítese sin cesar en las colonias abandonadas, invitando al inevitable diálogo con la historia que se venía incubando en Venezuela desde medio siglo atrás, a partir de las rebeliones populares contra el monopolio comercial de la Compañía Guipuzcoana. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte; cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil. Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potencias establecidas; los últimos son siempre menos numerosas aunque más vehementes e ilustrados. Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simples consumidores”.

Por boca de un oficial, se me pedía que me trasladase de inmediato a Cartagena para ponerme al frente de la Plaza. Los españoles en Santa Marta constituyen una seria amenaza y ya se aproximan a Cartagena. Sin pensarlo mucho, tomé el falucho que tenía el mensajero y, con unos pocos fieles enfilamos proa hacia el sur. El vaivén de mi vida siguió subiéndome y bajándome al hueco con inmensa crueldad. Ya divisábamos los muros de la ciudad cuando una goleta, que venía en dirección opuesta, nos informó que Cartagena había caído en poder de los españoles, que la matanza era espantosa y que Manuel del Castillo había sido fusilado.

Puse proa a Haití, el Presidente Petión me recibió con cariño, prestándome toda la ayuda necesaria. Fui a Venezuela y regresé derrotado de nuevo, hasta que, finalmente, los jefes orientales me reclamaron como General en Jefe.

En el instante en que el Libertador era preso de la más espantable angustia, hasta el punto de atentar contra su vida, moría en Cádiz, en la Fortaleza de la Carraca, Don Francisco de Miranda. En ese momento Bolívar sufría tremenda derrota en Ocumare de la Costa. Era el 14 de julio de 1816. En otro 14 de julio; pero de 1806, Miranda fue igualmente derrotado en Ocumare, y por haberse ausentado de París el 13 de julio de 1789, se perdió por un día de ser protagonista de la histórica toma de la Bastilla.

Las noticias que llegaban de Venezuela eran espantosas; al poco tiempo de la muerte de Boves, desembarcó en Venezuela el General Pablo Morillo, con un ejército de quince mil hombres, que aniquiló en un dos por tres todo foco de resistencia. Mi tío José Félix Rivas fue capturado en Tucupido y luego de ser degollado por el zambo Morraga, llevaron la cabeza, frita en aceite a Caracas y la clavaron en una pica en la Plaza Mayor, a donde iban sus hermanas todas las mañanas y la escupían. Margarita terminó por capitular, y mi bravo Arismendi, de rodillas ante Morillo, suplicó llorando por su vida. El único macho fue Bermúdez, en un peñero y mentándoles la madre a los españoles, pasó entre los barcos de Morillo y huyó a Cartagena. No puede negársele valor, no obstante sus grandes y desastrosos defectos.


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Manuel Taibo


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